21 diciembre, 2017. Por

Una vida a lo grande

Alexander Payne regresa con una de ciencia-ficción humanista tan estimulante como fallida
Una vida a lo grande

Me ocurre, con la última película de Alexander Payne, que me ha resultado más grato pensar a posteriori sobre aquello que nos cuenta que la experiencia de su visionado. Su planteamiento es atractivo: unos científicos noruegos descubren el método para hacer realidad la pesadilla de Scott Carey (Grant Williams) en El increíble hombre menguante (Jack Arnold, 1957). ¿Qué ocurriría si tuviéramos la posibilidad de miniaturizarnos a nosotros mismos e irnos a vivir a pequeñas comunidades, equipadas con todo lo necesario para vivir?

«Jim Taylor y Alexander Payne saben cómo hacernos sonreír al tiempo que nos recuerdan lo insignificantes que somos»

 

Quizá, sugieren los artífices de la proeza, así no nos cargaríamos el planeta a la velocidad a la que lo estamos haciendo. Además, en este nuevo paraíso de juguete, el valor del dinero también es relativo: doce mil quinientos dólares, para que nos entendamos, pasan a ser doce millones y medio en el mundo miniaturizado. A partir de aquí, Payne pone el foco sobre Paul Safranek (Matt Damon), un hombre desubicado, también un hombre bueno, que se encapricha de la idea de ser rico y pequeño y vivir a lo grande (como sugiere el título español de la película), junto a Audrey, su esposa, interpretada por Kristen Wiig.

Esta es, en esencia, una película sobre la escala de las cosas. Sobre cómo mirar al mundo, y cómo mirarnos a nosotros mismos en relación a ese mundo. El diseño de producción del filme es estupendo, y no deja de resultar perturbador comprobar como esa supuesta Arcadia diminuta imaginada por los científicos noruegos funciona, en la práctica, como una versión en carne y hueso del videojuego Los Sims. En la que, por otra parte, persisten las desigualdades de clase y género. En definitiva, un lugar para pasarlo en grande… si tienes recursos. El problema es que, una vez presentado ese universo, Payne y su coguionista habitual, Jim Taylor, dibujan las interacciones entre personajes con cierto trazo grueso que parece querer primar la exposición diáfana de la premisa, como si nos pusieran ante los ojos un esquema, antes que la sutileza psicológica.

«Esta es, en esencia, una película sobre la escala de las cosas. Sobre cómo mirar al mundo, y cómo mirarnos a nosotros mismos en relación a ese mundo»

Y esta decisión no es inconsciente: hay un momento en el que el personaje de Matt Damon toma una decisión trascendente respecto a su futuro. En el siguiente plano, de forma instantánea, nos lo encontramos vestido con una indumentaria acorde al que parece que va a ser su nuevo destino. La narrativa límpida de Alexander Payne, un estupendo contador de historias, jamás es un problema. Y otra cosa es cierta: Taylor y Payne saben cómo hacernos sonreír al tiempo que nos recuerdan lo insignificantes que somos. Pero a esta comedia humanista sobre un hombre que aprende a ser pequeño no le habría venido mal una capa de pintura adicional que le diera más entidad a sus criaturas.

Una vida a lo grande