20 abril, 2018. Por

Un Lugar Tranquilo

Anticipación, tensión y silencio para crear una experiencia de terror eficaz y rompedora
Un Lugar Tranquilo

Primero, Déjame Salir (Jordan Peele, 2017) dio la campanada con una cinta inteligente, mordaz, con una poderosa carga racial y escenas en las que la tensión escalaba al pánico de manera terrorífica. Poco después It (Andy Muschietti, 2017) nos recordó que el idilio entre Stephen King y el cine podía retormarse, aunque ello exigiera despegarse del aire de serie B que han tenido algunas adaptaciones de sus libros. Hace nada en España hemos podido disfrutar de Los Hambrientos (Robin Aubert, 2017), que ha demostrado que las historias de zombis todavía tienen mucho que contarnos. Y esta semana llega a nuestras pantallas Un Lugar Tranquilo (John Krasinski, 2018). Una película que, entre otras muchas cosas, nos confirma que estamos ante uno de los momentos más interesantes que el cine de terror ha vivido en las últimas décadas.

Entre los bosques a las afueras de Nueva York viven los Abbott, un matrimonio con tres hijos que sobrevive en su granja a un depredador que ha borrado de la faz de la Tierra a gran parte de sus vecinos y, aparentemente, de la Humanidad. Del enemigo poco se sabe: solamente que es rápido, fuerte, acorazado y que posee un oído extraordinario. Quienes no han sido atrapados y despedazados por estos seres son aquéllos que han conseguido desarrollar sus existencias a un silencio sepulcral y constante. Los Abbott solamente tienen una ventaja: Regan (Millicent Simmonds), la hija mayor, es sorda, de modo que todos los miembros de la familia se comunican en lenguaje de signos con fluidez. Pero vivir en un mundo en el que el más mínimo ruido atrae sin remedio a unos seres infernales es una tarea complicada.

Un worldbuilding a la altura de su planteamiento

El planteamiento de Un Lugar Tranquilo es tan simple que cuesta creer que no se le haya ocurrido a nadie antes. Y, sin embargo, tomar el miedo visceral e instintivo y desligarlo de algo tan clásico como la oscuridad para reubicarlo en algo tan vital y cotidiano como el sonido, es uno de los trucos más ingeniosos, terroríficos y originales que hemos visto en mucho tiempo. Es lo que algunos ya están llamando “terror minimalista”. Porque Un Lugar Tranquilo es una película de género, pero se desarrolla principalmente a la luz del día, no tiene apenas sobresaltos, ni sangre ni imágenes grotescas. Y, aún así, uno se encuentra aguantando la respiración en no pocos momentos de su metraje.

La construcción del mundo es tan eficaz que uno aguanta la respiración con los protagonistas varias veces (John Krasinski y Noah Jupe. Fotografía de Jonny Cournoyer para Paramount.)

No obstante, de películas con planteamientos atractivos y originales que fracasaban miserablemente a la hora de construir una trama o un universo creíble e interesante está nuestra memoria llena. El éxito de Un Lugar Tranquilo está en que consigue armar un mundo plausible que está a la altura de su planteamiento. Y, en lugar de llenarlo con una historia enrevesada o dar explicaciones innecesarias, va al grano con los conflictos y situaciones que esa distopía puede generar.

“Al tomarse su tiempo para construir el mundo, al espectador le va atenazando la anticipación”

John Krasinski emplea un buen puñado de escenas en, en lugar de hacernos pasar miedo, mostrarnos hasta el mínimo detalle lo sigiloso que hay que ser para vivir realmente en silencio. Lo hace, eso sí, después de enseñarnos a qué ser nos enfrentamos en los primerísimos compases de la película. Para el espectador acostumbrado a los bichos que se esconden en la oscuridad, revelar la fuente de nuestros miedos casi desde el principio es chocante, pero encaja en el espíritu de la película: Un Lugar Tranquilo no va de lo que se ve, sino de lo que se oye. Tras ello, el universo de sonidos amortiguados, susurros ahogados y objetos recubiertos de lana para que no hagan ruido le va atrapando a uno de manera hipnótica.

Al tomarse su tiempo para construir el mundo, al espectador le va atenazando la anticipación. La certeza de que el precario equilibrio de silencios en el que viven los protagonistas es insostenible y el miedo ante lo inevitable que es que, antes o después, alguien haga un ruido es la clave. Y es en la elaboración de estas tensiones donde la película se vuelve memorable. En realidad la trama no tiene sorpresas. No sucede nada que no se nos haya avisado con varios minutos de antelación. El terror está en la eficacia con la que la película le pone a uno en los zapatos de sus protagonistas, en el cómo uno contiene la respiración en la sala de cine durante casi una hora y se sobresalta ante cualquier ruido externo.

Sí, en la bañera pasa algo importante, pero no dejen que se lo cuenten: estropearía un poco la película. (Emily Blunt. Fotografía de Jonny Cournoyer para Paramount)

Más cine que palabra

En que esta experiencia sea tan inmersiva tiene mucho que ver el reparto. Cinco actores, tres de los cuales son niños, que tienen que construir una dinámica familiar creíble, humana y emocionante pero sin caer en la ñoñería bobalicona. Tanto Lee (John Krasinski) como Evelyn (Emily Blunt) son personajes simples, incapaces de dejar de aplicar a sus hijos muchos de los errores propios de la sociedad en la que han vivido hasta la aparición de estos seres. Uno no se enamora de ellos, transmiten una inmensa capacidad emocional.

Al renunciar a la palabra como medio narrativo o vehículo para la construcción de los personajes, la dirección de actores se vuelve muy física, aunque todo sea desde la delicadeza. La manera en la que los miembros de la familia se muestran afecto es francamente enternecedora y muy eficaz a la hora de conectar con el espectador. Mención aparte para el trabajo de Millicent Simmonds, una joven actriz sorda sobre cuyo trabajo recae uno de los grandes conflictos a los que se enfrenta la familia Abbott. La chica resuelve con una serena espontaneidad que le gana a uno sin fisuras, dirigiéndolo a una de las escenas más impactantes y emocionantes de toda la película. Tanto de ella como de su personaje sí que se enamora el espectador.

“‘Un Lugar Tranquilo’ es una experiencia puramente cinematográfica. A pesar de la versatilidad de la literatura o del teatro, esta historia perdería toda su fuerza si tratara de plasmarse en dichos medios”

Al final, cuando se encienden las luces y uno se da cuenta de que no pasa nada por hablar en voz alta, y se cae en la cuenta de que Un Lugar Tranquilo tiene algunos fallos de guión serios. Que hay giros que no se explican bien y escenas que no están correctamente conectadas entre sí. Son puntos que hacen que la película no sea perfecta. Pero hay que darles la importancia en su justa medida, ya que no parecen impedimento para el intenso disfrute que causa la película durante su visionado.

Contra todo pronóstico, los niños trabajan casi mejor que los adultos (Noah Jupe y Millicent Simmonds. Fotografía de Jonny Cournoyer para Paramount)

A posteriori también se da uno cuenta de que Un Lugar Tranquilo es una experiencia puramente cinematográfica: sus tensiones y el miedo extraño pero vívido que transmiten algunas de sus escenas son patrimonio exclusivo del cine. A pesar de la versatilidad de la literatura o del teatro, esta historia perdería toda su fuerza si tratara de plasmarse en dichos medios. Y no sabría decir con qué frecuencia sucede eso. Pero no es muy elevada.

Nos adentramos, en resumen en una época en la que el terror, por fin, puede empezar a entenderse como algo más que cuatro sustos habilidosamente colocados o algunas manidas escenas de asfixiante oscuridad en las que alguien decide subir por la escalera en lugar de salir del edificio. Una nueva generación de películas de terror en las que el silencio, la risa nerviosa o la incomprensión pueden ser también poderosos generadores de miedo. Y esto abre todo un mundo nuevo de posibilidades.

Un Lugar Tranquilo