1 diciembre, 2017. Por

Wonder

Si tu pornografía emocional no funciona, añádele misoginia
Wonder

Hollywood lleva décadas tratando de contarnos cómo es la vida de las familias a las que la mala suerte les concede un pequeño con una patología grave y que afectará su existencia de por vida. En algunos extraños casos esta idea ha dado lugar a obras maestras, como El Milagro de Anne Sullivan (Arthur Penn, 1962), pero el catálogo de películas lacrimógenas, chantajistas y olvidables que han salido de ella es tan excesivo que uno se pregunta qué demonios pasa por la cabeza de quien pretenda hacer una sola más. Y, sin embargo, aquí estamos, hablando de Wonder (Stephen Chbosky, 2017), que se basa en el best-seller de R.J. Palacio. Como si todavía nos quedara algo de esperanza en el género del dramón familiar.

Auggie tiene doce años. Vive con su familia (su padre, su madre y su hermana mayor) en una casa preciosa y enorme en Nueva York. Auggie es un niño brillante que adora todo lo que huela a ciencia. Quiere ser astronauta. Todo en su la familia parece reluciente y perfecto. Lo único que no encaja en la familia de Auggie es la cara de Auggie: y es que la lotería genética le agració con un completísimo set de deformidades faciales. Doce años de cirugías después, la cara de Auggie es, aún, un poco complicada de mirar. Así que a él le da pánico salir de casa sin un enorme casco de astronauta que le cubra el rostro. Se acerca el momento en el que Auggie deberá empezar a ir al colegio con otros chavales de su edad. Y está aterrado.

Ser feo no es una enfermedad

Aceptemos que la premisa de Wonder ya promete un drama lacrimógeno de esos que se olvidan en 14 o 15 minutos. Pero no nos quedemos en la superficie: Wonder mete la pata en muchísimos más aspectos de los que uno podría imaginarse y merece la pena detenerse a examinar semejantes despropósitos en detalle. Por eso de la esperanza de que nadie vuelva a repetirlos.

Comencemos por el conflicto principal de Wonder: la cara de Auggie. En la película no se pone nombre a la patología que sufre el pequeño. El problema queda descrito bajo el abstracto “deformaciones faciales” que sabemos que han tenido alguna consecuencia (solventada mediante cirugía) en su audición. Si su enfermedad conlleva algún tipo de dificultad extra, como deceleración del crecimiento o problemas de movilidad, la película no lo muestra. Es más, queda claro que Auggie es bastante más inteligente que la mayoría de los niños de su edad. Ni siquiera se da a entender que Auggie pueda tener problemas en la clase de gimnasia y nadie insinúa en ningún momento que su salud podría ser un escollo a la hora de perseguir su sueño de convertirse en astronauta.

La cara de Auggie, si bien es peculiar, no es ni monstruosa ni desagradable (aunque él parece creer que sí). Ni siquiera es poco común.

Así que el problema de Auggie es exclusivamente estético. Tal vez la película acierte a la hora de retratar el hecho de que la gente en general y los niños en particular pueden ser bastante crueles e irrespetuosos. Pero es que la cara de Auggie, si bien es peculiar, no es ni monstruosa ni desagradable (aunque él parece creer que sí). Ni siquiera es poco común. A lo mejor soy una insensible, pero el problema de Auggie no me parece tan grave como me lo venden en Wonder.

Apostar por un actor que verdaderamente haya pasado por algo parecido a lo que le sucede a Auggie era demasiado pedir

Y, aún en el contexto de que el problema sea tan grande como quieren decirme, con Wonder Hollywood pierde una oportunidad de oro de hacer algo más que aparentar compromiso. En lugar de elegir a algún joven intérprete que verdaderamente padezca una patología que altere su fisionomía (sí, señores, se puede querer ser actor sin tener un rostro perfecto), se opta por Jacob Tremblay, niño de rasgos perfectos que se convierte en Auggie por obra y gracia del maquillaje. Qué gran ocasión habría sido ésta para mostrar algo de compromiso con los niños realmente enfermos. Pero está claro que eso habría requerido a un equipo de casting con algo de dignidad.

Familia perfecta para unos, disfuncional para otros

Lo siguiente que chirría en Wonder es la familia de Auggie. Esa ilusión de núcleo familiar perfecto porque, ¿cómo no va a ser perfecto algo que cuenta con Julia Roberts y Owen Wilson? Pero en su exagerada idealización de la amantísima y entregada familia de Auggie Wonder también se pasa de frenada. Todo el cuidado de Auggie para por convertir al niño en el centro del universo familiar, por todo tipo de negligencias para con todo lo que no es Auggie. ¿Hablamos de tensiones en la familia por la millonada en facturas médicas acumuladas tras doce años de operaciones? Quita, que eso es de pobres.

La madre perfecta es la que no existe por ti

En Wonder se entiende la entrega definitiva a las necesidades del hijo como el no darse ni cuenta de que la mascota familiar está gravemente enferma porque los problemas de Auggie son mucho más importantes. Nadie se detiene ni un solo momento para reflexionar sobre si están criando o no a un pequeño monstruito, a un auténtico vampiro emocional, o sobre si los problemas del niño son tan graves como para ignorar todo lo demás.

“Nadie se detiene ni un solo momento para reflexionar sobre si están criando a un auténtico vampiro emocional”

En este contexto, tanto la hermana (Izabela Vidovic) como la madre de Auggie son personajes absolutamente supeditados a los sufrimientos de éste. La relación entre ellas dos es tóxica, enfermiza hasta niveles realmente desagradables. La injusticia con la que la familia desprecia a la hermana y la resignación con la que ésta asume que su destino es ser un cero a la izquierda de por vida se muestra en toda su grandeza si uno reflexiona hasta qué punto sería esto realista si Auggie tuviera un hermano mayor.

Porque el único discurso claro de Wonder es que los problemas de Auggie que, recordemos, no está enfermo, solo tiene una malformación, son más importantes que los del resto del mundo. La manera en la que la familia y el colegio refuerzan el discurso de que los dramas de un varón blanco son más importantes que cualquier cosa que le suceda a quienes les rodean es, sencillamente, vomitiva.

No le pongan esta película a sus hijos

A pesar de parecer una película más o menos adecuada para ver en familia, con poderosos mensajes dirigidos a los más pequeños acerca de la importancia de comportarse de manera civilizada con aquellos que nacen con alguna desventaja; Wonder es una cinta que jamás le pondría a un niño. Para empezar, porque los niños son menos tontos de lo que uno se piensa y detectan los intentos de chantaje más rápido que los adultos. Y, para continuar, porque transmite algunos mensajes de dudosa calidad pedagógica.

Si no eres guapo, te echan del colegio

Como el de que la violencia, en según qué situaciones, está justificada. Porque claro, a cuenta de su rostro (ojo, nunca por su brillantez académica) en el colegio Auggie sufre situaciones de acoso (recordatorio: el acoso escolar no es patrimonio exclusivo de los varones blancos con cicatrices en la cara). Y todos sabemos que el acoso escolar se resuelve a puñetazos (spoiler: no). Que es la respuesta que se da hasta en dos ocasiones cuando los amigos de Auggie sienten que su carismático líder está amenazado. Y, lo peor, es que dicha actitud está claramente reforzada por parte de los adultos, porque la causa está justificadísima.

“Recordatorio: el acoso escolar no es patrimonio exclusivo de los varones blancos con cicatrices en la cara”

Tampoco quiero perder la ocasión para mencionar el cómo Wonder retrata a los niños que acosan a Auggie. Porque resulta que, en realidad, todo el desprecio y la mala leche de estos acosadores tiene un origen clarísimo: la madre de uno de ellos, que parece aborrecer las facciones de Auggie más que todos los personajes de la película juntos. Un maravilloso trabajo a la hora de retratar a las madres como vehículo a través del cual los niños (varones blancos, de nuevo) descubren cosas tan ajenas a ellos como el odio, el desprecio y la maldad. El tipo de mensaje misógino que me muero por enseñar a todos los niños del mundo.

En realidad el colegio de Auggie está lleno de detalles maravillosos, como esa clase y esa feria de ciencias en las que apenas hay niñas (a las mujeres nos gusta coser, de toda la vida); niños que copian en los exámenes (si Auggie te deja copiar su examen, entonces está bien hacer trampas porque le estás ayudando a integrarse) o profesores tan guapérrimos como educados, que ni cuchichean ni señalan a Auggie (ja).

Hollywood: cuéntame esta historia con un niño trans

Con todo esto mientras “disfrutaba” de Wonder no paraba de preguntarme cosas tan estúpidas como por qué no la protagoniza una niña (¿querría ser astronauta también? apostaría a que querría ser escritora), una persona trans, o un niño amanerado.

Me pregunto seriamente en qué día Hollywood me va a dar una película familiar protagonizada por Julia Roberts y Owen Wilson en la que nos cuenten la increíble y empoderante historia de una personita transgénero a la que le da pánico salir a la calle por miedo las miradas y maldades de la gente. Una película en la que consigue superar sus miedos, ir al colegio, mostrarse tal y como es, hacer un montón de amigos y que le concedan el premio a la mejor personita del colegio.

Me encantaría que Hollywood me contara una historia así de feliz y optimista sobre un niño o una niña LGTB. Y no me estoy refiriendo a esas películas, tan propias del circuito independiente, de una realidad tan agresiva y desalentadora que sale uno del cine ya sin ganas de vivir. Que es, parece, la única forma de hablar de estos temas en una pantalla grande. Me refiero a darle un final feliz (¿qué digo feliz? ¡felicísimo!) a un niñito trans y que ello vaya a verlo mucha gente al cine porque, claro, sale Julia Roberts.

Pero, mientras tanto, me tengo que aguantar y buscar este tipo de historias en lugares alternativos (gracias literatura, gracias tele, gracias videojuegos). Pero si por el camino puedo apuntar, con pelos y señales, todo lo que está mal en una película como Wonder, no me voy a cortar ni un poco.

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