16 marzo, 2018. Por

Tomb Raider

Alicia Vikander logra lo imposible: protagonizar una adaptación de un videojuego que no da vergüenza ajena
Tomb Raider

Long story short: he visto Tomb Raider (Roar Uthaug, 2018) y me lo he pasado bomba. Y no se crean que es que me he dejado engatusar por el espectacular despliegue físico de Alicia Vikander (luego hablamos de esto, pero madre mía): es que la película me ha parecido entretenida de verdad. No me he aburrido en ningún momento, ni me he mareado intentando comprender escenas de acción a lo que les pasa realmente es que están hechas sin planificación ninguna o cuajadas de CGI y vuelos imposibles. No me he llevado al rostro con ningún giro del guión y, en resumen, no he sentido que el equipo de producción de la película me estaba tratando como a una imbécil. Lo confieso: esto no lo vi venir.

A los 21 años Lara Croft (Alicia Vikander) lidia con la inexplicable desaparición de su padre (Dominic West) de una manera singular. Se niega a firmar los documentos que le declaran a él fallecido y a ella como la heredera de una de las fortunas más abultadas del Reino Unido. En cambio encadena arriesgados microempleos por las calles de Londres con los que costearse las clases de la que, aparentemente, es su única afición: el boxeo. Lara nunca ha llegado a creer que su padre haya fallecido. Más aún cuando encuentra su investigación sobre la tumba de la reina Himiko en una isla desierta no lejos de Japón, hacia la cual dirigirá sus juveniles pasos tratando de encontrarle.

Pero, ¿realmente tiene sentido adaptar videojuegos al cine?

La relación entre Hollywood y los videojuegos lleva dando vergüenza ajena desde que en 1993 a alguien se le ocurrió que algo tan estúpido como el Super Mario podía ser llevado a la gran pantalla sin que nadie saliera herido. En el cuarto de siglo de desastres cinematográficos posterior solamente la saga Resident Evil ha conseguido cierta conexión con el público. Y no a base de calidad, sino gracias al carisma de Milla Jovovich y a la buena fortuna de que los zombis estuvieran de moda la década pasada. También podría mencionarse Final Fantasy: The Spirits Within (Hironobu Sakaguchi y Motonori Sakakibara, 2001) como adaptación injustamente maltratada por el público y por el recuerdo. E, incluso, podría decirse que Lara Croft: Tomb Raider (Simon West, 2001) era una película de acción entretenida. No así su continuación, que era para arrancarse un brazo y tirarlo contra la pantalla…

Los primeros pasos de Lara Croft por el cine no fueron tan desencaminados. Pero ‘Tomb Raider’ es una película muy diferente

Se puede seguir así todo el día. Tal vez, simplemente, el ritmo narrativo de los videojuegos no sea traducible al cine. Porque el resultado de tantos años de intentos es francamente ridículo en no pocas ocasiones. La más sonada es una de las más recientes: Warcraft (Duncan Jones, 2016) movilizó unos medios y un presupuesto más que considerables para adaptar uno de los videojuegos más exitosos de la historia. Solamente consiguió llevar a gente al cine en China. Por lo general, estas adaptaciones no consiguen ni que los aficionados al videojuego paguen por una entrada de cine para ver una aventura similar a la que pueden explorar durante horas en sus sofás. O que, de hacerlo, queden satisfechos. Y tampoco despiertan el interés de los profanos.

“Tal vez, simplemente, el ritmo narrativo de los videojuegos no sea traducible al cine. Porque el resultado de tantos años de intentos es francamente ridículo en no pocas ocasiones.”

Pero si debemos comparar Tomb Raider con otras adaptaciones de videojuegos, parece más sensato volver la vista hacia Assassin’s Creed (Justin Kurzel, 2016) y Prince Of Persia: Las Arenas del Tiempo (Mike Newell, 2010). Porque ambas se basaban en videojuegos muy parecidos al Tomb Raider. Aventuras que evocan tiempos remotos, civilizaciones y ciudades perdidas; con protagonistas carismáticos y misteriosos, a medio camino entre el acróbata y el superhéroe. Las tres son sagas de videojuegos que, a pesar de sus altibajos (Prince of Persia está ahora en horas bajas, pero ya volverá) han gozado de enorme popularidad y, ¿por qué no decirlo?, nos han dado tardes de gloria a muchos intentando resolver puzzles o rebuscando alguna colección de objetos escondidos por veinte escenarios distintos.

Menciono estas dos adaptaciones porque, además de sendos fiascos económicos, ambas son el tipo de películas que no valen ni el ancho de banda que uno emplearía para bajárselas. A pesar del inmenso potencial de las historias en las que se basaban (Las Arenas del Tiempo es uno de los videojuegos más divertidos del mundo y nadie me hará bajarme de esta afirmación) y de la razonable expectación que levantaron (nunca subestimen al fandom de Assassin’s Creed), las dos eran la pura definición del sinsentido cinematográfico. Películas hechas partiendo de la base de que quiénes van a ir a verlas son imbéciles. Con unos diálogos de parvulario y unas escenas de acción que dan casi tanta risa como vergüenza. Y como era exactamente esto lo que esperaba encontrarme cuando me senté a ver Tomb Raider, me llevé una sorpresa monumental.

Tomb Raider: mucho más que Alicia Vikander

Como mucha gente está destacando de Tomb Raider exclusivamente el trabajo de Alicia Vikander, prefiero hablar antes de los demás aspectos de la película que me han gustado. Luego le dedicaremos una sección a ella, porque se lo merece. Pero es que me parece un error medir la cinta de Roar Uthaug solamente por el trabajo de su protagonista. Uthaug triunfa de manera aplastante a la hora de saber elegir qué quedarse del videojuego que está adaptando y qué narrar exclusivamente desde los códigos cinematográficos (igual que ha hecho, por cierto, Marvel a la hora de adaptar sus tebeos a la gran pantalla).

Aunque Vikander es lo mejor de la película, su trabajo no es lo único bueno de ‘Tomb Raider’

En teoría Tomb Raider se basa en el reboot que en 2013 Crystal Dynamics desarrolló para Square Enix del personaje de Lara Croft, que llevaba protagonizando videojuegos desde 1996. No obstante, de aquél solamente toma la ubicación de gran parte de la acción, la isla de Yamatai; y el objetivo de la aventura, la tumba de la reina Himiko. Pero lo hace para postularse como historia sobre el origen de Lara Croft. Aunque heredando de los últimos juegos una versión jovencísima del personaje y una concepción mucho más realista de su anatomía y sus capacidades. (Gracias @caprifoi por el asesoramiento acerca el universo Tomb Raider, que tanto ha cambiado desde mi adolescencia).

“Para cuando la aventura propiamente dicha comienza, uno ya está enganchado a Lara Croft”

El primer acierto de Tomb Raider es trasladar los primeros compases de su metraje a Londres. Allí nos encariñamos rápidamente de una Lara Croft de mente y respuesta ágil que rebosa temeridad y fuerza física. Bastan un combate de boxeo y una atolondrada carrera en bici por los alrededores de Liverpool Street para que el espectador conecte con la protagonista de la mejor manera posible: acción divertida, intrascendente pero bien rodada. La película podría sobrevivir sin estas escenas introductorias, que no están heredadas del juego, pero los espectadores no se lo pasarían mejor sin ellas.

¿Aparecerán las míticas pistolas que acompañan a la heroína en sus aventuras?

Para cuando la aventura propiamente dicha comienza, uno ya está enganchado a Lara Croft. Y, encima, la trama no es especialmente absurda. Parece obvio que la referencia clara y constante es Indiana Jones y la Última Cruzada (Steven Spielberg, 1989). Y lo es para bien. Es cierto que a la relación entre Lara y el único amigo que hace durante su viaje, Lu Ren (Daniel Wu), le faltan escenas (¿extras para el Blu-ray?) que expliquen la fiera lealtad que éste último desarrolla hacia ella. Y que ningún giro de la trama es verdaderamente sorprendente. Pero ni los diálogos suenan absurdos o vacíos ni las motivaciones de los personajes, aunque repetitivas (cuando no son los padres, son las hijas, básicamente), son descabelladas. Hasta la banda sonora es correcta y la fotografía, destacable, en un par de momento.

“Uthaug triunfa de manera aplastante a la hora de saber elegir qué quedarse del videojuego que está adaptando y qué narrar exclusivamente desde los códigos cinematográficos”

La película intenta adaptar a la gran pantalla muchos de los retos característicos de este tipo de videojuegos de aventuras. Algunos le salen muy bien, como las pruebas de habilidad y fuerza de Lara para atravesar lugares inestables, pegar saltos desde la carrerilla y el momento adecuados o agarrar un objeto determinado en el momento preciso. Son guiños que el aficionado a los videojuegos reconoce y disfruta pero que, además, encajan bien dentro de las escenas de acción, incrementando su eficacia. En el apartado de las cosas que no funcionan la más destacable es la resolución de puzzles: esos parones en el juego que a uno le hacen devanarse los sesos a contrarreloj, en la película no tienen sentido porque, o bien sus resoluciones son estúpidas o bien porque el espectador no puede sentirse partícipe de ellas.

La persecución por las calles de Hong Kong recuerda a una pantalla de un videojuego pero, al no abusar de estos guiños, funciona bien

El caso es que en un par de horas Roar Uthaug consigue armar un buen puñado de escenas de acción que funcionan y conectarlas sin hacer que el engranaje chirríe. No se hacen largas ni aburridas, están sabiamente planificadas, lo cual permite al espectador, no solo disfrutarlas, sino comprender lo que sucede en cada plano. Incluso se monta un buen plano secuencia que parece homenajear sabiamente una clásica misión de sigilo de este tipo de videojuegos. Y el metraje tiene suficientes dosis de mercenarios sedientos de sangre, tormentas en medio del mar, persecuciones, ruinas plagadas de trampas, zombis y emociones familiares como para que todo entre en su justa medida y nada parezca explotado en exceso.

Alicia Vikander: una Lara Croft inesperada

Y, aún así, todo el mundo está de acuerdo en esto: lo mejor de Tomb Raider es Alicia Vikander. Porque la película le puede gustar más o menos a uno, pero lo que no se puede discutir es que la actriz sueca abraza el personaje de Lara Croft con un ímpetu inusitado. Vikander viste la piel de la aventurera post-adolescente con una seguridad y un desparpajo envidiables, convirtiendo a la otrora versión femenina de Bruce Wayne en una joven fascinante, carismática y divertida con la que es complicado no encariñarse.

Tal vez nos habría gustado saber dónde aprendió Lara a escalar así

Sin duda la clave ha residido en gran parte en representar a Lara Croft no solamente como a un personaje que hace cosas increíblemente arriesgadas; sino como una mujer poseedora de una condición física que le permite hacer dichas cosas. Y es que el trabajo de actrices como Daisy Ridley, Gwendoline Christie, Gal Gadot, Caity Lotz o la propia Alicia Vikander está desterrando, poco a poco, la poco realista figura de la heroína femenina que no aparenta serlo (véase Buffy o Los Juegos del Hambre).

“El despliegue físico de Alicia Vikander no está al servicio de las exigencias del público masculino, sino de su personaje.”

Sería necio negar que el espectador disfruta con las múltiples maneras en las que la cámara se deleita con la musculada anatomía de Vikander. Pero es que este deleite no es gratuito: todo en su interpretación es físico. Y ello la hace más convincente. El espectador percibe el esfuerzo de Lara Croft durante las escenas de acción como arduo y real, lo cual contribuye a que éstas acaben siendo más emocionantes, más disfrutables. El despliegue físico de Alicia Vikander no está al servicio de las exigencias del público masculino que espera, babeante, la exhibición de despampanantes contornos femeninas. Al contrario: está al servicio de su personaje. De hacerlo más creíble y más admirable. Y eso es empoderante (horror, he dicho esa palabra).

El desparpajo físico de esta nueva Lara Croft se traduce en su actitud como personaje. La chica parece no tenerle miedo a nada y no deja que nadie la mangonee. El amor romántico ni está ni se le espera: esta Lara Croft no necesita un interés romántico para motivar sus acciones. Le basta el amor por su padre y el recuerdo de éste. ¿Ven? Volvemos a Indiana Jones y la Última Cruzada. Para colmo, el personaje no está sexualizado. El mensaje para las espectadoras es clarísimo: poseer fuerza física nos hace más dueñas de nosotras mismas. Esto es, nos empodera (¡oh no! otra vez).

“El amor romántico ni está ni se le espera: esta Lara Croft no necesita un interés romántico para motivar sus acciones.”

Los hay que se sorprenden o tachan de “poco feminista” que Lara que sea la única mujer de su propia aventura (aunque, sorprendentemente, Tomb Raider cumple el Test de Bechdel en apenas cinco minutos de metraje); que algunos de los varones de la historia le hagan comentarios misóginos como “Las damas primero” o intenten ligar con ella, con más o menos gracia. Lo más chistoso de dicha sorpresa es que yo Tomb Raider la vi en una proyección en la que había alrededor de una treintena de personas de las cuales solamente cuatro éramos mujeres.

Igual que Lara Croft sea el único personaje femenino de su aventura no es un error o una casualidad

Esto de ser la única chica en según qué cosas (una proyección, una conferencia sobre superhéroes, un encuentro de cómics o una clase de Relatividad General, por poner ejemplos) a muchas nos pasa. Es una situación, la de este acoso potencial que empieza con bromas y ya sabemos donde acaba, que en Tomb Raider se representa de manera magistral y que esta nueva Lara Croft gestiona de manera formidable: pasando absolutamente de todos los moscones porque no merecen su atención, y eliminando a los que puedan suponer un peligro para ella. Esto va a hacer que muchos se muerdan los puñitos este fin de semana cuando acudan al cine. Pero, a lo mejor, es lo que le da calidad a la película.

Preveo mucho ‘aficionado’ a los videojuegos mordiéndose los puñitos este fin de semana en los cines. No se los pierdan

Tomb Raider