31 marzo, 2017. Por

Últimos días en el desierto

Espiritualidad descafeinada
Últimos días en el desierto

Se acerca la Semana Santa y con ella la reposición de algún clásico del cine péplum en televisión —sea Quo Vadis, Los diez mandamientos, La túnica sagrada o Ben-Hur—, que siempre son preferibles a sus ostentosos y poco interesantes remakes en la gran pantalla (como el de la propia Ben-Hur, por ejemplo, el invierno pasado). Este año sin embargo toca estreno bíblico “original”. El productor de televisión y director colombiano Rodrigo García presenta en España, Últimos días en el desierto, un pasaje del Nuevo Testamento protagonizado por Ewan McGregor, en el doble papel de Jesús y el Diablo, que tiene posibilidades de gustar más a los no creyentes que a los devotos.

La historia se centra en la vuelta a Jerusalén de Jesucristo (un dios en contrucción muy terrenal y humano), tras sus 40 días de ayuno y oración en el ario desierto, y la última prueba a la que debe enfrentarse. Retado por el propio demonio, Jesús deberá resolver un conflico familiar a beneficio de las tres partes involucradas: el padre que quiere que su hijo construya su vida junto a él en el desierto, la madre enferma que para morir en paz desea ver a su hijo partir hacia la ciudad y el niño que vive en constante conflicto entre ser un buen hijo y elegir su propio destino.

Al contrario de lo que sucedió hace veintiún años con la devocional cinta de Mel Gibson, La pasión de Cristo (de la que ya está marcha una segunda parte que apropiadamente se titulará La Resurrección), a la película de García le falta atrevimiento. Si al film de Gibson se le desbordaba la pasión a raudales de sangre, con su consecuente llamada a la polémica, Últimos días en el desierto desprende tan solo algo de espiritualidad descafeinada.

En lo que respecta a hibridar espiritualidad con naturaleza, y tratar a la vez el espinoso tema de las relaciones primarias entre padres e hijos, yo me quedo con Terrence Malick y su Árbol de la vida. No es que a Últimos días en el desierto le falte belleza en la fotografía, por algo cuenta con la habilidad técnica de Emmenuel Luezki (El renacido, Birdman, Gravity), es solo que incluso con esa evocadora segunda línea de diálogo en forma de silencio omnipresente que ofrece el desértico paisaje, no es suficiente, por lo menos en mi caso, para tocarte el alma, que es a lo que uno aspira con esto del misticismo.

Lo mejor: La interpretación de Ewan McGregor (aunque se le escape algún deje escocés muy poco bíblico) y las conversaciones entre sus dos personajes.

Lo peor: No toca la fibra sensible y aunque parezca contradictorio al párrafo anterior: Ewan McGregor como Dios no acaba de convencer.

Últimos días en el desierto