28 noviembre, 2018. Por

Zenet

Hablamos con el artista sobre los diez años de ‘Los mares de China’, su debut en solitario
Zenet

En el año de la expansión de la música indie o alternativa, un tipo de más de 40 años que llevaba más de veinte teniendo una sólida carrera como actor y que ya había probado suerte años antes con un proyecto musical, consiguió armar un repertorio que sonaba a recopilatorio de clásicos del bolero y el jazz melódico universal, pero que en realidad eran canciones de cosecha propia que acababan de salir del cascarón.

Los mares de China cambió muchas cosas en la concepción de canción melódica española: un álbum tan cerca de la fusión más elegante como del canallismo de la bohemia jazz de mediados del siglo XX; y en el que se respiraba tanto la atmósfera del Café Central como el aire a Chet Baker o Chavela Vargas.

Han pasado diez años de aquel momento, y Zenet ha decidido celebrar un concierto en el que repase aquel cancionero: será este sábado 1 de diciembre en el Centro Cultural de la Villa – Teatro Fernán Gómez de Madrid. Nosotros nos reunimos con Tony Zenet en la cafetería del Círculo de Bellas Artes a hablar largo y tendido sobre la influencia de uno de esos discos que son como Benjamin Button: parece que tiene 70 años, pero tiene 10.

“El lenguaje de ‘Los mares de China’ es como las primeras palabras de un crío que quiere soltarlo todo de golpe: un lenguaje directo, muy verdadero, que sale del corazón y está casi sin pulir. Sería imposible todo lo que ha ocurrido en mi carrera estos diez años sin ese disco”

Siempre me dio la sensación de que Los mares de China era un disco clásico, al menos su repertorio: como si se tratasen de versiones de canciones muy antiguas. No sé cómo se da así de buenas a primeras con un repertorio atemporal, con aire de eterno.

Sí, me lo han comentado alguna vez: me preguntaban de quiénes eran esas canciones. No hay una consciencia de cómo conseguirlo. Pienso, más bien, que se debe a las influencias que uno tiene; y cuando uno se pone a trabajar con la guitarra de José Taboada y con el poema de Javier Laguna delante, y al trabajar en melodías, de manera inconsciente las que van surgiendo lo hacen desde lo que uno tiene mamado: lo que llevas en tu mochila, la radio de la abuela, lo que sonaba en casa un sábado por la mañana cuando tenía 6 u 8 años y mis padres ponían cuando desayunábamos en familia desde Atahualpa Yupanqui a Chavela Vargas, The Beatles o Chet Baker

De alguna manera, siempre hay una mezcla entre armonías y melodías anglosajonas y latinas, y todo se dio de manera natural. Luego, he sido muy permeable a las influencias que tiene cada uno de los músicos que crearon este repertorio conmigo. Taboada tiene mucha influencia de la música brasileña, y siempre me pareció muy interesante que cada uno aportase lo suyo. Nunca fui hermético en ese sentido. Trabajamos en santísima trinidad: Laguna, Taboada y yo con derecho a veto y si a alguno de los tres no le parecía bueno, borrón y cuenta nueva. Así pasábamos de la bossa al tango pasando por el blues, según nuestros gustos, invitando así a un viaje mental.

Y trabajando géneros que se identifican sobre todo con la primera mitad del siglo XX, ¿no tenías miedo de sonar a viejo?

No, me encanta sonar a viejo (ríe). De hecho, si te das cuenta, en algunos discos he buscado el ‘sonido viejo’ expresamente: sobre todo en La menor explicación busqué el sonido de la madera roñosa, y que no se limpie el sonido de las respiraciones o del arrastre del dedo sobre la cuerda. Todo ese chirrido y esa llegada me encanta. A mí me gusta la producción que yo llamo “hiperrealista”.

En Zenet hemos hecho producciones que nos hemos ayudado en grupo; otras veces, como en Todas las calles, la hizo Juan Ibáñez; en otros la hicimos Taboada y yo; en el último, Si sucede, conviene, hemos repartido la responsabilidad y cada músico ha producido los temas que ha arreglado; pero cuando me encargo yo me gusta que suene la uña, el respiro del trompetista cuando le entra el aire por la nariz… me gusta que suene vivo. Creo que es evocador, también.

Una de las cosas que me parece más atractiva de Los mares de China es esa comunión entre la elegancia jazzy y esa especie de malditismo bucanero, de canción de bandolero romántico. No es fácil conseguir equilibrio entre ambas partes.

La parte más elegante la puso Juan Ibáñez: siempre fue el “sello de calidad”, la vocecita de la conciencia que me ayudaba a tomar una buena decisión. Y la parte más salvaje siempre era mía, me temo; aunque es cierto que Laguna sintoniza conmigo en ese wild side. Supongo que algo vería en mi voz para dejarme a solas con sus letras en una habitación oscura (risas). De hecho, Soñar contigo tuvo una versión anterior que era mucho más larga y salvaje en la forma de cantar, pero también en los arreglos. Juan Ibáñez nos pidió moderación, le dio una segunda vuelta y acabó quedando la versión que conoce todo el mundo.

“No tengo consciencia, porque al estar en constante búsqueda, y al haber sido actor tantos años, haberme metido en compañías de teatro independientes y haber hacer lo que me ha dado la gana, pues acabo concluyendo con que tengo unos huevos que te cagas: todo lo que he soñado lo he cumplido”

Ya que sacas lo de Soñar contigo, se ha convertido en una canción que casi no te pertenece ya: forma parte del imaginario colectivo de esta última década, se canta en Operación Triunfo, en Tu cara me suena, sale en series y anuncios, las reproducciones se cuentan por millones… ¿Cómo te relacionas tú con una canción que se ha hecho tan grande?

Es interesante, porque no creí que eso pasara nunca. Solo de pensar que el poeta Laguna le enseñaba sus canciones a otros cantantes… ¿cómo sería ahora las canciones qu yo canto con otra voz, otra melodía? A veces, cuando escuchas a gente que ha vendido muchísimos discos y gente a la que admiro y respeto muchísimo y he tenido la suerte de trabajar con algunos de ellos, y te das cuenta de que están en ese punto de que hay canciones suyas que no les pertenecen, no esperas que te pase a ti.

Al final, es muy lindo: la gente la hace suya, hay infinidad de versiones en internet, y siempre doy la enhorabuena y les hago un gesto, porque me gusta que cada cual la lleve a su terreno: hay gente que la canta por flamenco, otra que la toma como una especie de balada interior, otros que la llevan al tango… y es de las cosas más bonitas que le pueden pasar a alguien. Yo te digo una cosa: cuando la canto en un concierto nunca la hago igual, no me permito eso: la abordo como si fuera la primera vez.

¿Es la canción a la que más cariño le tienes del disco o hay alguna otra?

Precisamente “cariño” no: estoy al borde del agotamiento de tanto cantarla. Pero tiene que haber un amor muy profundo, porque es algo que pertenece a los demás. Sobre todo, porque hay gente que me ha contado que ha sido banda sonora de su amor, que se casaron y bailaron esa canción… tu voz se ha colado en momentos muy importantes de la vida de las personas. Como también muchos la entienden como una banda sonora de una pérdida…

Te das cuenta que estás en capítulos importantes de la vida de las personas. Aunque esté agotado, soy una persona que me gusta renovar lo que hago y lo que tengo, me gusta la frescura; y cuando la gente me pide constantemente esta canción la canto como un tesoro que tengo que abordar con cierta inocencia. Yo nunca sé cómo voy a cantarla porque cada palabra la abordo de manera diferente, y acaba teniendo un sentido diferente.

Tú antes habías tenido un grupo, Sur S.A.; pero la expansión la consigues como Zenet. En realidad, tu carrera musical estaba por detrás de la interpretativa, de la que viviste durante cerca de veinte años. ¿Cómo se produjo ese aterrizaje y decidir darle más cuerpo a la faceta musical?

Se produce en un momento de cansancio, de agotamiento, de cabreo, de enfado con las discográficas y las multinacionales. Cuando yo estaba con Sur S.A. no estaba tan instalado todo lo de internet, no estaban las redes sociales, no teníamos tanta capacidad de autosuficiencia y dependíamos de que una compañía de discos decidiera sacarte el disco, hiciera copias y vendiera tu trabajo; por lo tanto, estabas supeditado a que te dijera un imbécil que lo que hacías “no era comercial” o no era “lo que se llevaba” en ese momento. Estar supeditado a eso es una absurdez, porque, primero, lo que indicaba eso era algo que sigue ocurriendo hoy en este país: que el tejido industrial para la música es muy estrecho y no admite un montón de gustos. En otros países hay sellos y salas solo para jazz o para la música que te dé la gana; aquí no: todo tiene que pasar por el mismo aro.

Yo en aquel momento estaba cabreado, porque con Sur S.A. había hecho incluso algunos acercamientos comerciales: nos acercábamos a lo que en aquel momento estaba empezando a pasar en la escena fusión, una mezcla de flamenco y funky, e hicimos nuestros pinitos: nos hicimos autoproducción de algún disco, pero también firmamos un contrato leonino con una compañía que nos metió dentro de una nevera y nos dejó en frío dos años sin poder hacer nada con ese contrato, tras prometernos gira por todas las capitales de España… y eso nos dejó muertos, en un momento en el que teníamos fuerza y teníamos veintipocos. Era una época en la que hacía cine y teatro, y decidí darme un tiempo de la música.

“No le tengo precisamente “cariño” a ‘Soñar contigo’: estoy al borde del agotamiento de tanto cantarla. Pero tiene que haber un amor muy profundo, porque es algo que pertenece a los demás. Sobre todo, porque hay gente que me ha contado que ha sido banda sonora de su amor, que se casaron y bailaron esa canción… tu voz se ha colado en momentos muy importantes de la vida de las personas”

Después de un tiempo me di cuenta de que tenía ciertas cualidades para poder utilizar mi voz como un elemento rítmico: hacía mucho be-bop y me di cuenta que tenía un instrumento muy melódico, y me retrotraje a lo que escuchaba en casa, a My Funny Valentine y ese tipo de canciones… pero no sabía imitar a esa gente. Se me ocurrió hablar con Pájaro Juárez y le dije que había descubierto un disco de Mayte Martín que se llamaba Free Boleros con Tete Montoliu (ese ciego cabrón, que todo el mundo le tenía miedo: era capaz de tocar jazz en directo con un pinganillo por el que, por un oído, escuchaba el partido del Barça; un absoluto genio), y me dejó pasmado, y me di cuenta de que el bolero era un género muy dúctil y flexible.

Empecé a investigar, y Pájaro Juárez me ayudó a montar diez boleros hasta que caí en las manos de José Taboada, que es la persona con la que mejor me entiendo, y en vez de versionar boleros hechos, lo hicimos con canciones propias, pero inspiradas en aquel Free Boleros de Mayte Martín; por eso, siempre que la veo, le digo que le debo mucho.

La parte del “Toni Zenet actor” se manifiesta mucho en los directos, y en el aspecto interpretativo en general. Siempre se ha hablado de ti como un showman, como un “Sinatra con acento de Málaga pero con cosas de Elvis, Chavela y Manolete”. ¿Hasta qué punto tu faceta de actor la plasmaste como intérprete de canciones?

Supongo que todo sale, porque uno lleva lo que lleva en la mochila, y cuando sales al escenario pones todo lo que tienes y lo que eres. Pero, en realidad, lo que yo pienso es que siempre se necesitan referencias para explicar las cosas, y que eso es lo que hace que muchas veces la prensa tire de esas imágenes. Yo soy de los que prefiere no explicar con referencias, aunque entiendo que se haga: lo suyo es tener un buen poder descriptivo. Ves a un tipo con sombrero y, ¡clap!, Sinatra. Ves a un tipo que cierra las manos y se las lleva a la cara y, ¡clap!, es intérprete. Nuestra historia está llena de gente que expresa de muchas formas diferentes en el escenario. Yo supongo que lo que tengo es la unión de lo que he ido echando en mi carpeta personal.

“Nos costó horrores que se nos abrieran las puertas del Café Central. Pero, después de que vieran que se llenaba el sitio de lunes a domingo y que no éramos nada comerciales, y que cada concierto nos tenía que cortar él porque pasábamos las dos horas y media, se dio cuenta que nos tenía que programar a menudo”

Una carpeta que, si bien es verdad que has partido desde el bolero y el jazz, has tocado muchos palos musicales. A mí siempre me pareció que hay cierto aire de memoria histórica musical, de reivindicar esos géneros que se están perdiendo en las nuevas generaciones. ¿Te gustaba esa faceta de divulgador, de portavoz de los géneros antiguos?

Sí, pero no lo hago con voluntad: me doy cuenta cuando lo estoy haciendo. Ahora me está pasando con el que será mi próximo trabajo: hay una generación intermedia entre Benny Moré y nosotros, y son los papás o los abuelos cubanos que tienen entre 65 y 75 años, y me decían que manda huevos que sea un español el que nos traiga a veinte cubanos a hacer lo que están haciendo conmigo: hemos hecho una arqueología maravillosa para rescatar perlas antiguas de aquellas épocas, y estoy dándole un lavado de cara para traerla a nuestros días. El trabajo es mastodóntico y maravilloso: se han hecho arreglos que son arquitectónicos.

Uno no se da cuenta del valor de esas cosas hasta que esa gente, que tiene mucha autoridad para decir lo que dicen, te lo comenta, y me dicen que Dos gardenias o Toda una vida; pero no todos conocen a Rolando Laserie, Celeste Mendoza, Olga Guillot… lo notas cuando la gente lo dice, pero yo hago las cosas por amor, y no por intención. Cuando hago La menor explicación lo abordo con la intención de reproducir a Django Reinhardt y Stéphane Grapelli: ese violín y esa guitarra se ve clarísimamente, como en Sé que estás pensando en mí, que es casi una reproducción del jazz de los años ’30 o ’40. Me interesa recuperar todo eso.

Si bien el jazz y el bolero son como las piedras de toque, siempre fue difícil etiquetarte. Recuerdo unos Premios MIN que ganaste el premio a Mejor disco de jazz y casi que sentiste la necesidad de dar explicaciones: lo recogiste pidiendo perdón, prácticamente. ¿Te gusta ese universo de estar cerca de todo y de nada a la vez o tienes un poco de conflicto con eso?

(Ríe) Me resulta muy curioso todo eso. Es verdad que en unos Premios MIN casi pido perdón, porque me dieron el Premio a Mejor Disco de Jazz por el que considero el menos jazzero de mis discos: el Si sucede, conviene, que vino después de un parón de dos años, donde me recicle muchísimo, dejé la bebida, me fui a la montaña, volví con nuevos hábitos vitales y más espiritual, dejé un poco la noche, y proyecto toda esa luz en el disco; y delegué la producción musical en Carlos Narea, que lo ha hecho todo en este país, y tiene una producción muy lejos de mi hiperrealismo, y el limpia todo, y me gustaba mostrar esa otra faceta: a mí me gusta todo ese chirrido…

Te gusta que se huela la grasa en las canciones.

Claro, claro. Y Narea lo limpió todo, como también me había limpiado yo. Y me llevó quizás más al pop. Hay un universo que es el jazz-pop, que hay algunas bandas que lo están empezando a llamarlo así.

“Cuando yo estaba con [su anterior grupo] Sur S.A. no estaba tan instalado todo lo de internet, no estaban las redes sociales, no teníamos tanta capacidad de autosuficiencia y dependíamos de que una compañía de discos decidiera sacarte el disco, hiciera copias y vendiera tu trabajo; por lo tanto, estabas supeditado a que te dijera un imbécil que lo que hacías “no era comercial” o no era “lo que se llevaba” en ese momento”

¿Como Jamie Cullum?

Sí, puede ser. Aquí hay algunas propuestas que lo llevan a un lugar más mestizo que Jamie Cullum, pero anda ese sonido por ahí. Me pareció muy interesante hacer un trabajo en ese registro, pero no me esperaba ni siquiera que me nominasen en una categoría como la del Jazz. Yo estaba orgulloso de que me nominasen, porque tengo una relación muy interesante con los Premios MIN, pero contaba con que no me lo darían. Cuando me lo dan, por encima de gente como Jorge Pardo dije: “¡no puede ser! ¡con este disco no!”. Yo hubiera preferido que me lo dieran por La menor explicación, que es mi disco más jazzero y estaba buscado. Pero a veces se dan las cosas así. Y es verdad que en El Corte Inglés no saben dónde ponerme: a veces me ponen en pop-rock. Me pasa como a otros artistas como El Kanka o Chipi La Canalla.

El disco lo publicaste con más de 40 años. ¿Se confirma esa frase de que la experiencia es un grado? ¿Podrías haber hecho este disco con 25 años?

¿Te digo la verdad? Nunca lo pensé. Me ha pasado últimamente, sobre todo cuando hace unas semanas vi que cumple 30 años sobre los escenarios Miguel Poveda, que le tengo muchísimo cariño y me parece un tipo muy valiente, que ha abierto el flamenco a otras áreas y disciplinas y roto con la ortodoxia, y que ahora celebra los 30 años en el Teatro Real. Y Miguel es un tipo más joven que yo y que lleva mucho más tiempo en la música que yo. Y al pensarlo me di cuenta de eso.

Quizá no tengo consciencia, porque al estar en constante búsqueda, y al haber sido actor tantos años, haberme metido en compañías de teatro independientes y haber hacer lo que me ha dado la gana, pues acabo concluyendo con que tengo unos huevos que te cagas (risas): todo lo que he soñado lo he cumplido. He soñado ser actor, actor de teatro, de teatro independiente, quise ser Picasso y lo conseguí… fui al casting de Picasso y llegué el último y me dieron el papel y me acabaron dando un premio en Nueva York. No tengo consciencia de cuándo se cumplen las cosas que sueño cumplir, solo sé que se acaban cumpliendo. Así que prefiero no pensarlo mucho.

Los músicos que grabaron contigo el disco son también unos habituales del Café Central desde hace años. ¿Hasta qué punto se respira el espíritu del garito?

Es muy importante por muchos motivos. Primero, mi complejo: que no soy músico de carrera, no leo partituras y que mucha gente dice que no hago jazz. Estar en uno de los cafés considerado de los mejores del mundo en el círculo jazzístico con algunos de los mejores músicos de este país que tocan jazz me llena de orgullo y me quita el complejo. Pero debo decirte, también, que hay toda una historia con Gerardo Pérez, el que regentaba hasta hace poco el Café Central y al que ahora me encuentro haciendo footing por el Parque de La Bombilla cuando salgo por mi césped: lo que nos costó que Gerardo nos aceptara como animal de compañía en el Central fue brutal.

Fue Juan Ibáñez el que, visita tras visita, le pidió que confiara en este tipo con gorro que venía. Se sentó con él varias veces a ponérselo, y el otro con la mano en la boca, miraba para un lado y otro… después de veinte “no sés”, nos dio un espacio. Después de ver que se llenaba el sitio de lunes a domingo y que gracias a los solos de los músicos cada canción duraba siete u ocho minutos, que no éramos nada comerciales, y que cada concierto nos tenía que cortar él porque pasábamos las dos horas y media, se dio cuenta que nos tenía que programar a menudo. Y es una cita obligada para nosotros. A mí me viene muy bien también porque estar allí durante una semana repasando los temas con los músicos nos quita mucho el miedo, el tema toma velocidad y carretera y la gente lo pasa de puta madre.

“El tejido industrial para la música es muy estrecho y no admite un montón de gustos. En otros países hay sellos y salas solo para jazz o para la música que te dé la gana; aquí no: todo tiene que pasar por el mismo aro”

¿Qué veremos en este concierto especial conmemorativo? ¿Será diferente a estos shows que harás en el Café La Palma, el AC Recoletos y el Central en fechas cercanas?

No vas a ver nada igual. En AC Recoletos, a la propuesta de Juan Laguna, que es un tipo que tiene mucho mérito porque ha llevado allí a gente que va desde Javier Colina a Pancho Amat o Paquito D’Rivera, me propuso que hiciéramos cosas diferentes el último fin de semana de cada mes durante tres meses. El de este 29 y 30 de noviembre es el último: primero hice conciertos solo con cuerdas; luego, solo metales; y ahora toca la cara b: los temas que no he tocado durante estos diez años, y es como la cara oculta de la luna.

El concierto del Café La Palma de este miércoles 28 será en formato guitarra y voz dentro de la programación de JazzMadrid: querían ponerme y no sabían cómo, porque ya había presentado el disco allí el año pasado, y nos inventamos este formato diferente. Y el del 1 de diciembre coincide un día después con el final de JazzMadrid, y llegamos nosotros con el 10º aniversario de Los mares de China al Fernán Gómez, que es una de las sedes centrales del festival.

Visto con retrospectiva, ¿el éxito de Los mares de China ha supuesto para los siguientes trabajos una vara de medir especialmente exigente?

No, para nada. De hecho, nosotros vamos componiendo un repertorio que tiene un poquito de cada disco, y hay canciones que te das cuenta de que son atemporales: están clavadas en el inconsciente colectivo. Es muy curioso ver que, pasado el tiempo, la crudeza que tiene Los mares de China con respecto a la crudeza del lenguaje que fuimos puliendo en los siguientes discos. Ese lenguaje es directo, muy verdadero, sale del corazón y está casi sin pulir, como el de un niño. Luego, el lenguaje se fue refinando con el tiempo; y es muy lindo que el lenguaje de Los mares de China sea como las primeras palabras de un crío que quiere soltarlo todo de golpe. Sería imposible todo lo que ha ocurrido sin ese disco.

“Al trabajar en melodías, de manera inconsciente las que van surgiendo lo hacen desde lo que uno tiene mamado: lo que llevas en tu mochila, la radio de la abuela, lo que sonaba en casa un sábado por la mañana cuando tenía 6 u 8 años y mis padres ponían cuando desayunábamos en familia desde Atahualpa Yupanqui a Chavela Vargas, The Beatles o Chet Baker

Tengo entendido que el año que viene participarás en una producción de Netflix, en la serie Hache. ¿Qué puedes contarnos sobre el papel y la serie? ¿Y del nuevo disco?

Hay cuatro cosas encima de la mesa, y vamos a tratar de que cada una tenga su lugar. Con Hache justo estuve ayer rodando mi primera escena: es una serie de Netflix producida por Weekend Studio con Adriana Ugarte, Javier Rey, Eduardo Noriega, Ingrid Rubio, Marina Salas y muchos más en el reparto, y que habla del narcotráfico, de la heroína y de una chica que cae en un mundo de narcotraficantes y en un club nocturno en el que yo soy el tipo que toca el piano, y que, al final, a veces se lía con quien no debe. Es una serie muy interesante: está situada en la Barcelona de los años ’50 y ’60, la Barcelona de los clubs, los cabarets, la bohemia contracultural en medio del franquismo…

Esta serie se me monta con el estreno del nuevo disco, que será en febrero. No queríamos pelearnos ahora en temporada navideña con las multinacionales: tenemos una estrategia diferente y especial para llegar a nuestro público cuando creemos que es más oportuno. Vamos a ir calentando las redes e ir contando poco a poco. El disco se va a llamar La Guapería, que es un concepto muy cubano, y que tiene una onda muy cinematográfica. El disco está concebido como una película, de hecho.

Una vez acabo con las mezclas de ese disco arranco con la segunda parte de la escritura junto con el director Juan Estelrich, de un espectáculo para 2020 donde yo canto, bailo e interpreto a un tipo que se parece a mí, pero que está situado en 1920. Narra la historia de la ascensión a los cielos y la caída a los infiernos de este tipo, que se hizo con las grandes orquestas que se exportaron de Cuba a Nueva York. El título provisional es Kaplan; y la puesta en escena será especial: interactúo con imágenes de cine que se proyectarán sobre la pantalla. En el escenario estoy solo, pero voy a poder bailar con veinte personas encima de un barco o debajo de la Estatua de la Libertad en Nueva York. Tiene más que ver con trucos del cine antiguo que con la realidad virtual.

Y una cuarta cosa: antes de comenzar a grabar La Guapería tenía en la cartera la posibilidad de hacer un disco de duetos. Pero resulta tan difícil montar un espectáculo donde puedan venir todos a cantar, que he llegado a un acuerdo con mi estudio, y me permitirán ir grabando esos duetos durante el 2019, cada vez que uno de los compañeros con los que quiera grabar, sacar ratitos con todas esas personas. Así que es probable que para el próximo año consiga acumular 15 o 20 colaboraciones para que se traduzcan en un disco.

Zenet