28 diciembre, 2017. Por

Tori Amos

‘Native Invader’ da una nueva vuelta de tuerca a su pop poético y preciosista
Tori Amos

Tori Amos lleva desde 1992 explorando los límites de su propia creatividad. Sin duda una de las mentes más lúcidas que el pop de los 90’s nos ha dejado: prolífica, constante, inteligente en sus letras y en continua evolución dentro de un estilo propio pero mutable. Quién lo iba a decir, pero con su decimoquinto álbum, Native Invader, esta estadounidense de 54 años se ha marcado uno de los discos más inolvidables de su dilatada carrera.

La historia de Native Invader surge de un viaje por las carreteras de Carolina del Norte en el que la artista buscaba explorar las raíces de su familia materna. La mala suerte quiso que poco después la salud de su madre se deteriorara severamente, empapando el álbum de una humana e inevitable melancolía.

El Native Invader de Tori Amos no es en absoluto ajeno al clima político de su nación, pero abraza la situación con una cálida serenidad francamente envidiable. Al escucharlo uno se queda con la reconfortante sensación de que no hace falta mirar hacia las generaciones futuras o tirar de amargado sarcasmo, sino que en el presente también hay belleza y bondad por la que merece luchar.

La envolvente voz de Amos, su afán por utilizar instrumentaciones alejadas de los sonidos indie, pop y rock imperantes, con el piano como protagonista de la escena; y sus poéticas y elaboradas letras contribuyen a la consecución de dicha sensación de bienestar. Como en cualquier disco de Tori Amos, podría pensar cualquiera que haya escuchado los catorce anteriores. Y, aunque habría algo cierto en esa afirmación, también hay que reconocer que el modo en el que se han alineado estos elementos en Native Invader es especialmente afortunado.

Probablemente el corte del disco que mejor represente esta afirmación sea Chocolate Song: con un estribillo lleno de coros que en su “I don’t hate you” recuerdan inevitablemente a la Tori Amos de los tiempos de Little Earthquakes (1992) pero que, a su vez, muestra un dominio envidiable a la hora de cambiar ritmos y tempos, desde la dulzura de su arranque hasta el tono esperanzado de su estribillo, pasando por unos pasajes reflexivos en sus puentes.

La delicada voz de mezzo soprano de Amos despunta en Wings, con más detalles electrónicos que instrumentación: siempre ha sido capaz esta artista de empapar sus pequeñas historias dramáticas de una feminidad serena y embriagadora. Cloud Riders y Up The Creek apelan al contacto con la naturaleza y al “peregrinaje” que la propia Tori Amos considera que son los viajes como aquél en el que buscó la inspiración para este LP. Y Climb, que es pura belleza, mezcla las experiencias de su juventud como hija de un pastor metodista, con su constante interés por la mitología y el papel de la mujer en la religión.

El Mary’s Eyes que cierra el álbum hace referencia a su madre enferma y, aún en el innegable dolor que transmite, Amos vuelve a ser capaz de combinarlo con la esperanza a través del preciosista filtro de su piano y su voz. Una canción sencilla en cuanto a instrumentación pero repleta de emoción que ejerce de perfecto cierre para una de las sorpresas más gratas del 2017.

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