27 noviembre, 2017. Por

Tierra firme

Un delicado y precioso retrato sobre la inestable vida de los millennials
Tierra firme

Carlos Marqués-Marcet es un cineasta muy consciente de su tiempo. Rozando la generación millennial (nació en 1983), sabe lo que es tener una relación a distancia; y lo que se siente al cotillearle el Facebook a tu pareja; y lo que supone vivir en un mundo en el que hablar de Londres, Barcelona o Los Ángeles es como hablar de provincias. De hecho, esta especie de intercambio generoso de culturas –que también supone una pérdida de identidad de las ciudades e individuos-, está muy presente en su cine.

Con 10.000 km, ópera prima que le valió el Goya a Mejor director novel, retrataba las consecuencias sufridas por una generación obligada a emigrar, y el significado de mantener una relación a través de Skype. 10.000 km era una historia pequeñita con un presupuesto pequeñito, pero dotada de una enorme sensibilidad para contar, a base de detalles, lo que sienten tantísimas personas de esa edad.

«Tierra firme puede encantarte y no terminar de gustarte al mismo tiempo, pero una cosa es segura: su director conoce a las personas y sabe hacer de sus historias un relato emocionante»

Con su nueva película, Tierra firme, continúa el mismo camino pero deja impresa la madurez que va adoptando. Sí, tal vez se le podría reprochar que sus películas pertenecen a un universo muy concreto, un poco como las de Jonás Trueba: gente joven que a la vez ya no es tan joven, de clase media-alta intelectual pero sumida en la precariedad, con conflictos que no a todo el mundo le puede parecer interesantes. Pero… admitámoslo: para hablar de todo esto, Marqués-Marcet vuelve a explotar toda su delicadeza como escritor y director (co-escribe el guión junto a Jules Nurrish), para regalarnos momentos únicos en la pantalla. Así, Tierra firme puede encantarte y no terminar de gustarte al mismo tiempo, pero una cosa es segura: su director conoce a las personas y sabe hacer de sus historias un relato emocionante.

Eva (Oona Chaplin) y Kat (Natalia Tena) son una pareja de chicas jóvenes, vivaces y enamoradas que habitan un barco en los canales de Londres. Rondan los treinta y pico, ninguna tiene trabajo estable y de pronto entienden que se encuentran en un momento vital diferente: Eva necesita ser madre, Kat le tiene pánico. Y, a todo esto, aparece Roger de visita (David Verdaguer), el colega de Kat, y se ofrece a echarles una mano con los ‘pececillos’. Vamos, que se ofrece como donante. Así, una historia que empieza con un gran arranque –como en 10.000 km, asistimos a una escena completa de sexo y amor-, y que lleva a sus personajes por giros inesperados, no extraordinarios necesariamente, pero sí complejos; como la vida misma. Si en algunos momentos pareciese que la trama iba a ser predecible y poco interesante, para nada es así. No es un film que vaya de los conflictos amorosos entre este trío de colegas.

«El film se compone de pequeños momentos para hablar de realidades que a una gran parte de la población de este mundo globalizado le atañen. Por lo menos, a esta desmoralizada generación millennial. ¿Qué es la estabilidad? ¿Qué es tener hijos?»

En sus más de dos horas de metraje, Tierra firme se compone de pequeños momentos para hablar de realidades que a una gran parte de la población de este mundo globalizado le atañen. Por lo menos, a esta desmoralizada generación millennial. ¿Qué es la estabilidad? ¿Qué es tener hijos? ¿Cuál es la decisión correcta, si ya no existe un modelo de vida predefinido?

Nunca hemos visto a una Natalia Tena más orgánica en su papel, haciendo de mujer visceral y masculina, cobarde y protectora; que cuida y necesita a su amada frágil. A pesar de que se le ve el plumero de la interpretación en algunos momentos, es imposible dejar de mirarla cuando está en pantalla. Poderosa e hipnótica, con esa belleza extraña que posee.

El resto del elenco también fluctúa entre la solidez irrefutable y, de pronto, momentitos inverosímiles, como Oona Chaplin, que también cumple el casting perfecto de su personaje delicado y egoísta, víctima y dañina a la vez. Los colores, las respiraciones, las pieles… el trabajo plástico de la película te acerca a las dos protagonistas hasta hacerte sentir lo que debieran estar sintiendo ellas; y las comprendes muy bien seas homosexual o no. Y luego está el actor fetiche de Marqués-Marcet, David Verdaguer, siempre tan bien elegido para hacer de medio guapo medio tonto, al que se le acaba cogiendo cariño finalmente.

A este trío inestable y vivaz les acompaña el personaje de Geraldine Chaplin, madre también en la ficción de Eva (Oona Chaplin), que representa a toda esa generación de padres hippies e idealistas en su juventud, que se han convertido en reaccionarios directores de museos y lectores de El País Semanal. Muy bien elegido para la crítica y el humor del que goza toda la película. Tierra firme son 115 minutos de metraje emotivo, lúcido y divertido. Disfrutable, esperemos, por todos los que se encuentran dentro y fuera de este círculo generacional.

Tierra firme