29 marzo, 2017. Por

¡Vivan los campos libres de España!

Naturaleza, artesanía, folclore, color y rebeldía
¡Vivan los campos libres de España!

El título de la muestra ¡Vivan los campos libres de España! es una frase del escultor Alberto Sánchez que surge en una de las excursiones junto al pintor Benjamín Palencia por los alrededores de Madrid y que se recoge en el libro Palabras de un escultor escrito por él mismo en conversaciones con Luis Lacasa. La idea de la contraposición entre la modernidad y lo rural de aquella España de finales de los años veinte y principios de los treinta, le sirve ahora al artista Antonio Ballester Moreno, uno de los nombres propios de la pintura actual, para mostrar los efectos gráficos que producen los patrones naturales, los ciclos y las estaciones en nuestra psicología. Naturaleza, artesanía, folclore, color y rebeldía dan forma a un universo de símbolos basado en la abstracción en el que a partir de formas geométricas básicas: lunas, soles, lluvia o estrellas nos transportamos al ciclo vital que muchos artistas de las primeras vanguardias, como Klee o Miró quisieron captar privilegiando las formas ingenuas y primitivas del arte: la imaginería popular y los iconos.

Esta muestra, que estará hasta el 23 de abril en La Casa Encendida, está concebida como una gran instalación y representa la naturaleza otoñal a través de la lluvia, el sol y la luna. Mediante una treintena de enormes lienzos y dos instalaciones donde el artista retoma gran parte de su universo basado en la geometría, la tierra y la cultura popular. Elementos que remiten a las formas más básicas y, a su vez, al contexto en el que surgieron las primeras vanguardias artísticas y sus antecedentes como el primitivismo, el arte concreto, la abstracción, la figuración o el realismo. Así, Ballester nos sitúa en un mundo de colores primarios, de formas infantiles donde los materiales como el barro reproducen una obra de singular belleza, formas austeras que representan astros y estrellas sobre campos de color que parten, como el arte naif, de una búsqueda (consciente o no) de formas de expresión que evocan a la infancia.

Ballester Moreno tiene una filosofía muy punk, de ahí su necesidad de destruir para construir, de negar la pintura para reafirmarse en ella. Dice que su máxima es “desaprender para volver a aprender” y quizá es a eso a lo que se fue a Berlín, a empaparse de estímulos que no encontraba en España en pleno comienzo de la crisis y en una situación de apatía para los creadores. Volvió a Madrid con las pilas cargadas e intentó trasladar aquí esa fuerza de trabajo y poner en marcha con otros compañeros, un proyecto cultural con la asociación Los 29 enchufes, y aunque este fracasó, él arremetió con fuerza y desde entonces el éxito no cesó de llamar a su puerta.

Sus cuadros, reivindicadores del arte más básico, del hacer artesano (desde el bordado y el macramé a la cerámica), quizá tengan algo de homenaje al arte como oficio. En los últimos años su lenguaje formal ha ido depurándose hacia la simplificación de formas y colores que remiten a lo más básico, a los orígenes. El resultado es una cuidada selección de obras que configuran un hermoso paisaje natural y ponen de relieve el personal estilo del artista, que nos habla de lo autóctono, de lo local, donde confluyen diversos temas como el de la educación y el aprendizaje con los que consigue generar un mundo simbólico donde todo está conectado.

¡Vivan los campos libres de España!