25 junio, 2018. Por

The Private Eye

Un cómic noir futurista sobre la ‘explosión de la nube’
The Private Eye

Hace unos pocos años nació Panel Syndicate: una plataforma online capitaneada por uno de los profesionales más laureados y respetados del medio, el norteamericano, Brian K. Vaughan (Saga, Los leones de Bagdad, Y: el último hombre…). Los cómics, diseñados para su lectura en formato digital, tienen la particularidad de que se ofrecían con un pago absolutamente libre por parte de los lectores; de este modo, se eliminaba la barrera entre los creadores y su público, saltándose las limitaciones inherentes a la industria editorial.

Poco a poco, otros profesionales se han unido al proyecto –con obras como Blackhand Ironhead de David López, Unami de Ken Niimura o Universe! de Albert Monteys-.  Sin embargo, era casi inevitable que acabaran siendo tentados por esa misma industria con la posibilidad de llevar sus cómic al papel. Y los primeros en aceptar han sido quienes han inaugurado el sello: el propio Brian K. Vaughan, junto a uno de los más destacados artistas del medio, el español Marcos Martín, unidos en The Private Eye, que ha sido publicado en una espectacular edición apaisada por Gigamesh.

The Private Eye es una combinación, una de tantas, de dos géneros que, de Blade Runner en adelante, han demostrado casar muy bien: la ciencia-ficción y el noir detectivesco”

The Private Eye es una combinación, una de tantas, de dos géneros que, de Blade Runner en adelante, han demostrado casar muy bien: la ciencia-ficción y el noir detectivesco. Estamos en el 2076 y, por supuesto, hay cosas que continúan igual y otras que son absolutamente distintas. Es un mundo que ha sufrido un desastre, la “la explosión de la nube”: por un motivo en principio desconocido toda la información que la humanidad había guardado en internet quedó desprotegida. Los secretos empresariales y privados, las cuentas bancarias, las filias ocultas, los planes gubernamentales… todo quedó al descubierto.

El resultado fue la aniquilación de internet. Ahora, tras la abolición de la red, la privacidad es una obsesión, de modo que la mayor parte de la gente prefiere aparecer en público enmascarados y utilizar identidades alternativas; y los periodistas, los paparazzi, tienen un estatus semejante al de los detectives privados en las antiguas películas de cine negro. Este es un elemento realmente brillante: hay un personaje, un anciano, que recuerda con añoranza –aunque para el resto de los protagonistas no son más que paparruchas- la época actual, en la que, gracias a las redes sociales, la intimidad parece haber sido abolida y todos, como habían propuesto misteriosamente los surrealistas en los años veinte del siglo XX, vivimos en una casa de cristal.

“Estamos en 2076, y toda la información que la humanidad había guardado en internet quedó desprotegida: secretos empresariales y privados, cuentas bancarias, filias ocultas, planes gubernamentales… todo quedó al descubierto. El resultado fue la aniquilación de internet”

Patrick Immelman (P.I. para los amigos, aunque en realidad no sea su verdadero nombre) es uno de esos detectives del futuro; y, más allá de la ambientación, responde a la perfección al ideal de tipo duro, ingenioso y de lengua afilada, con un código moral propio y, en el fondo, de buen corazón: un logrado émulo del Philip Marlowe de Raymond Chandler. Una mujer atractiva y enigmática –por supuesto- aparece en su despacho para contratarlo con una misión de lo más extraña: le pide que la investigue a ella misma. Sin embargo, antes de que pueda comenzar con su tarea, esa mujer es asesinada. Así que Patrick Immelman tendrá que moverse deprisa, ya que corre el riesgo de convertirse en el principal sospechoso del crimen. Y desde luego, lo que hallará será una conspiración tan intrincada como disparatada.

Vaughan emplea con habilidad, y mucha ironía los tropos y tópicos clásicos del género, de manera que es muy fácil quedarse enganchado a la satisfactoria trama que nos presenta. Los hechos y giros del guión se suceden con rapidez, pero a la vez deja suficiente espacio para que los protagonistas interactúen y los podamos conocer y encariñarnos con ellos. Pero, sin duda, el principal animador del espectáculo es el soberbio, estilizadísimo dibujo de Marcos Martín que, aliado con la colorista Muntsa Vicente, construye un sinfín de suntuosos escenarios –llenos de edificios de fantasía y un interminable desfile de disfraces- y trepidantes persecuciones, y demuestra una vez más que es uno de los grandes del medio en activo. En resumen, un thriller estupendo que merece la pena, ya sea en su formato digital original o en esta rutilante edición en papel.

The Private Eye