25 enero, 2018. Por

Vladimir Vysotski

El gigante que vino del frío, el paria más famoso de la URSS
Vladimir Vysotski

Esto:

Tengo una guitarra ¡tumben las paredes!
¡Por culpa de mi mala suerte no estoy libre!
¡Degüéllenme, córtenme las venas,
pero no rompan sus cuerdas de plata!

Escarbo en la tierra, desaparezco al instante,
¿quién va a cuidar mi juventud?
¡Viólenme el alma, háganla trizas,
pero no rompan sus cuerdas de plata!

Mas se llevaron mi guitarra y la libertad con ella.
Me emperraba y gritaba: ¡Canallas, puercos!
¡Pisotéenme en el fango, arrójenme al agua
pero no rompan sus cuerdas de plata!

¿Qué es esto, hermanitos míos? ¿Acaso no vaya a ver
ni un día claro ni una noche sin luna?
iMe mataron el alma, me privaron de la libertad
y ahora me rompieron sus cuerdas de plata!

En la materia desnuda de este poema, que bien parece hecho por manos de hortelano de Oriuhuela o exiliado insepulto, o por un Yupanqui encolerizado o casi un febril Lorca sin Víznar, hay un bardo áspero, ronco, quizá impasible por fuera, quizá con hogueras por entrañas, y cuya estela se fue extinguiendo mano a mano con la URSS, patria y enemiga, como un estoico adulto.

O esto, ya sin fisuras:

Vladimir Vysotski tiene esa característica de superhéroe del siglo pasado de comenzar el nombre y el apellido por la misma letra. Peter Parker, Bruce Banner, Matt Murdock. Y posiblemente algo de sus poderes también encontraron trinchera en su vida: tejió su red en cada ámbito cultural, desde la poesía a la canción, el cine o el teatro; su presencia, un físico duro, un rostro agrio que contenía sensibilidad minúscula en cada capilar o poro; y, a diferencia de la ceguera del último, invisibilización.

Nació un 25 de enero en el helado Moscú del 38. Su vida acapara rasgos laberínticos. Lo galopó todo. Padres divorciados y un niño adusto. Se formó con aires de tundra, invernalmente, en base a zoologías balcánicas y mitologías de bosques y aullidos. Y de aquellos himnos, estas réplicas, y de tantas banderas, ninguna. Habitó la región alemana ocupada por los soviéticos antes de que fuera la RDA, pero dijo adiós a su padre y se largó a estudiar una ingeniaría. Para nada. Abandona y se gradúa de su primera profesión: actor.

«Aunque ha sido traducido a decenas de lenguas, sigue siendo un desconocido en casi todos los idiomas: discos descatalogados, libros de poemas amurallando bibliotecas rusas, grabaciones perdidas»

 

En el 64 ingresa en el Teatro de Drama y Comedia en la Taganka. Comienza el boca-oreja. Su rostro, de fotografías sobre los escenarios, le dan impulso porque no se habla de otra cosa que de su Hamlet.

«¿Ser o no ser Vladimir Vysotski?»

Pero nada de esto era «oficial». El régimen le repudiaba por sus poemas antisoviético, su deslealtad pública. Posiblemente el paria más famoso de la URSS. En una encuesta en 2010 en Rusia de ídolos patrios durante el siglo XX quedó en segundo lugar, por detrás de Yuri Gagarin. Algo que ver tendría que nada más comenzaron a publicarse los primeros casetes, en todas las ventanas del Este se escuchaba su garganta, como dijo su tercera esposa, la actriz gala Marina Vlady.

Con ella se casó en 1969 hasta su muerte, con 42 años. El amor y el matrimonio fueron casi diez años a distancia -de Francia a su cuna moscovita-. Algunos viajes le otorgaron fama efímera al otro lado del charco, desgarrando el Telón de Acero y fulminando la Guerra Fría sólo con una guitarra.

«El régimen le repudiaba por sus poemas antisoviético, su deslealtad pública. Posiblemente el paria más famoso de la URSS. Su funeral no fue de Estado, pero al féretro lo siguieron casi un millón de fieles sin necesidad de datos estatales»

Compartió un anecdotario de buena biografía: se subió en todas y cada una de las atracciones de Disneyland y quiso reunirse por segunda vez con Charles Bronson, uno de sus ídolos, para vengarse. Todo porque cuando le conoció y se presentó con su inglés paupérrimo como poeta soviético y admirador, este le espetó un «Go away» furioso.

O, por ejemplo, una velada de las que sólo Hollywood podía permitirse en el verano del 76: Gregory Peck, Robert De Niro, Anthony Hopkins, Natalie Wood, Liza Minnelli, Michael Douglas y Sylvester Stallone le escucharon en casa del productor Mike Medavoy. «Nadie [en la fiesta] entendió una palabra», dijo Milos Forman, «pero todos comprendieron que aquellas eran profundas y honestas canciones que estaban escritas con todo su corazón».

A ese corazón las anfetaminas, los opiáceos y, sobre todo, el alcohol le depararon un silencio muy largo. Sus últimas composiciones de sus últimos años son en su mayoría metáforas de su dependencia de la bebida disfrazadas de sátira política. Protagonizó una miniserie policíaca, Mesto vstrechi izmenit nelzya (‘No se puede cambiar el punto de encuentro’), que fue su mayor éxito en la pantalla. Un año después, 1980, fallecía de parada cardíaca.

Su funeral no fue de Estado, que estaba a otras cosas, pero al féretro lo siguieron casi un millón de fieles sin necesidad de datos estatales. Finalmente consiguió un reconocimiento póstumo que sabe a postre tardío. Calles con su nombre. Y estatuas. Y macizos montañosos. Y picos glaciales. Y barcos. Y hasta el asteroide 2374, el Vladvysotskij.

Aunque ha sido traducido a decenas de lenguas, sigue siendo un desconocido en casi todos los idiomas: discos descatalogados, libros de poemas amurallando bibliotecas rusas, grabaciones perdidas. Hoy cumpliría 80 años.

Vladimir Vysotski