18 abril, 2017. Por

Trainspotting

La adaptación escénica del clásico de Irvine Welsh se queda a medias
Trainspotting

La adaptación de Trainspotting de Rubén Tejerina bajo la dirección de Fernando Soto que podemos ver en el madrileño Teatro Kamikaze hasta el próximo domingo 7 de mayo tiene un problema realmente serio: la magnitud de una obra de la que tenemos ciertas imágenes especialmente recientes, tanto si decidimos releer por enésima vez el libro de culto firmado por Irvine Welsh como (y sobre todo) si nos decididos a soplar y sacar lustre al DVD de la película para ver también por enésima vez el film de Danny Boyle, es tan poderosa que cualquier adaptación que o bien no respete al dedillo dichas imágenes o bien sugiera una nueva y libre adaptación realmente independiente de dichas obras, nos dejará insatisfechos.

Y eso es lo que pasa cuando nos sentamos durante la algo más de hora y media de duración de esta reversión de Trainspotting en el Teatro Kamikaze: que nos quedamos a medias, en una zona común entre la intentona de contentar a aquellos que esperan ver lo que ya vieron pero en un entorno diferente al de la lectura de un libro o el visionado de una película; y la de una versión independiente, permitiéndose licencias más propias de aquella adaptación a las tablas que lideró Harry Gibson antes de que la película de Boyle siquiera entrase a valorarse.

Y es que a pesar de que la obra cuenta con un reparto de peso (liderado por Críspulo Cabezas y secundado por caras conocidas como las de Víctor Clavijo o Luis Callejo y habituales de las tablas como Mabel del Pozo o Sandra Cervera), esta Trainspotting parece más preocupada en sumar sketches y representar algunas de las batallitas recogidas del libro con algunos aires a la imaginería del film que en articular un mensaje crítico, con tanto de desolación tragicómica como de alegato anarco-capitalista, algo que sí consiguieron en sus versiones Welsh, Gibson y Boyle.

Lo mejor de esta adaptación, además de una economía de medios que combina la interactividad tecnológica (con apenas un par de pantallas con rueditas y una música compuesta ad hoc por Didi Gutman que emula el acid house que buceaba aquellos tóxicos cerebros escoceses de mediados de los años ’90) son esos momentos de independencia controlada (mayor peso femenino que en la película; la ausencia de personajes importantes como Spud; la ponderación de frases como “¿en qué puto mundo vivimos?” que deja en un segundo plano el “elige una vida”…).

Pero quizá pecan de conservadores: la obra se queda a mitad de camino entre el respeto a la original y los arrebatos de independencia del texto y el film. ¿Quizá hubiera sido mejor hacer una “Trainspotting a la española”? ¿Quizá hubiera estado bien no buscar algunos caracteres con parecido físico para reimaginar la historia? ¿Quizá habría que reescribir algunos de los sketches-escenas manteniendo esa filosofía de vida tóxica protagonizada por un serial de parias? Puede.

Si el fin último de esta Trainspotting era, como confiesan, desgranar y atender “lo que se espera de nosotros” o “lo que queremos hacer y lo que finalmente hacemos”, quizá la sociedad TejerinaSoto debería haber tenido en cuenta que lo que se espera de una obra de tal impacto sociocultural era mucho, y lo que se recibe apenas deja pantallazos de originalidad e independencia.

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