Hay videojuegos que parecen haber sido diseñados para fracasar, para quedar irremediablemente relegados a la segunda división del software de entretenimiento. Este es el caso de Borderlands. Donde otros títulos cautivan al jugador brindándole coches de lujo, chicas despampanantes y emocionantes viajes por paraísos virtuales, el juego de Gearbox Software ofrece polvo, chatarra, desolación y un entorno post-apocalíptico habitado por tipos grotescos y con pocos dientes. Un contenido deprimente y esquivo que, contra todo pronóstico atrapa y divierte. Tampoco hace falta descorchar la botella de champán ante semejante acontecimiento: otros títulos ya han conseguido en el pasado hacer de la aridez, de la fealdad, algo atractivo (la saga Fallout por ejemplo), aunque ninguno de ellos de forma tan innovadora como Borderlands.
Lo que Gearbox propone es una mezcla de dos géneros curtidos en mil y una batallas como son la acción en primera persona y el rol, ambos embutidos en un entorno expansivo y no lineal deudor de la saga Gran Theft Auto. Un pastiche cuyo resultado final se asemeja muchísimo a lo que sería jugar a Diablo en primera persona. Al igual que en el clásico de Blizzard, la trama, los diálogos, los personajes, en definitiva, los elementos narrativos, cumplen aquí un papel meramente secundario: lo que te mantiene pegado a la pantalla durante decenas de horas es la obsesión casi enfermiza por subir de nivel, por adquirir nuevas habilidades, por manejar mejores armas, artefactos mágicos o potenciadores, en definitiva, por convertir al protagonista en el hijo de perra más poderoso que jamás ha pisado Borderlands. Hay varias formas de lograr-lo, aunque el método más sencillo es acumular puntos de experiencia completando la infinidad de misiones primarias y secundarias que hay esparcidas a lo largo de todo el mapeado. Es entonces cuando Borderlands enseña sus mejores cartas: largos paseos a pie por suntuosos escenarios cuya extensión no logra alcanzar la vista, estremecedoras puestas de sol, sangrientos combates contra tribus del desierto y bestias salvajes varias, carreras a bordo de vehículos futuristas, incursiones en oscuras grutas subterráneas o duelos a muerte en pueblos que parecen sacados del salvaje oeste. Situaciones para enmarcar que beben de fuentes fílmicas tan variopintas como Mad Max, Firefly, La Guerra de las Galaxias o incluso el spaghetti western.
El broche de oro lo pone la modalidad cooperativa. Elaborada con esmero y cariño, permite a cuatro jugadores completar en equipo la campaña principal, ya sea a pantalla partida o a través de internet. La existencia de cuatro clases distintas, cada una complementaria a las otras, añade a la aventura un fuerte componente táctico y fraternal, instigando a actuar en equipo para sobrevivir. Un futuro clásico de culto y si no tiempo al tiempo.
