Miguel Trillo ha dedicado toda su vida profesional a captar instantáneas de jóvenes con deseos de ser diferentes, de tribus urbanas de ayer y de hoy. Identidades es un recorrido por aquellos años en los que florecieron nuevas modas, nuevas influencias culturales y nuevos grupos sociales, hasta detenernos en la actualidad. La exposición sirve, además, para comprobar que poco ha cambiado e incluso que hoy por hoy el atrevimiento y la originalidad están en vías de extinción y han dejado paso a una enorme mayoría de jóvenes vestidos de manera uniforme y por las mismas tiendas (no vamos a mencionar el nombre de estas marcas por no publicitar estas tiendas que tanto daño están haciendo al imaginario colectivo). Gente que adora ser fotografiada porque en su propio retrato residen sus señas de identidad, su estilo, su forma de vestir, sus gestos y manera de posar. Trillo viaja desde los ochenta hasta hoy, retratando a punkies, rockeros, b-boys, góticos, bakalas, pijos, hippies... así hasta (casi) el infinito.
¿Qué ha cambiado en nuestras calles? Pues, poca cosa; algunas tribus han desaparecido prácticamente del mapa (por ejemplo, los heavies) y otros han surgido de la nada (véase a los emos o también a los modernillos-alternativos). Sin embargo, los clásicos sobreviven como pueden, algunos mucho mejor que otros: pijos, góticos, macarras y chonis, hippies, b-boys, entre los más corrientes. Trillo no juzga, sólo retrata y deja para la posteridad un legado de estas jóvenes tribus urbanas que tanto animan las calles de nuestras ciudades. La movida madrileña, con la incombustible Alaska, los asistentes al Sónar, Hipnotik, Festimad, jóvenes en la puerta de las discotecas Kapital y Pachá, travestis en La Habana, japoneses aficionados a los mangas en el barrio de Shibuya, el Yé-Yé Weekend, chavales de Carabanchel… Nadie escapa al ojo de Miguel Trillo.
Y si entramos en detalles, analizando con microscopio a las tribus actuales, pues tenemos a los góticos y su norma número 1: “adorarás al negro”. A los bakalas y chonis con su “no salgas de casa sin haber medido tu peso en oro”, sin olvidarnos, para las chicas, de la bolita piercing cerca de los labios cuál Cindy Crawford de los 90’. A los hippies con las imprescindibles rastas, los pantalones de “que sí, que voy a bajar la basura” y los leggings- calcetines de rayas y colores. Antes el diábolo era “un must”, pero ahora parece que no encuentra su sitio, se habrá visto desplazado por las mazas o algún instrumento alternativo del mundo malabarista. Siguiendo con nuestra crónica sobre tribus urbanas, resulta inevitable detenerse en el llamado “pijo”. Sin entrar en temas morales, basta decir que su indumentaria sigue siendo la misma desde hace veinte años. ¡Menos mal que el cocodrilo y los cuadros escoceses no caducan!
La diferencia radica en el modelo escogido para peinarse: los protas de High School Musical; sí, ése que va con el flequillo atravesado y que camina a ciegas por la calle. Las chicas, en cambio, aunque conservan las perlas y el cabello de Pocahontas lacio y rubio, se han apuntado a la moda hippy chic, la que llevan las famosas de Hollywood. La cuestión es que, en el seno de las tribus urbanas, existen los imitadores puros y duros y los que, inspirándose en un estilo, marcan su propia tendencia y la llevan al límite generándose así un “rollito” muy personal. Lo último es definitivamente lo más interesante, lo que se veía en las fotos ochenteras y noventeras de Miguel Trillo y lo que escasea ahora.
¡Que cada uno vaya por la calle como le venga en gana y punto en boca!
