Edimburgo

Una ciudad a la última


La capital de Escocia es un lugar con menos de medio millón de habitantes, un plus considerable de estudiantes y un potente y frecuente viento. Sin embargo, lejos de un paraje inhóspito, es la segunda ciudad del Reino Unido más turística tras las city of cities londinense, tiene una vida cultural activísima, el sol asoma bastante más de lo imaginado y más de uno, de dos y de tres valientes escoceses se mueven por ella en bicicleta.

Edimburgo se divide en dos partes con nombres más que aclaratorios: la Old Town y la New Town, ambas separadas por Princes Street. La primera data del periodo medieval y tiene como eje principal la Royal Mille, prototipo de lo que imaginamos si nos mencionan el siglo X: una calle en cuesta con bloques de un gris uniforme de tan sólo tres plantas. Ésta acoge al ayuntamiento y la St. Gilles Cathedral, donde es tradición escupir en el corazón de piedra que hay delante, en el suelo, por ser el lugar donde los ingleses ejecutaban a los escoceses (y único sitio ahora donde un policía no puede multarnos por lo mismo). En uno de los extremos de la calle, sobre la parte más alta de la peña alrededor de la que está edificada la ciudad, vemos el famoso Castillo. Majestuoso desde fuera, por dentro es lo bastante escaso para pagar las quince libras que vale la entrada y que mejor nos gastamos en probar varios tipos de whiskies. Aún así, merece la pena subir a su explanada para observar desde un poquito más cerca la imponente mole.

Si bajamos toda la cuesta de la Royal Mille, dejamos atrás además un montón de tiendas de souvenirs donde comprar faldas, petacas y muñequitos de William Wallace, y llegamos al otro extremo de la misma, nos encontramos con Holyrood Palace o Palacio Real. De hecho, el nombre de la calle viene por ser el inexcusable camino que los monarcas hacían para desplazarse de una de sus propiedades a otra. Mucho menos pomposo por fuera que Buckingham (no tiene guardia, de hecho), lo que lo dota de más encanto, Holyrood fue originalmente un monasterio en el siglo XII y más tarde el escenario en el que María Estuardo dio rienda suelta a esas historias que tanto papel couché coparían ahora. Justo enfrente está un edificio que para muchos escoceses no es más que un desaguisado: ¡el Parlamento! Obra póstuma del catalán Enric Miralles (1955-2000) y absolutamente disonante pero curiosa por el contraste, fue una de las primeras reformas que llevó a cabo un edimburgués llamado Tony Blair cuando ocupó Downing Street y aún no había sucumbido a las garras de Bush.

Y es que los escoceses carecieron de un órgano propio de gobierno desde el Acta de Unión de 1.707 en la que se creó el Reino de Gran Bretaña, momento en el que, entre otras muchas cosas, se les prohibió el uso de su propia lengua: el gaélico. Desde 2.005 este idioma goza de nuevo de la oficialidad, con la salvedad de que sólo un uno por ciento de los más de cinco millones que son sabe hablarlo. Por la zona antigua merece también la pena que nos dejemos caer por el área de la University of Edinburgh, en concreto por el Old College de South Bridge; los enormes parques de los Meadows; las tiendas de Victoria y Cockburn Street, trasunto british de las madrileñas Pez y Fuencarral con tiendas de discos (imprescindible Avalanche en la segunda) y necesidades de primer orden como chapas y posters, que además cuentan con un par de excelentes destilerías, o por el Museo Nacional de Escocia (Chambers St.), donde podremos hacernos una foto con la disecada oveja Dolly

También son necesarios un alto para un café en la Elephant House (21 George IV Bridge), que se complace, promociona y te cobra como nadie el hecho de ser el lugar donde a J. K. Rowling ideó a Harry Potter, o para un par de pintas en el Brass Monkey (14 Drummond St.), en el que es obligado pasar por su última sala de cojines donde los domingos a media mañana proyectan películas (también puedes tú pedir una si no hay nadie, pero es poco probable…). El nombre, que literalmente significa mono de latón, hace referencia a la frase "cold enough to freeze the balls off a brass monkey": el suficiente frío para congelarle las bolas a un mono de latón. Teniendo en cuenta que estamos a la altura de Noruega, la expresión casi nos resulta casi un eufemismo.

Y si un par de cervezas nos ha animado (cosa sencilla: una pinta es casi medio litro) proseguiremos la marcha por el Opium (71 Cowgate), bar que se vende como heavy pero que realmente posee una onda a lo The Killers, y como nos descuidemos a lo Bon Jovi, y en el que nos dejaremos las monedas de pounds que no podemos cambiar a la vuelta en su jukebox; escucharemos música en directo en el Whistle Binkies (4-6 South Bridge y conocido por la comunidad española que siempre lo copa como “el tinkiwinki”) y cerraremos la noche en el excelente Jazz Bar (1 Chambers St.). Princes Street es el segundo eje estructural de Edimburgo y donde ya comienza la parte nueva de la ciudad. Erigida en la misma línea natural de la Royal Mille, la separan de ésta los enormes jardines del mismo nombre. En estos además encontramos la Galería Nacional de Escocia, la estación de trenes (Waverley Station) y el Monumento a Sir Walter Scott, un autor menos conocido que otros paisanos como Stevenson o Conan Doyle, pero con un tono y unas tramas mucho más escocesas, lo que, en un pueblo que ha llegado a acoger como casi suyo a alguien como Mel Gibson por reflejar su lucha independentista, lo convierten en un estandarte.

Frente a los jardines está la zona comercial con las mismas marcas que podemos encontrar en cualquier gran capital española, sólo que ahora, con la libra bajo mínimos, compensa desenvainar la tarjeta. Sus correspondientes Casa del libro y Fnac (pero sin sección literaria) están representados respectivamente por Waterstone´s y HMV y, para que le pongáis alguna imagen, deciros que es la calle por la que Renton (Ewan McGregor) salía corriendo tras desvalijar una tienda para su dosis al comienzo de Trainspotting. La New Town se creó en el siglo XVIII para solventar la superpoblación hacinada en la parte antigua. El diseño, un arquitecto de 22 años llamado James Craig, fue un plano ortogonal cuya calle principal sería George Street, paralela a la Royal Mille, y conectada por medio de una serie de calles perpendiculares con las otras dos arterias importantes, Queen Street y a la ya mencionada Princes. Sin embargo, fuera de la previsión, la médula del enjambre es Princes y las otras dos son lugar de primeras marcas, restaurantes y alguna galería de arte pequeña.

Por último, el puerto de Edimburgo se encuentra casi en desuso. De hecho, la zona está ahora mismo en proceso de reforma y todas las casa que antiguamente fueron lonjas de pescado se están transformando en caros apartamentos o bares y donde destaca el Shore (orilla) del río con sitios donde comer un excelente, y no de un precio desorbitado, seafood (palabra que engloba tanto al pescado como al marisco). Como visita kitsch en este área de la ciudad, encontramos el Britannia, yate real que anclado per sé y al que se accede por el centro comercial (sí, leéis bien) Ocean Terminal. Una actividad perfecta si visitamos la ciudad con nuestra abuela o tenemos una madre que sintió la muerte de Lady Di como la de un primo no muy lejano. El camino que nos trae hasta aquí es el archiconocido Leith Walk, barrio obrero que aún conserva cierta aureola oscura por ser lugar de yonkis. Algo que no es falso pero, para el que esto firma, casi entrañan más peligro algunas calles de Malasaña.

En su extremo cercano a Princes Stret está el conocido como Pink Triangle, o Triángulo Rosa, zona de marcha gay compuesta por varios buenos restaurantes y cuatro bares con la misma música que en Chueca sin las bizarradas de Marta Sánchez o Mónica Naranjo. Pese a su pequeñez, en Edimburgo es fácil ver un buen concierto (consultar la programación de The Liquid Room, 9C Victoria St., y The Picture House, 31 Lothian Rd.), obra de teatro (además de su festival en agosto, la programación no descansa en lugares como The Edinburgh Playhouse, 18-22 Greenside Pl., un sitio precioso) o película poco comercial (Cameo, 38 Home St., o Film House, 88 Lothian Rd.).

Además, al poseer banco propio, existe un billete casi sólo usable en Escocia con el que debemos de tener bastante cuidado. Pese a que su valor es el de la libra esterlina y podemos pagar con él en todo el Reino Unido, en muchos comercios a partir de la zona de Gales comienzan a no aceptarlo y los bancos españoles no los admiten en su cambio. Este dinero del Monopoly representa hasta el paroxismo el lugar que los escoceses ocupan para los británicos. Relegados a un segundo plano y con su cultura absolutamente ninguneada, el propio Renton vociferaba en Trainspotting que “¡Es una mierda ser escocés! ¡Somos lo más bajo de entre lo más bajo, la escoria de la puta tierra, la basura más servil, más miserable y más patética jamás salida del culo de la civilización! Algunos odian a los ingleses, yo no. Sólo son soplapollas. Estamos colonizados por unos soplapollas. Ni siquiera encontramos una cultura decente que nos colonice. Estamos gobernados por unos gilipollas.”

Y es que probablemente el mayor y único atractivo que Inglaterra encuentra en estas tierras esté en Aberdeen, Capital Petrolera de Europa gracias al crudo extraído del Mar del Norte. Esta sensación de paso, de expolio, de usurpación de unas señas propias y ancestrales está hondamente arraigada en su carácter y se percibe en la calle, en los bares, en el aire casi, y a cualquiera al que llames inglés te corregirá al momento. Sin embargo, lejos de iracundos, los escoceses son tan agradables como su hermosa capital, educados y delicadamente acogedores con los forasteros que aterrizamos. Quizá porque comprenden mejor que ningún otro pueblo lo que significa estar de visita.
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carmen 12/02/2010, 17:12
Desde que descubrí Escocia es mi sueño, me encantaria pasar alli una temporada, trabajando y aprendiendo el inglés, estoy intentando buscar trabajo, pero es complicado, ojala mi sueño se haga realidad
limber francisco 24/11/2009, 10:47
me gustaria conocer escocia y quedarme un tiempo alli pero es muy dificil puesto q tengo q ir con algo seguro de trabajo otra dificultad tengo solo residencia permanente en españa Dios quiera mi sueño se cumpla algun dia saludos a todos ahi.
beatriz 11/05/2009, 17:49
Edimburgo, una ciudad con vida cultural propia

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Pricess Street Gardens. Foto: visitscotland.es
Princess Street. Foto: visitscotland.es
Royal Millie. Foto: visitscotland.es
quiénes

La segunda ciudad más visitada del Reino Unido pese a que cuenta con 450.000 habitantes frente a los quince millones de Londres, con una estructura y diseño medievales que ya quisiera para sí más de un parque temático, y una vida cultural que incluye cuatro universidades, dos festivales de teatro y uno de cine.

por qué

Porque creemos que la combinación intelectual y lúdica es perfecta, porque un taxi de una punta a otra del centro no va a costarnos más de ocho libras y porque tendremos la posibilidad de practicar inglés si huimos de la inmensa comunidad hispana que allí habita.

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