9 junio, 2017. Por

Testigo

Un falso culpable, un personaje hitchcockiano y una conspiranoica trama de secretos, mentiras y traiciones
Testigo

Un misterioso empresario contacta con Duval, un tipo normal con una vida normal interpretado por François Cluzet, para que transcriba una serie de escuchas telefónicas. La situación económica de Duval, en paro desde hace mucho tiempo, es extrema, y esto le obliga a aceptar el trabajo sin hacer preguntas. El problema es que, como suele ocurrir en estos casos, se verá involuntariamente inmerso en un siniestro complot político y atrapado en el universo subterráneo de los servicios secretos.

Dicho así, parece que ya hemos visto esta película unas cuantas veces, y lo cierto es que, en cierta medida, el debutante Thomas Kruithof, intenta que así sea. Kruithof quiere que haya un crescendo, un de menos a más, en este sentido, se ajusta a las convenciones del género. Vamos conociendo al protagonista: su depresión, su insomnio, su soledad, su alcoholismo, digamos que no está en su mejor momento.

Hay muchos primeros planos, muchos detalles y un ritmo sosegado y controlado. La intención es que poco a poco veamos cómo Duval va cruzando la línea que lo llevará hasta ese intenso thriller de suspense que se apoderará de él durante el resto del metraje. El director pretende emular el thriller político setentero y a cineastas como Pollack, Lumet o Pakula, pero esto son palabras mayores. De hecho, mientras uno ve Testigo es muy fácil acordarse de films como La conversación de Coppola o incluso La vida de los otros de Donnersmarck. Testigo es un noir nórdico, un polar francés, no es un thriller yanqui, por mucho que Cluzet se parezca a Dustin Hoffman, quien en el 76 protagonizó una película que también podría servir aquí como referencia, Marathon Man.

Un hombre ordinario y una situación extraordinaria, es decir, un falso culpable, un personaje hitchcockiano y una conspiranoica trama de secretos, mentiras y traiciones que irán desintegrando al protagonista a medida que avanza. Estamos ante una notable ópera prima de clima asfixiante y claustofóbico cuyo nivel de tensión se mantiene hasta el final sin demasiados aspavientos o histrionismos. Quizá el achaque más significativo es un final algo atropellado. Uno de sus mayores aciertos, sin duda, es François Cluzet, quien es capaz de alcanzar elevados niveles interpretativos con apenas una mirada o un gesto, como ya demostró con creces en Intocable, su peli hit, aunque yo os recomiendaría ver No se lo digas a nadie.

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