20 diciembre, 2017. Por

Vania (escenas de la vida)

Cómo llegar a la emoción a través de la esencia del teatro como arte y vivencia
Vania (escenas de la vida)

Cuatro actores. Una caja de madera clara de 6 x 8 metros y techo descubierto que acoge a 60 espectadores. Un rincón en la Sala Negra de de los Teatros del Canal al que se llega siguiendo un camino de baldosas amarillas (o post-its con arbolitos). Un lugar donde el tiempo se suspende y cada susurro, cada mirada, cada palabra y leve gesto son oro. Vania (escenas de la vida). La unión de Àlex Rigola y Anton Chéjov. Una de las joyas más delicadas de la temporada. Y de los últimos años.

Rigola despoja al Tío Vania de absolutamente cualquier ropaje o elemento accesorio para presentarlo desnudo y como recién nacido. Una criatura que lanza sus palabras despacio, sin miedo a las pausas, paladeándolas. Dando a cada una de las sílabas un sentido profundo y casi litúrgico, tal es la naturalidad y verdad que desprenden. Los actores van con ropa de calle y se llaman por sus nombres. Luis Bermejo  /Vania, Ariadna Gil / Elena, Irene Escolar / Sonia y Gonzalo Cunill / Astrov juegan con un globo verde mientras entra el público. Y uno siente haber interrumpido una fiesta de cumpleaños.

Después, rozando las paredes de madera, comienzan un Vania puro, destilado, de mirarse a los ojos y a las almas, que desborda delicadeza, amor y sensibilidad. Pero también tristeza y melancolía. Y en el que no faltan las risas que se manifiestan desde una ternura e ironía extraordinarias. Y es que resulta otra experiencia paralela ver las caras iluminadas de los espectadores durante estos primeros minutos de sorpresa, al entrar en este lugar en el que se respira una paz y conexión casi chamánicas, de que se encuentran ante algo único, de una sencillez exquisita y hermosa, que colma el espíritu y serena.

«Hay tanta verdad y belleza en esta caja que la catarsis resulta casi inevitable: la obra consigue elevar el teatro, como Arte y vivencia, desde la sencillez más absoluta y llegar a la emoción a través de la esencia»

No hay palabras para describir la alquimia que consiguen estos cuatro inmensísimos actores en un espacio tan reducido (que podría ser también cualquier sala alternativa, aunque no un gran teatro, porque desde luego esta función sería imposible de representar en un escenario convencional).

El hermosísimo brillo en los ojos de Irene Escolar y sus lágrimas mientras pierde a Gonzalo / Astrov. La triste sonrisa de Ariadna Gil y ese reconocimiento de ser un personaje para siempre episódico. Las manos de Gonzalo Cunill mientras toca la guitarra sabiendo que el mundo se va a pique (y él también). Los gestos de simpatía derrotada de Luis Bermejo, empapados de la certeza de que ha echado su vida a perder. Y todos diciendo ese texto de Chéjov, casi susurrado, compartiéndolo con los espectadores como con un grupo de buenos amigos, en un estrato de intimidad en el cual es francamente difícil haberse encontrado en cualquier otra función. Y que consigue atravesar con una belleza que pone los pelos como escarpias y hace brotar emoción y lágrimas casi sin querer.

Vania (escenas de la vida) es una de las funciones más hermosas que recordamos. Por supuesto que habrá gente que no comulgue con este tipo de propuestas. Pero hay tanta verdad y belleza en esta caja (que por cierto, mágicamente puede transformarse en un bosque, sus nudos en árboles y sus vetas en lagos o animales, gracias únicamente al poder de la palabra) que la catarsis resulta casi inevitable. Este Vania consigue elevar el teatro, como Arte y vivencia, desde la sencillez más absoluta y llegar a la emoción a través de la esencia.

Vania (escenas de la vida)