Libros ilustrados

Un pasaporte a la imaginación

La letra con sangre entra, les decían a nuestros abuelos. Aquí no se trata de sangre, sino de tinta y color. No es ni mucho menos un fenómeno nuevo, más bien se trata de un fenómeno “rescatado”, que adquiere inusitada importancia en los tiempos de la “crisis del libro”. Frente a la ingente producción editorial en serie, la ilustración, que andaba relegada al público infantil y juvenil, vuelve con fuerza a la literatura para adultos. Osados editores lo están haciendo posible en España: textos de todos los tiempos son “adornados” por los mejores ilustradores del momento, y entregan preciosos volúmenes para el público más exigente. La ilustración no se trata en ellos como un valor agregado, forma parte inseparable del objeto que, más tarde o más temprano, desearemos tener en nuestras manos. Históricamente, son los textos fantásticos los que han acaparado las mejores estampas dadas a la imprenta. Los cuentos de la tradición gótica, Poe, Lovecraft, son a menudo seleccionados, también hoy, dentro de las colecciones ilustradas.

Cerca y lejos del género al mismo tiempo, hace pocos meses vio la luz, en la editorial Libros del Zorro Rojo, un libro que nace, y es toda una excepción, de una reseña literaria: la que escribió la argentina Alejandra Pizarnik sobre la investigación histórica La condesa sangrienta, de Valentine Penrose. Claro que el texto en sí es sumamente inquietante y, más allá de su intención primera, se convierte en una investigación pseudopoética de las circunstancias de Erszebet Bathory y su muy sangriento estilo de vida: no es fantasía, sino brutalidad hecha belleza. El encargo de ilustrar este original de 1971 le llegó a otro argentino, Santiago Caruso, que demuestra en este trabajo sus amplias dotes para charlar, de tú a tú, con el contenido tenebroso y las historias en el borde de la locura. Así se puede ver también en su trabajo para El horror de Dunwich, de Lovecraft, en la misma editorial. Con similar dedicación al buen objeto literario, existe desde 2006 la colección Ilustrados de Nórdica: además, con su encomiable catálogo sacan del tópico fantástico al libro bien cuidado, y ponen en nuestras manos imprescindibles textos de cualquier tradición (a menudo de la menos obvia) junto al trabajo de verdaderos genios de la imagen: Bartleby, el escribiente, de Herman Melville, con ilustraciones del Premio Nacional de Ilustración Javier Zabala; el precioso libro Sin contar, de W.G. Sebald, hecho a cuatro manos con los grabados de su amigo Jan Peter Tripp; o el reciente Vi, de Nikolái Gogol: esta historia entre el horror y la psicología ha sido puesta en estampas por Luis Scafati, al que conocemos en España por otros trabajos tan interesantes como su versión de El gato negro, de E. A. Poe (Libros del Zorro Rojo).

Atención a Nórdica durante el otoño: coincidiendo con la nueva versión cinematográfica de Alicia en el País de las Maravillas, firmada por Tim Burton, prometen una edición especial. Lewis Carroll presta la historia y Marta Gómez-Pintado el trabajo gráfico.  Estamos acostumbrados a que una editorial dedicada al cómic como Sins Entido regale libros donde el dibujo y la historia son igual de importantes. Así y todo, algunos de sus ítems destacan -aquí, dentro de esta historia- por constituir una conversación de veras brillante entre dos autores -texto e imágenes- que jamás se vieron las caras. Es el caso del curioso volumen Siniestras amadas, sobre poemas y relatos que dedicó el simpar Edgar Allan Poe a las mujeres, imaginadas y reales, de su vida. Jack Mircala se zambulló durante años en los textos, los tradujo y creó esas exuberantes maquetas de cartulina que le son características, donde vienen a morar las lánguidas féminas sin tiempo, amadas del genio bostoniano.

Ejemplo extremo de este tipo de libro es aquel en el que las frases han sido grácilmente sustituidas: en la editorial valenciana Media Vaca saben cómo rizar el rizo del objeto editorial bien concebido, bonito y original. Por eso, sorprende y no su última referencia, un Robinson Crusoe en el que, de la mano del ilustrador cubano Ajubel, las palabras han desaparecido. ¿Un cómic? No. Pero ¿dónde está la novela? Aquí, la ilustración come terreno a la literatura. Ajubel hace una traslación tan imaginativa, sensorial, cálida y bien documentada, que ver su libro equivale a leer la historia. A todo color (saliéndose de la tónica de la editorial, que suele trabajar en dos tintas), el libro es una zambullida emocionante en la conocida historia de Daniel Defoe, y ésta se nos cuenta a través de bellas láminas, aptas para cualquier lector: aquí, sí, el objeto libro se convierte en un pasaporte abierto a la sensibilidad y la imaginación, sin importar la edad o la preparación de aquel que lo tome entre las manos.

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