28 diciembre, 2018. Por

Todas las noches de un día

Un texto lleno de lleno de luz y oscuridad, de amor y muerte
Todas las noches de un día

– ¿Qué ha pasado?

– El tiempo ha pasado. Tarde o temprano iban a venir.

Dolor, melancolía, tiempo, olvido, recuerdos, finales… Una historia policíaca que muta en poesía. «Levanté una alambrada y afuera dejé el tiempo… Quería hundir mis manos y llenar mis heridas de tierra limpia, con el vientre lleno de raíces y los ojos abiertos a las constelaciones…» Escalofríos dan al escuchar a Ana Torrent decir estas evocadoras palabras, palabras de mujer herida, de alma hecha pedazos que quiere acabar con todo, palabras sembradas por Alberto Conejero en su selvático texto Todas las noches de un día. Un texto lleno de lleno de luz y oscuridad, de amor y muerte, semillas cuidadas con mimo y que con la sensibilidad del director Luis Luque han crecido hasta extenderse como la hiedra por el patio de butacas, atravesar puertas y ventanas y erigirse en una de las historias más hermosas que hemos podido ver y sentir en una sala de teatro (en este caso la del Teatro Bellas Artes de Madrid).

«Es maravilloso poder sentir tanto y de forma tan hermosa de repente. Encontrar una función que te llena por completo y te emociona días después de haberla visto, que se agarra dentro de ti, echa raíces y no quiere soltarte»

Un invernadero anclado en un tiempo propio, apartado de todo y de todos, un jardinero enamorado y una misteriosa mujer son los protagonistas (puesto que la localización es aquí un personaje más) de una historia de amor y autodestrucción rebosante de sensaciones y poesía que empieza con un interrogatorio policíaco para acabar arrastrándonos a este jardín acristalado y su húmeda atmósfera. Alberto Conejero (La piedra oscura, Los días de la nieve) vuelve a demostrar una sensibilidad que no es de este mundo para regar con su clara poesía la oscuridad de esta historia llena de secretos. Y Luis Luque se presenta como el director ideal para, con el cuidado del mayor experto, hacer florecer el texto como nadie podría hacerlo, con una puesta en escena increíblemente sutil y delicada, atmosférica y llena de sensaciones que atraviesan al espectador como las punzantes espinas de una rosa.

Los cristales de esa fantasmagórica y bellísima escenografía ideada por Mónica Boromello dejan pasar la luz de Juan Gómez-Cornejo, ideal con sus claroscuros para la intimidad de esta función, y encierran a los personajes en éste, su escogido hogar común, su refugio del dolor y del mundo exterior. Hay que decir que hacer brotar la palabras de Conejero con toda su melancolía y belleza no era tarea fácil. Pero dos seres extraordinarios como Ana Torrent y Carmelo Gómez consiguen engrandecerlas más todavía y hacer que lleguen a lo más profundo del espectador.

Carmelo Gómez despliega su saber hacer como ese tímido jardinero que se arrancaría la vida a jirones por defender a su platónica amada, regalando una interpretación tierna (más todavía por contraste con lo que impone su físico y voz) y llena de delicados detalles. Ana Torrent por su parte consigue una de las interpretaciones más hermosas de su carrera como esa atormentada mujer llena de secretos que recuerda a las grandes femmes fatales del cine negro clásico, género del que bebe directamente esta función. Pero que, como las grandes historias, acaba por convertirse en otra cosa: en una historia de amor imposible, en uno de los montajes más bellos, melancólicos y poéticos que podemos recordar.

«Dos seres extraordinarios como Ana Torrent y Carmelo Gómez consiguen engrandecerlas más todavía y hacer que lleguen a lo más profundo del espectador: no hay palabras para describir la belleza de algunos instantes, que te hipnotizan transportándote directamente a otro universo»

No hay palabras para describir la belleza de algunos instantes, que te hipnotizan transportándote directamente a otro universo, como ese momento en el que el personaje de Carmelo Gómez cuenta cómo ella nombra todas las plantas del invernadero («Y, de repente, ocurrió algo increíble… Daba una calada al cigarrillo y decía los nombres de las plantas como empujándolos con el humo. Y, de repente, este jardín cobró otra vida. No sé decirle… De repente, este jardín estaba dentro de mí…») acompañado por la extraordinaria música de Luis Miguel Cobo. Una banda sonora de ecos muy cinematográficos y hermosa hasta provocar escalofríos.

Es maravilloso poder sentir tanto y de forma tan hermosa de repente. Encontrar una función que te llena por completo y te emociona días después de haberla visto, que se agarra dentro de ti, echa raíces y no quiere soltarte. Gracias a Alberto Conejero, a Luis Luque y a todos los que hacen posible sentir en el teatro. No podemos pensar en nada mejor para acabar que una función así, que nos fascina con su sencillez, su poesía y su belleza. Y que nos recuerda por qué esperamos con ansia ese momento en que las luces se apagan y comienza esa otra vida encima del escenario. «Este jardín será mi casa. Aquí terminan las palabras, aquí terminan las horas…  Aquí terminan todas las noches de un día.»

Todas las noches de un día