7 septiembre, 2017. Por

Twin Peaks: The Return

Cinco cosas que hemos aprendido con Lynch y Frost este verano
Twin Peaks: The Return

Todo el mundo ha visto Twin Peaks. Incluso quien no haya visto realmente Twin Peaks, la ha visto. Basta con encender la tele y ponerse cualquier serie de misterio, sobrenatural o procedimental para haber visto, al menos en parte, Twin Peaks. Desde The X-Files hasta The Leftovers, pasando por Lost, True Detective y Fringe, las series de hoy todavía beben de aquélla áspera pregunta que lleva resonando en los tubos catódicos del planeta desde 1990: ¿Quién mató a Laura Palmer?

Así que, independientemente del amargo sabor que dejó en los telespectadores la errática segunda temporada y su desconcertante final, el revuelo que se armó cuando David Lynch anunció el acuerdo con Showtime para revivir la serie, allá por finales de 2014, fue completamente justificado.

Han sido años de tiras y aflojas entre Lynch y Showtime: el regreso de Twin Peaks estaba programado para principios de 2016 y constaría de nueve episodios. Lynch estuvo a punto de desentenderse del proyecto en 2015. Y, finalmente, no fue hasta este mes de mayo que los dos primeros episodios se proyectaron en el Festival de Cannes. Lynch y Frost retomaban la historia 25 años después, con bastantes de los actores originales pero con muchísimas caras nuevas, una trama mucho más amplia y compleja que la de la serie original y un buen puñado de sorpresas escondidas en la manga.

Twin Peaks: The Return ha transcurrido a lo largo de 18 episodios caracterizados por la narración onírica, el costumbrismo asfixiante y las atmósferas tensas, prolongadas y silenciosas que forman parte del cine de Lynch, hasta que este domingo ha finalizado. Y a la crítica casi se le han caído los brazos de aplaudir. “Obra maestra” es el término que más se ha utilizado para describir lo que hemos visto estos meses. ¿Es para tanto? La respuesta es sencilla: sí, y no te imaginas hasta qué punto. Veamos unas cuantas cosas que hemos aprendido estos meses.

Este texto no tiene spoilers de Twin Peaks: The Return. Puedes ver la serie completa, así como la película Fire Walk With Me, en Movistar+.

1. A veces no entenderlo todo también está bien: el arte hace pensar

En estos tiempos en los que no tener una opinión bien formada sobre el culo de Jon Snow o las rencillas entre las hermanas Stark se considera poco menos que escándalo público; cualquier comentario que uno hiciera en sociedad sobre los nuevos episodios de Twin Peaks era recibido con un unánime “Pero si de Twin Peaks no se entiende nada”. Tras lo cual continuaba una acalorada discusión sobre dragones fundiendo muros de hielo. Que no es que yo tenga nada en contra de los dragones zombis. Pero hay vida más allá de ellos.

Es cierto que las series de televisión son uno de los medios de entretenimiento más accesibles y eficaces hoy en día. Como ya lo hiciera el folletín casi desde el nacimiento de la prensa, no hay nada más fácil que sumergirse en su episódica concatenación de giros, intrigas y sorpresas para ahogar las preocupaciones de una larga jornada. Pero ello no implica que todas las series que se emitan tengan la obligación de ser entretenimiento puro y duro: el género televisivo es uno de los muchos soportes que los artistas tienen a su disposición para plasmar sus obras. Y David Lynch es un artista. Uno bastante polifacético, de hecho. Quien trate de acercarse a Twin Peaks como lo haría a Stranger Things va a perder diez minutos de su vida antes de apagar la tele furioso.

Los 18 episodios de The Return no pueden ser abordados con una actitud muy diferente a la que tendría uno al ponerse frente a una obra de arte hipnótica y compleja como, pongamos, El Jardín de las Delicias de El Bosco (no, no estoy diciendo que haya relación entre estas obras o estos autores: esto es solo una metáfora). Esto es, con todos los sentidos alerta, en tensión, prestando atención a cada pequeño detalle, descubriendo algo nuevo con cada revisión, reflexionando a toda prisa sobre cada descubrimiento y sus implicaciones en el contexto de la obra completa. Contrastado opiniones, incluso, con nuestro acompañante. Pero, sobre todo, disfrutando de cada pincelada, de cada interpretación que el autor haga de lo que es bello o fascinante y empatizando con las emociones que transmite. Es decir, abrazando el deleite estético que la obra nos produce, aún cuando no la comprendemos por completo o le asignemos una interpretación diferente a la que el autor tenía en mente cuando la produjo.

Además, es que ni siquiera es cierto que en Twin Peaks no se entienda nada. No se puede negar que hay muchos elementos colocados de manera deliberada para despistar y confundir al espectador. Y que es compleja: requiere esfuerzo. Pero la cantidad de respuestas que el show ha ofrecido ha sido abrumadora. Tal vez ha planteado todavía más preguntas (por Dios, Audrey, ¿qué pasa con Audrey?) pero, como bien ha dicho Kyle MacLachlan (que interpreta al mítico agente Cooper desde el arranque de la serie) recientemente, “El buen arte hace preguntas”.

Sheryl Lee vuelve a ser Laura Palmer en Twin Peaks. Y con esta cara nos hemos quedado muchos tras ver el final.

Lo cierto es que si uno presta atención a los episodios (no, no es una serie que se pueda ver mientras se trastea con el Tinder, para eso ya está Narcos) se pueden seguir y entender muchas cosas. Y, para quien tenga sed de debate y discusión, o mera curiosidad por los detalles, ahí está Internet, que está a tope estos días con el tema.

2. El Surrealismo goza de buena salud y la libertad creativa produce obras únicas

Muchos califican la cinematografía de David Lynch como “Surrealismo popular”, y no es una etiqueta inadecuada. Al igual que el movimiento vanguardista de principios del siglo XX liderado por André Breton, en la obra de Lynch hay un interés constante por la exploración de nuevas narrativas mediante el lenguaje y el mundo de los sueños. De hecho, son muchos los momentos en los que viendo The Return tiene uno la sensación de que Lynch está tratando de contarle un sueño que ha tenido (por no hablar de cuando su personaje, Gordon, te cuenta sus sueños con Monica Bellucci).

Temas tan graves como las diversas formas en las que se ejerce violencia sobre las mujeres, la pobreza económica e intelectual de varios sectores de la población, la terrorífica velocidad con la que la violencia escala cuando menos se lo espera uno o la delirante facilidad con la que uno puede portar un arma de fuego en los Estados Unidos se presentan a través del filtro de la lógica onírica de Lynch.

Con excepciones puntuales, esta es la mecánica de su cine, desde Eraserhead (1977) hasta Inland Empire (2006). Y, por mucho que complique la comprensión de la narración, da lugar a películas tan imprescindibles como Mulholland Drive (2001), que incluso encabeza la lista de las mejores películas de lo que llevamos de siglo que confeccionó la BBC el año pasado (y con bastante razón).

La contrapartida de dicho estilo es la recepción del mensaje con una intensidad casi dolorosa: lo aparentemente irreal se vuelve sospechosamente parecido a nuestra vida real en cuanto uno entra en la dinámica del relato. Las conversaciones llenas de pausas y silencios incómodos. Los tíos que barren durante varios minutos el suelo de su bar en silencio. La gente que se ríe de sus propios chistes malos constantemente. Las politoxicómanas que no paran de rascarse. O el flujo continuo de información intrascendente o no relacionada con lo que queremos saber.

Y, aún así, Lynch no renuncia a entregarnos algunos momentos de genuina ternura a la hora de despedir a algunos personajes (se me metió algo en el ojo cuando hubo que decir adiós a Margaret Log Lady), de mostrar que en el mundo quedan pequeños destellos de bondad e inocencia (Mr. Jackpots) o al cerrar historias de amor que llevaban un cuarto de siglo colgadas (Norma y Ed).

El cómo el cineasta alcanza unos niveles de emotividad tan elevados entre sus ásperos retratos es algo que se me escapa. Este costumbrismo de Lynch es tan abrasivo que convierte casi todos los episodios de The Return en piezas únicas, plagadas de momentos hiperrealistas y de difícil digestión.

David Lynch vuelve a interpretar a Gordon Cole y nos da tardes de gloria

3. David Lynch tiene mejor gusto musical que todos los programadores de festivales de España

Qué pueblo, Twin Peaks. Lleva desde 1990 plagado de tronados, toxicómanos, maltratadores y puteros. Y no solo es capaz de sobreponerse a los extraños personajes que lo pueblan, sino que cuenta con una de las mejores salas de conciertos de todo el continente americano. Desde que los alocados adolescentes de Buffy The Vampire Slayer consumían el tiempo que no pasaban matando vampiros en el Bronze no hemos visto ni bar ni pueblo ficticio con una programación musical más y mejor nutrida.

En estos meses por el Bang Bang Bar ha pasado, al término de cada episodio, Chromatics, The Cactus Blossoms, Au Revoir Simone, Trouble, Sharon Van Etten, Nine Inch Nails, Moby, Rebekah Del Rio, Lissie, The Veils, Eddie Vedder y Julee Cruise. Fuera de él, la música también juega un papel instrumental en varias secuencias, empleando incluso temas remezclados por el propio Lynch para ellas. Esto quiere decir que un tío de 71 años tiene más y mejor gusto musical que la mayoría de los que nos vanagloriamos de ir de festival en festival cada verano.

El polifacético Lynch ha colaborado y compuesto música para bastantes bandas desde finales de los 80s, y en la presente década ha publicado un par de discos propios. El cuidado en la selección musical es otra característica de su cine que también se puede disfrutar en, por ejemplo, Lost Highway (1997), que fue la primera colaboración entre Lynch y Trent Reznor.

Todo esto llama más la atención cuando uno se da cuenta de lo fundamental que es el silencio en la filmografía de David Lynch: una especie de medio para la comunicación dentro de todo tipo de escenas. Muchos de los momentos más angustiosos de Twin Peaks giran a la tensión generada por la falta de sonido o de diálogo. El contraste con la música solamente los hace más opresivos.

El desahogo musical al final de cada capítulo (excepto por el último de todos, cuya escena final es tan grave que no admite nada más después) constituye una especie de regreso paulatino a la realidad. Como esos instantes inmediatamente posteriores a despertar tras un sueño en los que todavía tienes que ir haciéndote con la vigilia. Todos los episodios de The Return exigen un esfuerzo por parte del espectador, y la despedida musical es una suerte de relajación de dicha tensión.

4. Si puedes cambiar el modo de ver y hacer televisión una vez, puedes hacerlo dos veces

La primera temporada de Twin Peaks marcó un antes y un después en la forma en la que se hacía y se veía televisión. A pesar de que han pasado más de 25 años desde que se rodó, puede verla uno sin dificultades, ya que sus recursos, ritmo y giros son los que se utilizan en la tele de hoy. Los 18 capítulos de su regreso también van a pervivir por décadas, empapando toda la tele que se va a hacer de ahora en adelante.

Aunque hay algunas ausencias llamativas, gran parte del reparto original retoma sus papeles en The Return

Lynch y Frost han demostrado que no hay una sola forma de hacer televisión: que se pueden contar historias y transmitir emociones con un lenguaje diferente. No todos los espectadores necesitan que la narrativa sea lineal y esté masticada y lista para consumir. Hay margen para la imaginación: The Return ha mostrado a los productores de televisión que hay todo un mundo nuevo para explorar ahí fuera.

Y quienes hemos estado siguiéndolo semanalmente, quienes han estado escribiendo sobre ello y compartiendo teorías y detalles en cualquier web o foro, quienes hemos empleado el tiempo necesario para sentarnos delante de la tele y escuchar con todos nuestros sentidos lo que Lynch y Frost tenían que decir, al final del viaje tenemos la sensación de haber formado parte de algo grande.

Part 8, el octavo episodio de The Return, está ya considerado uno de los mejores capítulos de la historia de la pequeña pantalla. Un reto para el espectador y una apuesta de Lynch en la que, llevando al extremo todos los elementos de su filmografía (el lenguaje onírico, el silencio, la angustia y el desconcierto) aporta muchísimas de las respuestas que Twin Peaks exigía. La procedencia de BOB y sus secuaces, los malignos espíritus que violaron y asesinaron a Laura Palmer. El origen de ella misma y las fuerzas sobrenaturales que entran en juego en la historia.

Es imprescindible aplaudir a los directivos de Showtime, no solo por apostar por la historia del agente Cooper y su incesante afán por salvar a Laura Palmer de su destino, sino también por comprender que una creatividad como la de David Lynch no puede estar sujeta a las mismas nociones de audiencia y éxito que el resto de sus producciones televisivas.

Y, aún así, a pesar de unos índices de audiencia tradicional discretos, Showtime afirma que Twin Peaks es el producto con más visionados online de su plataforma, y que el incremento de suscriptores desde su estreno ha sido notable. Por supuesto, las cifras de Twin Peaks están lejos de los 10 millones de espectadores que vieron la finale de Game Of Thrones. Pero no todo son números.

5. Los universos de David Lynch son circulares (y probablemente estén relacionados)

A la luz de los acontecimientos recogidos en Part 18, no podemos negar el interés de Lynch por las historias que se retuercen y se pliegan sobre si mismas. Ya Lost Highway, Inland Empire y Mulholland Drive cuentan con unas narrativas difusas, en las que el principio y el final parecen tocarse, generando bucles contradictorios y perturbadores. Twin Peaks: The Return parece haber alcanzado una situación similar y ello no hace más que agudizar la sospecha generalizada de que muchas de las películas de Lynch forman también parte del universo Twin Peaks.

No es ningún secreto que Mulholland Drive era originalmente el capítulo piloto de una serie “del estilo de Twin Peaks” que, al no recibir luz verde, fue reconvertido en película tras grabar algunas escenas extra para el final. Y desde su estreno los fans de Twin Peaks se afanaron en buscar conexiones entre ambas que demostraran que formaban parte de la misma narrativa. La noticia de que Naomi Watts contaría con un papel importante en The Return no hizo más que remover dichas teorías.

Finalmente Watts no parecía retomar (y uso “parecer” porque quien haya seguido The Return me entiende) ninguno de los dos personajes, Betty o Diane, que interpretaba en la película de 2001. Pero las referencias a ella a lo largo de los episodios de The Return parecen acumular evidencia suficiente: sin ir más lejos, Rebekah Del Rio, que no-cantaba Llorando para las protagonistas de Mulholland Drive en el Club Silencio; se marca una de las mejores actuaciones que se ve en el Bang Bang Bar en Part 10. El mismo Club Silencio parece haber aparecido en algunos momentos clave de The Return. Y no son pocos los que han visto una conexión clara entre Lost Highway y el motel y la autopista que aparecen en episodio final de la serie.

Así que así nos ha dejado Lynch: inquietos, excitados, llenos de preguntas y preparando el próximo maratón que nos obligue a revisar toda su filmografía, así como (según él mismo) la película de 18 horas que acaba de dirigir para disfrutar de todos los bucles y sueños del cineasta. Preguntándonos, por supuesto, si este final es el final (no hay respuesta para esto, igual que para lo de Audrey).

Solamente dejando a Lynch ser Lynch ha cobrado sentido el regreso de Twin Peaks. Salvo resucitar a David Bowie, le han dejado hacer lo que le ha dado la gana. Y el premio es inmenso: Showtime puede presumir de haber producido una de las series más revolucionarias de la historia de la televisión.

Hasta siempre, chicos

Twin Peaks: The Return