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Como cada año llega otro ejemplar de la revista Matador, proyecto que comenzó en 1995, con la idea de publicar un sólo número anual, y que sería nombrado con una letra del alfabeto. Por primera vez la revista se centra en una ciudad, Barcelona, a la que desnuda a través de un excepcional plantel de estrellas seleccionado para la ocasión. Atención a la lista y sólo para ir abriendo boca: Eduardo Mendoza, Félix de Azúa, Rodrigo Fresán, Santiago Roncagliolo, Oscar Tusquets o Fernando Amat. La fotografía esta vez corre a cargo de clásicos como Francesc Català-Roca o modernos como Manel Esclusa, Txema Salvans o Ferrán Freixa. Pero como siempre, Matador no acaba ahí. Porque esto no es una revista, es un espectáculo.
Además del imponente formato habitual de 30x40, la revista viene acompañada por la tradicional botella de vino, elaborada esta vez por Mariano García, mítico trabajador del sector con más de treinta años en Vega Sicilia, que nos trae un vino de uva tinta de Toro y garnacha, ideal para degustar mientras escuchamos el recopilatorio que acompaña la edición, formado por temas seleccionados especialmente por el festival Sónar. Un volumen donde podemos encontrar desde una sutil mezcla de folk y electrónica (de Guillamino), hasta el techno-dub (Pulshar); para rematar con el cuaderno del artista, esta vez con la obra de la escultora Cristina Iglesias. El inconveniente de este número es que, tras ojearlo, puede que nos invada la idea de cambiar de ciudad. Quizás sin pretenderlo, el número M de Matador se ha convertido en una declaración de amor hacía la Ciudad Condal, la eterna ciudad de moda que no quiere serlo, y hacia el ciudadano catalán, ese cosmopolita afable y ordenado. Otro año más y otro éxito de Matador. Mientras tanto, nosotros desde aquí seguiremos inventando letras para que Matador pueda seguir editando durante otro siglo más.


