31 mayo, 2017. Por

Travesía aérea

Una meditación, una biografía y un ensayo sobre el arte de volar
Travesía aérea

De todos los anhelos que ha tenido la especie humana desde sus orígenes, pocos como el de volar. La que fuera virtud reservada en exclusiva a deidades y santos ha llegado a nuestro tiempo transformada en una rutina low-cost, un trámite tantas veces incómodo, una molestia que hay que superar porque lo verdaderamente importante está más allá; el trabajo, las vacaciones.

Entre ambos puntos, la rica historia de la aviación comercial está plagada de hitos y gestas que reflejan hasta dónde puede llegar el ingenio humano. Quizá sean la accesibilidad y el hábito lo que le ha restado glamour y, sobre todo, trascendencia al hecho de desplazarse por el aire en un tubo, bebiendo un zumo de naranja a 900 kilómetros por hora y 12.000 metros de altitud.

En Mark Vanhoenacker, piloto de línea aérea, la costumbre no ha hecho mella. Ni un ápice. Su historia es la de un talentoso estudiante y prometedor hombre de los negocios que renuncia a ese destino, determinado a conseguir su sueño de la infancia; trasladar a cientos de personas de un punto a otro del globo surcando los cielos. Seducido hasta el tuétano por la experiencia, Vanhoenacker no se cansa de leer y releer, en su cabeza, la experiencia del vuelo. ¿Travesía aérea es un libro sobre lo que significa viajar en avión? Sí y no. Más bien es un ensayo biográfico por el que asoman nociones de geografía, meteorología y física. También meditaciones sobre ecología y un buen puñado de disertaciones sobre física o climatología.

MarkVanhoenacker_TravesiaAereaEs imposible no contagiarse del entusiasta afán de Vanhoenacker por todo lo que tenga que ver con la aviación, cuando por ejemplo cuenta lo dichoso que se siente cuando le encargan dibujar los vientos, una tarea que hoy se realiza casi exclusivamente de forma digital. O cuando rememora sus días de instrucción, en las que realizaba prácticas de vuelo junto a compañeros a los que aún hoy se encuentra en alguno de los muchos aeropuertos que pisa a lo largo del año.

Vanhoenacker se propone reavivar la capacidad de fascinación por volar, un hecho que no deja de rozar lo impensable y lo logra con el sencillo mecanismo de narrar su día a día, de transcribir sus cavilaciones y de hacerlo con el aderezo de la geografía, la historia o la política. Sin imposturas ni una sola línea aburrida. Por eso, al acabar su libro, la impresión es la de haber aterrizado en otra latitud, a miles de kilómetros de casa.

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