9 julio, 2018. Por

The Cure

Celebraron su 40 aniversario con un multitudinario concierto en Hyde Park
The Cure

Pocas veces se presenta la oportunidad de asistir a un concierto que celebre a lo grande la carrera de la que uno considera una de las bandas más determinantes del último siglo. Así que cuando el pasado mes de diciembre se anunció que The Cure protagonizarían una de las noches del gigantesco British Summer Time que se lleva años celebrando en el Hyde Park de Londres, muchos ni nos lo pensamos. Este sábado, medio año después, Robert Smith y sus chicos se subieron a un inmenso escenario para, en algo más de dos horas, celebrar sus cuarenta años de carrera musical.

Les habían precedido un buen puñado de bandas cuyo sonido nunca habría sido el que es sin la existencia de The Cure pero, sobre todo, un sol de justicia que hizo de la experiencia algo inesperadamente caluroso. Una incomodidad salvada, en la medida de lo posible, por la comodidad del recinto, la abundancia de puntos en los que acceder a agua fresca y potable, así como la ausencia casi absoluta de colas tanto en los urinarios como a la hora de adquirir consumiciones. No les quepa duda: si alguna vez quieren ver un concierto de dimensiones gigantescas, los que tienen lugar en Hyde Park a principios de julio en el marco del British Summer Time merecen realmente la pena.

Así es un día de calor en Londres

Editors, Goldfrapp e Interpol como teloneros

The Cure no saltarían al escenario hasta pasadas las ocho, pero las puertas del descomunal recinto del British Summer Time se abrieron mucho antes, desde la hora de comer. Por los tres escenarios contenidos en él pasaron multitud de bandas cuyo corte y sonido nos recordaban, una vez más, la profunda huella que The Cure han dejado en multitud de las vertientes del rock de nuestros días. Los motores comenzaron a calentarse con una emotiva y delicada actuación de Slowdive en el escenario principal. Tras ella hubo tiempo para un poco de post-rock de la mano de los suecos pg.lost en uno de los escenarios menores. Su set fue contundente pero estuvo lleno de belleza, y sonó francamente accesible incluso para quienes no conozcan bien el género.

Interpol bajo un sol de justicia

Les siguieron unos Editors que, como siempre, se mostraron eufóricos e incontestables con su siempre sensacional directo. Les tomaron el relevo Goldfrapp, quienes aprovecharon la llegada de público justo tras el partido en el que Inglaterra se clasificaba para las semifinales del Mundial, para montar un combo de baile y sintetizadores que cerraron de manera apoteósica Ride A White Horse, Ooh La La y Strict Machine. El calor no paraba de apretar y, sin una triste nube decente en el cielo, muchos británicos ya adquirían la tonalidad de un cangrejo de río cuando Interpol se marcaban un set sobrio pero, como es habitual en ellos, de una solvencia deliciosa. Obstacle 1 y The Rover brillaron en la hora que duró su intervención. Fue imposible ver a Ride, ya que tocaban inmediatamente antes que los protagonistas de la noche en uno de los escenarios secundarios.

40 años no son nada

A pesar del delirante calor, The Cure se dispusieron a firmar dos horas y cuarto de celebración de sí mismos. Aún con decenas de miles de personas cubriendo el parque londinense, ellos se mantuvieron fieles a la esencia íntima y sosegada del grupo. El setlist, eso sí, se confeccionó pensando en una audiencia amplia y no especializada en la banda (aunque la cantidad de espectadores que nos habíamos desplazado desde diversos rincones de Europa era elevada), repasando las canciones más conocidas de sus 40 años de carrera aunque, como siempre, con un poquito de margen para la sorpresa. Muy distinto la selección con la que cerraron el Metldown organizado por el propio Robert Smith hace un par de semanas.

Temas tan emblemáticos como Fascination Street, Just Like Heaven, A Forest, Lovesong o Pictures Of You sonaron cargadas de apasionante belleza. A nadie se le escapó que la voz de Smith comienza a renquear en algunos momentos, pero ello no afectó ni por un momento al singular y delicado vínculo que es capaz de establecer con su público. Nunca deja de sorprender cómo desde la humildad, con una actitud diametralmente opuesta a la de casi cualquier estrella del rock (sin ir más lejos, a la de algunas que se subieron al escenario en esa misma tarde) The Cure siempre consiguen emocionar de manera genuina a la audiencia.

Los primeros compases del concierto de The Cure

Incluso a través de las pantallas de un grandísimo escenario, la emoción que invade a Smith cuando aborda algunos temas o cuando presencia la reacción del público a ellos, siempre llega sincera y enternecedora. El calor solamente aflojó cuando The Cure encararon los bises. En ellos sonaron, como no podía ser de otro modo, Lullaby, Friday, I’m In Love y Boys Don’t Cry. Aunque lo que fue verdaderamente sorprendente de ellos fue la traca final de canciones que, como 10:15 Saturday Night o Killing An Arab fueron bastante inesperadas.

Autenticidad y emoción

Salvando un par de canciones puntuales, The Cure no son una banda de grandes himnos o estribillos que se puedan corear durante minutos y minutos. No necesitan hacer ningún tipo de payasada ni liarse en discursos absurdos e interminables para que a muchos en la audiencia les brillen los ojos casi desde el arranque del concierto. Su objetivo no es poner a jovenzuelos a saltar como bestias canción tras canción. Su forma de afrontar su oficio como músicos transcurre por caminos bien diferentes.

Fotografía de Elías Herrero Galán

Lo suyo tiene que ver con una concepción personal pero muy sincera de la belleza. De pasión e intimidad. Y fieles a todo ello, triunfaron a la hora de transmitir lo son ellos y su discografía desde tan descomunal escenario. Dada las dimensiones de la audiencia, no se puede decir que el de este sábado en Hyde Park fuera un concierto especialmente personal dentro de la carrera de The Cure. Pero sí podemos afirmar que la del sábado fue una noche para el recuerdo, bella y emocionante como pocas. Nos quedamos con la promesa de Robert Smith de volver a girar, al menos por tierras británicas, “pronto”. Y con esa sonrisita que se le pone cada vez que acaba de tocar una canción y el público aplaude a rabiar. Como si todavía, 40 años después, no se lo acabara de creer.

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