Modo abuelo cebolleta activado. Añoro los 90. Añoro System Shock, Freespace 2, Civilization, Baldur’s Gate, Dungeon Keeper, Thief: The Dark Project, Ultima Underworld, Grand Prix y muchísimos otros. Añoro a Sid Meier, Peter Molyneux (el de antes, no el vende-humos en que se ha convertido ahora), Geoff Crammond, Warren Spector, Chris Roberts, Tim Schafer y a toda una generación de diseñadores que fueron capaces de imprimir un sello autoral en sus obras. Echo de menos una década en la que los videojuegos eran, como el chocolate, un placer adulto. Y la culpa de esta morriña no es el paso inexorable del tiempo, que también, sino el plantel de videojuegos actuales, productos en su mayoría impecablemente manufacturados, pero carentes de alma y de aquello que suele diferenciar al entretenimiento electrónico del resto de las artes: la libertad de elección. Lo que impera hoy son experiencias de corte cinematográfico con un desarrollo más rígido que el cuello de un difunto. Mira, si no, Uncharted, Medal of Honor, God of War, Killzone, Dead Space, Alan Wake o Gears of War. Son extremadamente caros, son la hostia de espectaculares y, si me apuras, son incluso divertidos, pero te llevan de la mano del principio hasta el final de la aventura como a un niño de parbulario, sin que nada se pueda hacer por alterar los designios divinos de sus creadores.
Crysis 2 ha costado un montón de pasta, es increíblemente bello (el que más en lo que llevamos de generación) y tiene el empaque de una producción hollywoodiense, aunque gravita varios metros cualitativos por encima de la competencia (al ladito de la saga Halo) gracias a un sistema de combate abierto y generoso en opciones. Un logro con pocos precedentes en el trillado género de los shooters que, los desarrolladores de Crytek, han obrado metiendo al jugador en el epicentro de una serie de mapas de tamaño familiar, repletos de carreteras, cloacas, pasajes secretos y desniveles varios. Aunque cada uno de estos escenarios posee un único punto de entrada y otro de salida, el enrevesado diseño de los mismos permite elegir mil y una rutas, mil y una estrategias con las que superar la amenaza enemiga. ¿Odias la violencia? Utiliza la red de alcantarillado y los numerosos callejones para pasar desapercibido entre la muchedumbre alienígena. ¿Te va la marcha? Súbete a un vehículo blindado y destruye a todo bicho viviente que deambule por la calle principal. ¿Te va el sigilo? Accede a lo más alto de los numerosos rascacielos y empieza a esparcir cerebros con ayuda del rifle de francotirador. O mejor aún, alterna cada una de estas estrategias en función de las necesidades de cada momento. Aquí radica la grandeza de Crysis 2: puedes jugar un mismo nivel veinte veces y cada una de las partidas será completamente distinta a la anterior.
El Nanotraje es la otra gran pieza maestra de Crysis 2 y contribuye con sus enormes posibilidades de personalización a multiplicar las posibilidades tácticas durante el combate. Es lo que el rifle de gravedad era a Half-Life 2 o la escopeta recortada era a Doom: sin su presencia el juego de Crytek perdería gran parte de su atractivo. Un traje de ciencia-ficción que eleva las aptitudes físicas del protagonista hasta llevarlas al límite. Supersalto, supervelocidad, fuerza sobrehumana o la capacidad de sobrevivir a grandes caídas son sólo el aperitivo de una vestimenta cuyo total control marca las diferencias entre los malos jugadores y los buenos jugadores, especialmente en el modo multijugador donde la errática IA cede el paso a la mala uva humana. Lo bueno de verdad son el modo camuflaje, que a lo Depredador te convierte temporalmente en una mancha borrosa y asesina, y el sorprendente modo de visión táctica, que te indica la posición exacta de los enemigos, munición y objetivos varios que hay esparcidos por el mapa. Imagina las posibilidades: con un simple vistazo puedes preparar con antelación la mejor estrategia antes de ni siquiera pisar el campo de batalla. Y es que quizás ésta es la característica que mejor define en conjunto a Crysis 2, un shooter moderno en el que, o dios mío, primero piensas y después disparas.
