Escrito por Alan Moore e ilustrado por Dave Gibbons, Watchmen hizo tambalear a mediados de los 80 el mundo de los cómics, deconstruyendo la hasta entonces intocable figura del superhéroe para mostrarla desde una perspectiva más humana y vulnerable. Tras los leotardos, las capas y los antifaces multicolor de los protagonistas, se escondían en realidad personas normales y corrientes, que no sólo tenían que plantar cara al villano de turno, sino también a sus propios problemas personales, conflictos éticos y fantasmas del pasado. Watchmen cambió para siempre la percepción que la sociedad tenía de los héroes enmascarados, influyendo al mismo tiempo en otras formas artísticas como el cine o la literatura. ¿Y qué hay de los videojuegos? ¿Hasta qué punto se ha notado el influjo de la obra maestra de Moore en el negocio del entretenimiento electrónico? Sorprende comprobar cómo, en un medio donde la presencia de superhéroes es tan voluminosa como el mundo del cómic, se ha mostrado siempre una visión tan esquemática, primitiva y unidireccional de estos personajes.
A las habituales limitaciones que ofrece el lenguaje de los videojuegos a la hora de retratar temas de corte dramático, hay que sumar la desgana y la falta de imaginación con la que los desarrolladores afrontan estos proyectos. Clonando los peores tics de los superhéroes que en los años 50 dieron los primeros pasos en el mercado de los cómics, las versiones poligonales de Superman, Batman o Spider-Man viven instaladas en aburridos mundos en blanco y negro, habitados por protagonistas de bondad inquebrantable y malvados que son unos fascistas convencidos. Si con Watchmen Moore exprimió todas las posibilidades narrativas que el cómic daba de sí para crear una historia con muchos niveles de lectura, juegos de alusiones continuos y protagonistas tan complejos como contradictorios, los videojuegos optan por el camino más previsible, situando a los héroes en un contexto donde no tienen otra función que la de repartir leña con el objetivo de acceder al siguiente nivel.
Watchmen demostró que se puede contar historias de héroes enmascarados de otra forma, sin recorrer a los tópicos ni a los recursos fáciles. Un hito que desgraciadamente no tiene equivalente en una industria de los videojuegos casi siempre a rebufo de los otros medios, y más pendiente de los resultados económicos que de la repercusión y categoría artística de sus obras. Para más inri, los pocos títulos que han intentado tímidamente ofrecer alguna cosa más que acción para jugadores de parvulario, como el juego multijugador masivo City of Heroes o Marvel Ultimate Alliance, un título de estrategia y rol con más de 140 personajes de la legendaria editorial norteamericana, han quedado reducidos a simples rara avis sin continuidad ni descendencia.
Punto y aparte merece Freedom Force, sin ningún atisbo de duda el videojuego con más argumentos para trascender más allá de los tópicos del subgénero. Kevin Levine y la gente de Irracional Games dieron forma a un irreverente título de estrategia y acción dónde se mezclaban sin complejos elementos de la guerra fría, una invasión extraterrestre, combates de escuadrones por turnos y un puñado de superhéroes capitaneados por el patriótico Minuteman, en lo que era un claro homenaje a los Minutemen de Watchmen, la primera generación de héroes que aparece en el cómic de Moore. La reciente publicación del videojuego de Watchmen, coincidiendo al mismo tiempo con la adaptación cinematográfica realizada por Zack Snyder, pone de manifiesto, casi de forma cruel, el abismo creativo y cualitativo que separa a los superhéroes poligonales de los del mundo del cómic. La incorrección política, el abundante simbolismo, las debilidades de los protagonistas... En definitiva, la postura dramática y adulta que posee la obra de Moore, brilla por su ausencia en el juego de Dead Line Games, entregando a cambio un lastimoso beat’em up que convierte a Rorchach y al Búho Nocturno en dos pandilleros de estar por casa, en unos vengadores de juguete.
