A no ser que vivas en Nueva York o seas un feliz lector del civilizado norte de Europa que nos lee para practicar castellano, seguramente en tu día a día te debes cruzar con más bien poquitas zonas verdes en tu ciudad (con honrosas excepciones en nuestra geografía). Y algunas de las que encuentres es muy posible que estén bastante pochas y, con el tiempo, los niños jugando a pelota hayan desaparecido y dado paso a pandillas de dudosa reputación y no menos reprochable ocupación. La cuestión va más allá de la pura estética. Sí, los parques son bonitos pero, además de ser un pulmón de la ciudad (que también nos hacen buena falta), vienen a ser el último bastión no comercializado y debidamente “esponsorizado” del espacio urbano, lugares de reunión y convivencia entre personas de clases, procedencias y generaciones distintas. Mucho más que un césped donde tumbarse con el buen tiempo o una arboleda por donde pasear el perro. Actividades que, pensándolo bien, son todo un regalo para los ciudadanos.
Ante la desatención de las autoridades (sobretodo en países donde la privatización de todos los aspectos de la vida avanza a pasos agigantados) , se han empezado a organizar grupos que con nocturnidad, alevosía y una pala, reparan y reconquistan zonas verdes. La práctica, extendida y organizada en Reino Unido y Estados Unidos se llama “guerrilla gardening” (jardinería de guerrilla) y consiste en eso, en “cultivar la tierra de otro sin permiso”. Suena a la conquista del Oeste, pero en realidad consiste en echar mano de unos euros, algunas flores y la pandilla de amigos para limpiar los parques y parterres de nuestro barrio de basura y replantar especies vegetales para el disfrute colectivo. Es bonito, tiene pinta de divertido y peligroso a la vez y, sobretodo, es un gesto hacia nuestros conciudadanos, ¿cómo resistirse? Los grupos de guerrilleros armados de palas y flores nacieron en Nueva York durante la crisis de los años 70 (una coyuntura similar a la que vivimos ahora...). Durante la recesión unas “Green Guerrillas” empezaron a atacar a solares abandonados de la ciudad mediante bombas de semillas (bolas de Navidad, preservativos o globos llenos de semillas, agua y fertilizante) que lanzaban por encima de las vallas y que estallaban con el impacto esparciendo su contenido en esas desoladas zonas. A fuerza de insistir, el ayuntamiento convirtió estos solares en jardines comunitarios. Tres décadas más tarde un explosivo cóctel de especulación inmobiliaria y crisis económica se unen a Internet para organizar grupos de esta florida guerrillas y poner color a los “terrenos huérfanos”, en la jerga de estos grupos. ¿El resultado? Londres amanece con girasoles en sus calles, parterres guarrindongos se convierten en pequeñas zonas de juego para los niños, pequeñas bombas de lavanda (bolsitas de tejido) emergen y perfuman ciudades en Estados Unidos. Resumiendo, una ciudad más humana y una llamada a disfrutar de nuestras calles y plazas. A juzgar por el foro internacional (en la página web del libro On Guerrilla Gardening de Richard Reynolds, donde también encontraréis el blog del movimiento con las últimas acciones), los más activos son los londienense, seguidos de los americanos, sus vecinos canadienses y grupúsculos en Ámsterdam, Berlín y Bruselas. Afortunadamente, hay conatos de organizaciones en España. Así que, ya sabéis, si estás harto de pasar por parques penosos, descampados desangelados y no menos cansado de los planes de siempre (cena, garito, copa, etc...), una buena opción con tu grupo de amigos puede ser invertir ese dinero en plantas y semillas y dedicar el próximo sábado a hacer una pequeña aportación a tu ciudad. Toca remangarse y cavar.
