Nunca antes unos simples pajarracos habían armado tanto revuelo. Si esta es la primera vez que oyes hablar de Angry Birds, permíteme que empiece impresionándote con unos cuantos números: 250 millones de descargas en 60 países, 50 millones de euros acumulados entre ventas de aplicaciones, merchandising e ingresos por publicidad, 75 millones de jugadores que invierten cada día 200 millones de minutos intentando mejorar su puntuación. Una locura que no se vivía desde los remotos tiempos del Tetris y en la que mucho a tenido que ver el entusiasmo desproporcionado de algunos portales de videojuegos norteamericanos a la hora de publicitar el juego, con Kotaku a la cabeza, y evidentemente, la naturaleza adictiva y narcótica del título de Rovio. Y es que la mecánica de Angry Birds está condicionada por las limitaciones de las plataformas para las que ha sido específicamente diseñado. Artilugios basados en Android, JAVA, Symbian, Maemo o iOS, y dotados en su mayoría de pantalla táctil y teclado QWERTY, que cómo dispositivos móviles serán la repanocha pero que a la hora de jugar parecen diseñados por la santa inquisición.
Al igual que la mayoría de títulos que pululan por las tiendas online de aplicaciones centralizadas tipo App Store de Apple, Angry Birds hace suyo el lema “menos es más” y, partiendo de unos pocos elementos, ofrece una experiencia de juego inmediata y, a la par, desafiante. El objetivo es eliminar a unos cerdos que hay esparcidos estratégicamente por la pantalla, lanzando desde una catapulta pájaros cabezones con habilidades de la más variada índole. Unos estallan al impactar, otros lanzan huevos explosivos, otros se multiplican, incluso hay unos que caen en barrena para aumentar el daño causado. Penetrar las guaridas de los cerdos y acabar con ellos implica forzosamente familiarizarse con la peculiar física del juego. En Angry Birds las estructuras se desmoronan, los restos salen despedidos por los efectos de la onda expansiva y los cerdos mueren aplastados bajo toneladas de escombros. La clave reside en provocar reacciones en cadena, buscando primero el talón de Aquiles de cada guarida para luego atacarlo con toda la artillería disponible. La dificultad extrema que implica superar niveles avanzados convierte Angry Birds en un juego no apto para domingueros.
Y el monstruo sigue creciendo. Primero con Angry Birds Rio, expansión protagonizada por los pajarillos de la película animada de Blue Sky Studios, luego con Angry Birds Seasons, dónde los plumíferos suicidas se divierten en escenarios nevados y ambientados en Halloween, y en un futuro no muy lejano, Angry Birds 2, que, se rumorea, todo acontecerá desde el punto de vista de los cerdos. Angry Birds no es sólo un fenómeno de masas, es también la constatación de que los juegos para smarthphones pueden tener un hueco en el competitivo mercado de los videojuegos.
