9 marzo, 2018. Por

Winchester: La Casa Que Construyeron Los Espíritus

Terror sin ganas que ni entretiene ni da miedo
Winchester: La Casa Que Construyeron Los Espíritus

La Mansión Winchester tiene un lugar de honor en toda lista de los edificios embrujados o peculiares más famosos de la geografía estadounidense. Ubicada en San Jose, California, se trata de un laberinto de 161 habitaciones repartidas en cuatro pisos. Fue mandada construir por Sarah Winchester, viuda del tesorero y propietaria de casi del 50% del capital de la Winchester Repeating Arms Company, uno de los fabricantes de rifles y armas de fuego más prominentes de los Estados Unidos. Cuenta la leyenda que la viuda empleó gran parte de su abultada fortuna en construir esta enormidad de madera y vidrio en estilo victoriano tardío para que en sus habitaciones pudieran descansar los espíritus perturbados de aquellos que habían muerto a causa del rifle Winchester.

“Tiene buenas ideas pero se queda a medias en todo lo que propone. Como si estuviera hecha sin ganas”

O puede que la mujer tuviera más dinero del que iba a gastar en toda su vida y demasiado tiempo libre. No está claro. Fuera como fuere, con más de 100 años de historia y dos terremotos a sus espaldas, la Mansión Winchester es una atracción turística concurrida y está llena de peculiaridades arquitectónicas asociadas a la anarquía con la que se construyó. Su influencia sobre la cultura popular es recurrente: desde la etapa de Alan Moore al frente de La Cosa del Pantano (en ella Sarah Winchester se convertía en Amy Cambridge) hasta videojuegos de survival horror como The Evil Within. Tal vez la faceta videojueguil sea la más obvia para este tipo de lugar, pero material para una buena película de terror hay, seguro.

Aunque si un día se hace una película tensa y terrorífica sobre Sarah Winchester y su laberíntica mansión, no va a ser la Winchester: La Casa Que Construyeron los Espíritus (Michael y Peter Spierig, 2018) que hoy nos ocupa. Una de esas cintas con las que alguna gloria hollywoodiense (en este caso, Helen Mirren) liquida una hipoteca y a los demás nos echamos una siesta a oscuras y sin sobresaltos. Una producción que tiene buenas ideas pero se queda a medias en todo lo que propone. Como si estuviera hecha sin ganas, sin fé en el abundante potencial de su historia.

“Los australianos se limitan a encadenar escenas y sobresaltos mecánicamente, sin el más mínimo interés por la historia que les ocupa”

Al ser de procedencia australiana y no estadounidense, Winchester se podría permitir entrelazar el debate sobre las armas de fuego en los Estados Unidos con la trama de espíritus, médiums y posesiones que trata de desarrollar. Al fin y al cabo, Sarah Winchester vive atormentada por las almas de los desgraciados que han muerto por ellas. Y, aunque da la impresión de que la idea roza lejanamente la cabeza de los hermanos Spierig, son incapaces de rematar ningún discurso sobre el asunto. Así, solamente les queda la faceta terrorífica para jugar sus cartas. Con ella los australianos se limitan a encadenar escenas y sobresaltos mecánicamente, sin el más mínimo interés por la historia que les ocupa y, mucho menos, aportar algo parecido a una tercera dimensión a los personajes que la pueblan.

Vista aérea de la mansión Winchester en Google Maps. Este sitio merecía una película mejor

La apatía con la que los hermanos Spierig abordan Winchester empapa la película desde sus primeros compases y no tarda en contagiarse al espectador. La posibilidad de rodar en la verdadera mansión no se aprovecha lo más mínimo: ni la cálida luz de California, ni el laberíntico trazado del edificio ni la excéntrica personalidad de Sarah Winchester se muestran de una forma atractiva o perturbadora. Los secundarios que la acompañan son invisibles, intrascendentes. La desconexión del espectador con la historia y sus personajes es total desde el comienzo, de manera que es imposible cualquier implicación emocional que conduzca a lo que se supone que tiene que transmitir una película de género: miedo.

“La desconexión del espectador con la historia y sus personajes es total desde el comienzo, de manera que es imposible cualquier implicación emocional”

El problema de Winchester no es que sea ni buena ni mala: es que, sencillamente, al espectador no le importa nada de lo que pase. El clímax llega a destiempo, los sobresaltos son previsibles y sosos y los espíritus malvados están tan pobremente dibujados como los “buenos” de la película. No hay momentos bochornosos ni nada especialmente desagradable: solamente indiferencia. Y si a sus creadores no les interesa, ¿por qué debería importarnos a los demás?

Winchester: La Casa Que Construyeron Los Espíritus