Lo que posees acabará poseyéndote, le recriminaba el psicópata antisistema Tyler Durden al esquizofrénico protagonista de El club de la lucha, un amargado tasador de una compañía de seguros sumido en plena vorágine consumista, durante los primeros compases esa obra maestra del cine anárquico y tocapelotas que tantas ampollas levantó a lo largo de 1999. Diez años después del estreno del film de David Fincher, todos nos hemos convertido en cierto sentido en el protagonista sin nombre de El club de la lucha. Los números asustan: más de 2.500 millones de personas en el mundo poseen un teléfono móvil (una cifra que predicen se doblará a mediados de 2013), 1.000 millones son propietarias de un ordenador, otras 100 millones tienen un iPod, 12 millones poseen un reproductor Blu-Ray, más de 100 millones matan el tiempo frente una consola de nueva generación. Una lista a la que también hay que añadir televisiones de LCD, equipos Hi-Fi, cámaras digitales, proyectores o navegadores GPS, y que es lo suficientemente abultada como para percatarnos de que vivimos instalados en una realidad determinada por la compulsión al consumo. Parafraseando de nuevo a Tyler Durden: tenemos empleos que odiamos para comprar mierda que no necesitamos.
Más allá del debate ético y moral que conlleva formar parte de la sociedad de consumo, lo más preocupante es la grave amenaza que supone este equívoco estilo de vida para la salud del medio ambiente. Varios son los estudios que afirman que cada europeo supera los 20 kilogramos de RAEE (Residuos Eléctricos y Electrónicos) anuales, una cifra que aumentará significativamente a lo largo de los próximos años dado que la esperaza de vida de los aparatos electrónicos es cada vez más corta. Cada año en España quedan fuera de circulación unos 20 millones de móviles y 3 millones de ordenadores personales, y la tendencia actual hace presagiar que pronto se igualará la cantidad de aparatos adquiridos con la cantidad de aparatos desechados. Una catástrofe si se tiene en cuenta que la mayoría de cachivaches electrónicos del mercado esconden, tras su apariencia elegante, limpia y pía, una de las mayores fuentes de metales pesados y contaminantes orgánicos que existe. Berilio, arsénico (presente en algunos chips), antimonio, plata, tántalo, cinc, mercurio, paladio, plomo (utilizado en la soldadura), cadmio, níquel y compuestos bromumados, son algunos de los ingredientes que de un modo u otro están integrados en móviles, ordenadores, cámaras digitales y demás artilugios. Un cóctel mortal que al ser desechado en vertederos o quemado en incineradoras, se libera en el aire y se filtra en las aguas subterráneas, dañando los recursos naturales y convirtiéndose en una seria amenaza para la salud humana.
Punto y aparte merece el coltán, un mineral (formado por una mezcla de columbita y tantalita) que una vez refinado se transforma en un polvo resistente al calor capaz de soportar potentes descargas eléctricas. Unas cualidades superconductoras que lo convierten en elemento imprescindible para la voraz industria de las nuevas tecnologías. El principal productor de coltán es la Republica Democrática del Congo, con aproximadamente el 80% de las reservas mundiales estimadas. Su extracción desbocada y en muchas ocasiones ilegal, está ocasionando infinidad de problemas sociales y medioambientales: deforestación, contaminación, explotación infantil y pérdida de biodiversidad, entre otras calamidades.
A estas alturas, plantear una estrategia que implique abandonar de una vez por todas el estilo de vida consumista parece una utopia: ni la industria de la electrónica está por la labor, ofreciendo más y mejores cachivaches tecnológicos con los que satisfacer a los tecnoadictos, ni tampoco los usuarios, incapaces de abandonar la filosofía del compro, luego existo. La solución pasa forzosamente por la reutilización y el reciclaje. En este sentido, existen decenas de fundaciones y ONG que se dedican exclusivamente a recoger teléfonos móviles, ordenadores personales y todo tipo de material electrónico desahuciado donado por particulares, instituciones y empresas, para posteriormente repararlos y entregarlos gratuitamente a quienes lo soliciten. La opción del reciclaje permite deshacerse definitivamente de los materiales tóxicos de estos productos, aunque es infinitamente más costosa. Es por este motivo que la Unión Europea lleva años apoyando económicamente proyectos como Ecopilas, Ecofimática, Ecotic o el popular Tragamóvil, cuyo objetivo común es extraer de diversos aparatos electrónicos todos aquellos materiales (como el cobre, el hierro o la fibra de vidrio) que, una vez convenientemente tratados, pueden reutilizarse para convertirse en empastes dentales, bicicletas e incluso teteras. Con todo aún hay mucho trabajo por hacer. En España apenas se reciclan 30.000 toneladas de residuos electrónicos al año (el 20% de toda la basura hi-tech generada por esta industria en nuestro país), lo que significa que un altísimo porcentaje de estos acaban en vertederos o chatarrerías dónde únicamente se recicla el metal. Y así estamos, con el planeta Tierra hecho unos zorros y nosotros y por encima de todo, las instituciones, contemplando el espectáculo con los brazos cruzados. O espabilamos o no quedará nada que reciclar.
