28 junio, 2017. Por

Verano 1993

Cómo reconstruir la pérdida de una madre desde los ojos y los oídos de una niña
Verano 1993

El primer largometraje de Carla Simón (Barcelona, 1986), que llega a los cines tras triunfar en los festivales de Berlín y Málaga, examina un periodo crucial de la vida de su directora, que en el verano de 1993 perdió a su madre, víctima del SIDA, y se fue a vivir con sus tíos a un pueblo de la Garrotxa. El punto de vista que adoptará la película, desde su primer plano hasta la tierna dedicatoria que la clausura, es el de la pequeña Frida, seis años, alter ego de la propia Simón.

Si bien esto significa que asistiremos a la evocación de aquél verano a través de los ojos de esa niña, en esta película el sonido del oído es tan importante como el de la vista. Porque, para Frida, la repentina desaparición de su madre tomará prácticamente la forma de una conspiración doméstica en la que se le está escatimando información que la ayudaría a comprender las circunstancias de la muerte y a gestionar el proceso de duelo. Así, las frases oídas a medias desde la habitación contigua o desde debajo de una mesa devienen pequeños misterios, piezas de un puzle que alguien ha catalogado como recomendado para niños de una edad mayor que la que tiene Frida.

Recordar, en cierto modo, es también soñar: volver a dibujar paisajes, rostros y sensaciones aportando a la materia del recuerdo la claridad que proporciona el tiempo transcurrido. Simón sortea los riesgos comúnmente asociados a la puesta en imágenes de la propia historia personal, y esta fluye con naturalidad, exenta de condescendencia y tocada por un humor que navega a menudo entre lo luminoso y lo macabro, o ambas cosas a la vez: véase al respecto aquella escena en la que, bajo un sol radiante, Frida se disfraza de su madre y se tumba en una hamaca para que Anna, su nueva hermanita, le traiga unos aperitivos. “Me duele el cuerpo”, repite varias veces la niña, haciendo que por encima del juego infantil que estamos presenciando aflore otra estremecedora imagen.

La relación entre las niñas —estupendas Laia Artigas (Frida) y Paula Robles (Anna)— es indudablemente el corazón de Verano 1993, sin que ello impida pincelar las reacciones de sus mayores, en especial de Marga (Bruna Cusí) y Esteve (David Verdaguer), los tíos de Frida, que también tendrán que adaptarse a la nueva situación.

La cineasta nos hace partícipes de este pequeño mundo y de esta iniciación al llanto sin sacrificar nunca su punto de vista: el cuerpo de Frida será siempre nuestro eje, y lo que veremos y oiremos será siempre aquello que ella pueda ver y oír, mientras el verano va amontonando en el patio de esa casa sus días y sus noches y, para esa niña en camino de dejar de serlo, la certeza de una ausencia y también la de tener que vivir con ella.

Verano 1993