1 Junio, 2017. Por

Theremonial

O cómo Javier Díez-Ena convirtió el theremín en una orquesta polifónica
Theremonial

Parece un router para pillar wi-fi a 200 kilómetros a la redonda. Si lo miras de frente, incluso parece una especie de robot ochentero, a medio camino entre C-3PO, una radio para escuchar el fútbol y un atril de esos que sostienen el gotero para ponerte una vía cuando estás en el hospital. Pero en realidad os estoy hablando de un eterófono, un termenvox. Vamos, de un theremín, aquel instrumento pionero en proyectar sonoridades electrónicas que hace casi un siglo dio a luz el inventor ruso de mismo nombre.

Pues Javier Díez-Ena es un hombre pegado a un theremín, además de ser uno de los músicos más reputados del circuito musical de vanguardia en nuestro país, multi-instrumentista y miembro de Dead Capo, Forastero o Ginferno (además de haber tocado con artistas y proyectos de la talla de Toundra, Standstill, Víctor Coyote, Corcobado, Julio De la Rosa o Damo Suzuki, entre otros). No lo es desde siempre: solemos asociar su figura musical al bajo o el contrabajo, pero en Theremonial ha decidido cuestionar los límites de la instrumentación a través de uno de los instrumentos más difíciles de “tocar”.

CUANDO PRIMA LA FORMA, PERO EL FONDO NO SE RAJA

Lo complicado de articular un eje discursivo partiendo de lo formal (en este caso, que todos los sonidos estén paridos de un mismo instrumento y músico: el theremín y el propio Díez-Ena) es que muchas veces el fondo es muy débil, quedando en la mayoría de casos en un segundo plano que cuestiona el total del trabajo.

En Theremonial no sucede esto. Sí, es un álbum y un proyecto pionero: el theremín asume todos los roles musicales (percusión, bajo, armonía, melodía, ruido…), sin utilizar samplers ni acompañamiento de otros músicos ni otros instrumentos musicales ni ningún tratamiento sonoro más allá de lo que los efectos de los pedales son capaces de producir. Sí, es el primer disco producido en España de esta manera. Sí, posiblemente sea el primero en todo el mundo en el que el theremin asume todos los roles, a pesar de que figuras como las de Clara Rockmore o Pamelia Kurstin sean dos de las grandes thereministas del mundo.

Pero oye, también hay canciones buenas.

LA EXÓTICA QUE LOS UNE

Estamos hablando de un álbum sin género, con una forma especialmente revolucionaria, pero que también posee auténticos temazos que exploran fronteras desconocidas, identificando guiños a través de una polifonía des-generada y, aunque pueda parecer limitada en los recursos que un único instrumento puede llegar a dar, muy rico en matices.

Javier Díez-Ena pone en tela de juicio las posibilidades de hacer un álbum con un solo instrumento. También lo hubiera sido si un músico decidiese hacer un disco solo con un bajo (como hizo la argentina Cam Beszkin años atrás en gran parte de su Andaba cruda) o con la voz (como hizo Hyperpotamus en sus álbumes), pero Díez-Ena lo ha hecho con uno de los instrumentos más inaccesibles, exóticos y casi desconocidos del circuito musical.

De ahí que su apuesta por crear una suerte de ritual o de ceremonia oscurantista, de falsa playa hawaiana en la que cohabitan guiños al jazz, a la cumbia, al doom, al pop electrónico, al ruidismo experimental o a los folclores orientales sea una auténtica rebelión del hombre contra la máquina, subvirtiendo los límites expresivos de un instrumento y, sobre todo, proyectando un universo tan rico y polifónico como caleidoscópico, jugando a la vez a la excentricidad y a la divulgación científico-musical.

A QUÉ SUENA LO QUE SUENA

Por momentos parece que suena a suerte de mezcla entre el tecnopop de Aviador Dro y el 8bit de Meneo (Sunny García), en otros que está rehaciendo la copla a través de las máquinas (Cracovia Afterdark), en otros que está iniciando un acercamiento al doom de Sunn O))) a la vez que compone la banda sonora de algún film de Rob Zombie (Luna de hiel), en otros que juega a la cumbia psicotrópica de Meridian Brothers o Los Pirañas (Hanalei Dawn, Waikiki Spleen o Mai Tai Break) o a una suerte de juego de hipnosis enfermiza (Ruidos de ultramar).

Pero incluso en otros pasajes del disco deja incluso retazos de estructuras pop pasadas por el resquicio kraut (Berlin Ghost Opera), deconstruye una suerte de falso reggae a máquina de escribir (Luna hiena), se acerca al folclore asiático (Roll Li Ning Roll) o juega con las cavilaciones de la música electrónica extraterrestre, entre el Tetris y un Richie Hawtin sin baile (Noche de fiesta en Urano).

Un paraíso imaginado que parece la banda sonora de una película imaginaria, pero en realidad es un auténtico ejercicio sonoro que pone en tela de juicio las leyes de la robótica para, parafraseando a Maradona, invitarnos a decirle a las máquinas: “la tenéis adentro”.

Gira:
03.06: Castellón. Espai Cultural Encontres
06.06: Madrid. Teatro del Arte (100% Psych SON Estrella Galicia)
14.07: Barcelona. El Pumarejo
11.08: Alicante. Castillo de Santa Bárbara

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