17 mayo, 2018. Por

Tiempo de silencio

El infierno urbano de un científico en las chabolas de un Madrid desolador
Tiempo de silencio

Es un tiempo de silencio. La mejor máquina eficaz es la que no hace ruido. Este tren hace ruido. Va traqueteando y no es un avión supersónico, de los que van por la estratosfera, en los que se hace un castillo de naipes sin vibraciones a veinte mil metros de altura.”

Tiempo de silencio, del malogrado Luis Martín-Santos, es una de las grandes novelas españolas del s. XX, que despuntó en su publicación en los años sesenta tanto por sus rasgos estilísticos (que influirían en la narrativa posterior patria) tanto por su potente crítica social (y en pleno franquismo, ojo). Su vanguardismo, aromas de Proust con esos cambios de técnicas narrativas han elevado este título (merecidamente) a los altares de las mejores novelas españolas del siglo pasado. Pero nadie se había atrevido a ponerla sobre un escenario. Hasta ahora.

Y es que ha tenido que llegar un suizo (que trabaja en la escena alemana y descendiente de españoles) para erigir un espectáculo escénico sobre esta piedra de toque. Que nos habla del infierno urbano, de un joven científico que intenta investigar el cáncer utilizando unos ratones que le llevarán a las chabolas (“alcázares de la miseria”) de un Madrid desolado y desolador. Y hay que decir que no lo ha hecho nada mal. Rafael Sánchez, con una muy buena versión de Eberhard Petschinka, ha estrenado en el Teatro de la Abadía un espectáculo solidísimo y emocionante sobre la novela de Martín-Santos, respetando la historia y la mezcla de técnicas y narrativa particular del original, adaptándolas a la escena de manera que parece sencilla pero era una tarea realmente compleja.

“Siete actores salen a escena en lo que bien podría ser un coliseo al que lanzarles a los leones (…) y unos intérpretes que son unas auténticas bestias pardas. Luchando contra otras bestias y saliendo ganadores de un reto nada fácil”

Siete actores salen a escena en lo que bien podría ser un coliseo al que lanzarles a los leones, de escenografía despojada de elementos accesorios pero impresionante y efectivísima. Una pared que no es pared sino tela y que se utiliza inteligentemente (tanto como a través del diseño de iluminación y proyecciones como en cuanto a movimiento escénico), y un escenario desprovisto de cualquier otro elemento, como comentábamos, dejan el protagonismo a unos intérpretes que son unas auténticas bestias pardas. Luchando contra otras bestias, efectivamente, y saliendo ganadores de un reto nada fácil.

Sergio Adillo, Lola Casamayor, Julio Cortázar, Roberto Mori, Lidia Otón, Fernando Soto, Carmen Valverde, todos realizan un espléndida labor, que era difícil por su doble vertiente dramático/narrativa, conjugando perfectamente sus partes descriptivas con otras de enorme intensidad emocional y potencia escénica.

La puesta en escena de Sánchez exprime además un recurso ya visto en otros montajes, una plataforma giratoria, pero que aquí está utilizada con tremenda cabeza y sentido, resultando sencillamente perfecta. Como el resto del montaje, que arrastra y golpea, como la novela de Martín-Santos: “Por aquí abajo nos arrastramos y nos vamos yendo hacia el sitio donde tenemos que ponernos silenciosamente a esperar silenciosamente que los años vayan pasando y que silenciosamente nos vayamos hacia donde se van todas las florecillas del mundo.”

Tiempo de silencio