29 mayo, 2017. Por

World Press Photo

Cuando el mundo cabe en el click de una cámara
World Press Photo

Es gratificante, en medio de la vorágine posmoderna de imágenes insustanciales o de moda a la que asistimos impasibles, ver cómo la fotografía resiste como herramienta de sensibilización social. Si al año pasado las impactantes imágenes de refugiados acapararon las fotos del año en el World Press Photo, este año es una instantánea del asesino del embajador ruso en Ankara, con la pistola aún en la mano y el cuerpo del diplomático tendido en el suelo en segundo plano la que se ha llevado el premio más importante del fotoperiodismo internacional.

Ante la boquiabierta mirada de los asistentes a la inauguración de una exposición de fotografía en Ankara, el atacante Mevlut Mert Altintas disparó al político y amenazó a los que se encontraba en la sala. Fue abatido a tiros segundos después; un instante horripilante que Burhan Ozbilici, fotógrafo de la agencia Associated Press, retrató con su cámara. Un asesinato en Turquía se ha convertido en la imagen estrella de esta edición que podrá visitarse en el CCCB hasta el 5 de junio a través de 143 fotografías. La crisis migratoria sigue estando presente; también los conflictos políticos y la influencia de la tecnología en la conectividad o tráfico de información, así como la huella del ser humano en el medio ambiente.

wppNo podemos ignorar, por más que nos lo propongamos, que los daños de las guerras han dejado una honda huella en la sociedad mundial. Por eso los conflictos bélicos en regiones como Afganistán, Irak o Siria han protagonizado buena parte de las imágenes de este año, al igual que ocurrió el año pasado con la crisis de los refugiados. En ese sentido, fotógrafos como Magnus Wennman han retratado el horror de los ataques terroristas de DAESH, como refleja una impresionante imagen de una niña de cinco años en Debaga, un campo de refugiados de Irak.

La muestra cuenta también con la participación de los fotógrafos ganadores españoles Francis Pérez y Jaime Rojo, que retratan el perjudicial impacto de los seres humanos sobre los ecosistemas mediante la imagen de una tortuga en las aguas de Tenerife atrapada por las redes de pesca de los barcos y decenas de mariposas yaciendo sin vida en Michoacán, tras ser golpeadas por una tormenta de nieve, respectivamente. Asimismo, Santi Palacios se alza con el segundo premio a través de “Abandonados” una imagen de una niña nigeriana que llora junto a su hermano la muerte de su madre a bordo de un bote de salvamento y el fotógrafo alemán residente en Barcelona, Daniel Elter denuncia los golpes, agresiones sexuales y la falta de comida y agua en un centro de refugiados en Libia.

Otra de las imágenes premiadas, destinada a convertirse en icono, es la de Jonathan Bachman que retrata a la activista Ieshia Evans como un símbolo de la violencia racial en Estados Unidos. Ante los asesinatos de ciudadanos afroamericanos ocurridos en Baton Rouge, se organizó una protesta bajo el lema Black Lives Matter. Una de sus imágenes refleja la detención de la enfermera y activista Evans sin oponer resistencia ante el arresto de las fuerzas policiales.

Las movilizaciones contra la construcción del oleoducto Dakota Access Pipeline, recientemente autorizada por Donald Trump, también forman parte de las imágenes ganadoras. En la foto de Amber Bracken se muestra a la policía disolviendo una manifestación con humo, pelotas de goma y gas pimienta. Manifestaciones ignoradas por el presidente de Estados Unidos, que recientemente ha firmado sendas órdenes ejecutivas para relanzar estos proyectos, pese a las protestas de los grupos ecologistas. Y es que el fotoperiodismo cumple dos funciones: la de abrirnos los ojos a una dura realidad y la de recordarnos la clase de personas que mueven los hilos de la misma.

Puede ser que la fotografía, este fascinante descubrimiento que permitió a un alto porcentaje de la población conocer un mundo hasta entonces nunca visto, haya sido, como sugiere Joan Foncuberta, un accidente histórico. Pero lo que está en juego -parafraseando a Francoise Soulages– es “la libertad de hacer, de ver, de pensar, de vivir”. Ese malestar al que alude Soulages, alude a un cambio de la significación profunda de la práctica fotoperiodística así como de su función social.

Si la fotografía nace como producto de la revolución industrial, democratizando un imaginario del mundo en occidente, la función de la imagen fotoperiodística es la de no anular su dimensión documental y política. La imagen fotográfica, convertida en la era digital en pura información, participa de un nuevo estatuto de veracidad, de objetividad y testimonio, de un nuevo mapa cognitivo, ya no asentado sobre la noción de huella sino sobre la identidad de la autoría de la imagen. Ahora lo que hace falta, y el World Press Photo lo subraya, es la elaboración de propuestas críticas, testimonios honestos, éticos y responsables que, apoyados en la horizontalidad del acceso a la información y a la cultura, apuesten por la recuperación de estos valores como fuentes de liberación. Todo un reto.

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