10 enero, 2018. Por

Vergüenza

Un espejo demasiado oscuro (y, sin embargo, realista) de la condición humana y española
Vergüenza

Jesús (un Javier Gutiérrez en estado de gracia, realmente portentoso) es, en apariencia, un ejemplo de lo que podríamos llamar un español medio. Tiene unos cuarenta años, vive en un piso de un barrio cualquiera de una gran ciudad del presente con su pareja, Nuria (una también estupendísima Malena Alterio), cree que habla inglés –aunque no sea así, en absoluto- proyecta tener un hijo y trabaja como fotógrafo de BBC (bodas, bautizos y comuniones)  y hasta tienes ciertas veleidades artísticas, aunque la cultura no sea precisamente su fuerte. La mayoría de la gente lo considera buena gente o, al menos, un tío normal.

Pero no lo es. O, al menos, no deberíamos verlo así, así. Jesús es homófobo, machista y racista, aunque, con toda seguridad, no es consciente de ello, aunque así lo expresen sus actos y palabras cada vez que tiene ocasión. También es envidioso, cutre y no es infiel tan a menudo como querría a su pareja por su nulo atractivo para cualquier mujer del planeta con dos dedos de frente. Para expresarlo con claridad, Jesús es un monstruo. Un ser que avanza por la vida sembrando el caos, la incomodidad y, sobre todo, una terrible vergüenza ajena a su alrededor. Tal vez el problema es que Jesús se parece demasiado a la mayoría de nosotros, sólo que los demás sabemos disimular mejor.

«Alguien me comentó que le parecía una serie inverosímil: que no se creía que alguien como Jesús tuviera pareja, un trabajo estable, amigos. Me parece un punto de vista demasiado optimista: en la España del siglo XXI, alguien como Jesús puede llegar a ser portavoz en el Congreso de los diputados del partido en el gobierno»

Evidentemente, una comedia protagonizada por un individuo así, que parece reunir en su persona casi todos los vicios, chungueces y taras imaginables en un español de a pie no es una serie normal. En absoluto. Urdida por los probablemente diabólicos cerebros del dramaturgo, director y guionista Juan Cavestany (el mismo de iconos del cine de guerrilla patrio como Esa sensación, Gente en sitios o Dispongo de barcos) y el director Álvaro Férnandez-Armero (Todo es mentira, Nada en la nevera), los diez episodios de la primera temporada de Vergüenza tienen escasos precedentes en la tradición de la comedia española (excepto tal vez en el Berlanga con más mala uva), al prescindir del humor verbal y centrarse en el, por así llamarlo, “situacional”. El modus operandi de la serie es mostrarnos cómo la incapacidad de Jesús para no actuar del modo más incorrecto imaginable crea una situación tras otras de una tensión casi insoportable. Y por supuesto, todo desemboca siempre en el más oprobioso de los ridículos.

En ese sentido, el Jesús de Javier Gutiérrez es un alumno aventajado de esos genios de la disrupción social que son Ricky Gervais en sus distintas encarnaciones (The Office, Extras) y el sin par Larry David (cuya gloriosa nueva temporada de Curb Your Enthusiasm nos ha hecho enormemente felices en los últimos meses de 2016): personajes cuya ausencia de inteligencia emocional, de empatía, de respeto hacia el prójimo, los convierte en tsunamis humanos, unos tipos que se bastan por sí mismos para demoler las convenciones de la civilización hasta sus mismos cimientos. Ese es el motivo por el que muchos espectadores se sentirán espantados con Vergüenza: es un espejo demasiado oscuro de la condición humana y, más en concreto, de la condición española.

Alguien me comentó que le parecía una serie inverosímil: que no se creía que alguien como Jesús tuviera pareja, un trabajo estable, amigos. Me parece un punto de vista demasiado optimista: en la España del siglo XXI, alguien como Jesús puede llegar a ser portavoz en el Congreso de los diputados del partido en el gobierno.

Vergüenza