30 mayo, 2017. Por

Twin Peaks II: El retorno

Y al final nos vimos dentro de 25 años
Twin Peaks II: El retorno

«Agente Cooper, escuche los sonidos. Está en nuestra casa ahora. No todo puede decirse en voz alta ahora»

Blanco y negro. Dos figuras envejecidas en la penumbra. Dos viejos amigos para millones de espectadores de todo el mundo: el especial del FBI Dale Cooper y el Gigante. Por el contrario, si es el primer encuentro con esos personajes, tanto esa escena, como las siguientes resultan indescifrables. David Lynch lo deja claro desde un primer momento:  para disfrutar de Twin Peaks Temporada III AKA Twin Peaks The Return AKA Twin Peaks 2 hay que tener fresca tanto la serie original como la película-precuela Twin Peaks: Fuego Camina Conmigo.

“¿Quién mató a Laura Palmer?”

Twin Peaks, emitida entre 1990 y 1991, la serie creada por David Lynch y Mark Frost, se convirtió en un fenómeno clave de la cultura popular y, en especial, para el desarrollo de la ficción serializada. No cabe duda de que se trataba del producto televisivo más arriesgado y complejo emitido hasta la fecha, y supuso un antecedente clarísimo para “el modelo HBO”, que ha adquirido una vigencia universal: para Los Soprano, A dos metros bajo tierra y Oz.  El punto de la partida era el asesinato de una chica, una estudiante aparentemente guapa, feliz, modélica, en un pueblo maderero donde parecía reinar una paz perpetua.

Sin embargo, tras la llegada del investigador asignado al caso, el agente del FBI Dale Cooper (Kyle MacLachlan), un personaje de lo más peculiar y carismático -adicto al café y a las tartas, con métodos extrañamente místicos-, no tardábamos en descubrir que Twin Peaks estaba plagado de misterios, personajes enigmáticos y secretos aterradores.  El sheriff Truman no tardaba en explicarnos que Twin Peaks no era una ciudad como las demás, sino que contenía una especie de vórtice mágico, que servía como puerta de entrada a nuestra realidad para seres de otra dimensión, agrupados en “la Logia Blanca” y “la Logia Negra”. Mientras que los primeros tienen intenciones benévolas, los segundos se nutren del dolor y el sufrimiento de sus víctimas, a las que poseen y obligan a realizar hechos aberrantes.

La propia víctima, Laura, era alguien mucho más inquietante de lo que parecía en un primer momento. Twin Peaks se las arreglaba para ser, al mismo tiempo, una comedia de costumbres, una historia de suspense y un thriller de terror sobrenatural, sobre todo durante la fantástica primera temporada, que creaba todo un universo propio, con una serie de motivos recurrentes. Lynch aplicaba a la ficción serializada una estructura que ya había ensayado en su estupenda Terciopelo azul  (1986): presentar un universo idílico y armonioso, escarbar para mostrarnos la oscuridad desatada bajo su superficie.

Mientras que las distintas subtramas que afectan a los distintos habitantes del pueblo se van entrelazando entre sospechas, dobleces y mentiras, la propia localidad alcanzaba una altura casi mítica, y el asesinato de Laura Palmer se transformaba en algo así como la punta del iceberg: la parte más visible de la intrusión de poderes maléficos en nuestro mundo. Lamentablemente, tras desvelarse el culpable, la serie se alargó por imposición del canal que la emitía, ABC, lo que representó una caída de calidad importante, mientras que Lynch y Frost abandonaban el proyecto. Por fortuna, a la hora de concluirla, de nuevo se volvió a reclamar a Lynch para un genial capítulo final que dejaba tantas secuencias brillantes como incógnitas.

“Nos veremos dentro de veinticinco años”

Ahora, con esta Tercera Temporada, volvemos a Lynch. Pero no se trata del Lynch de los ochenta y noventa, sino al de Carretera Perdida, Mullholland Drive y, sobre todo, al de su película más desafiante, Inland Empire, donde contenido y forma se se vuelven inseparables. La historia existe, pero se siente más que entenderse desde una óptica tradicional. Lynch emplea una gama amplísima de recursos visuales y retóricos para inquietar al espectador: dislocación del tiempo y el espacio, colores aguzados, música crispante, diálogos surrealistas. La trama narrativa se disuelve, el cuadro se descompone en fragmentos, muta y zigzaguea secuencia tras secuencia.

Empieza donde termina la Twin Peaks original, salvando el enorme lapso temporal con una facilidad asombrosa. Y, sin embargo,  prescinde de los guiños, de la nostalgia, lo que hubiera sido el camino fácil para ganarse el aprecio de una audiencia. Las agridulces escenas costumbristas que nos iban relatando la vida cotidiana de los habitantes de una reducida comunidad semirural desaparecen. Hace algo distinto que fascinará o espantará, sin término medio, con una independencia digna de todos los elogios. Sin ir más lejos, los primeros quince minutos del tercer capítulo representan una de las experiencias más extrañas, desconcertantes y bellas creadas jamás por la ficción audiovisual.

No sabemos hasta dónde nos llevarán los dieciocho episodios de este nuevo Twin Peaks, pero de lo que si estamos seguros es que, como ocurrió en 1990, no se parecerán a nada que hayamos visto antes. David Lynch está a cargo para crear los sueños y pesadillas de una nueva generación.

Twin Peaks II: El retorno