21 febrero, 2017. Por

100 años de TBO

Cuando los cómics eran tebeos
100 años de TBO

Si pensamos, como Antoine de Saint-Exupéry, que nuestra infancia es nuestra única patria, parece que cuando uno se hace mayor cae cada vez más a menudo en una enfermedad llamada nostalgia. Salvat ya rescató hace unos años, en una edición para coleccionistas, los números extra del antiguo TBO, la revista que dio nombre a los cómics en España desde principios del siglo pasado.

Ahora, el tebeo que otorgó un sobrenombre a todos los demás, protagoniza un libro que reivindica, homenajea y celebra el centenario de su nacimiento. La legendaria publicación infantil por cuyas viñetas transitaron series y personajes como La familia Ulises, Eustaquio Morcillón, Los grandes inventos de TBO o Altamiro de la Cueva y dibujantes históricos como Opisso, Benejam, Urda, Muntañola, Josep Maria Blanco Ibarz o Josep Coll cumple nada menos que un siglo, y en Ediciones B publicarán 100 años de TBO. La revista que dio nombre a los tebeos el próximo mes de marzo. Nosotros aprovechamos para pasar (y nunca mejor dicho) revista a este icono del humor gráfico.

Orígenes

Corría el año 1917 cuando un impresor decidió publicar una revista infantil en Barcelona, que incluyera cuentos, pasatiempos, chistes, ilustraciones y algunas historias en viñetas. Su primer nombre fue Te veo, pero se convirtió en TVO y más adelante en TBO, no sin muchas y clamorosas quejas por considerarlo un atentado a la ortografía. La clave inicial de su éxito estribaba en combatir contra la idea de la época de que una revista infantil debía ser educativa, así que decidieron apostar por un producto de entretenimiento comercial y lúdico con la única intención de divertir a los niños.

Nació cuando Joaquín Arques, administrador y guionista del impresor Artur Suárez, que publicaba revistas de humor erótico (llamadas galantes o psicalípticas), le sugirió a este lanzar una publicación para los más pequeños con el fin de amortizar la maquinaria. Muy pronto un joven empresario catalán adquirió la cabecera. Era Joaquim Buïgas, creador de La familia Ulises.

Cuando uno piensa en el TBO, le viene inevitablemente a la cabeza la familia Ulises; ilustrada por el dibujante menorquín Marino Benejam, es una familia que refleja uno de los mejores retratos costumbristas de la sociedad española de la época. Nacida a mediados de los años cuarenta como pioneros de una sociedad de consumo incipiente, sus personajes compran televisores, lavadoras o aspiradoras reflejando sin piedad las bondades y las miserias de la pequeña burguesía de la época, sus prejuicios y prepotencia, así como la importancia del consumo para el ascenso social. Todo estaba bañado por un sentimiento dominante: el miedo al fracaso de quien, en el fondo, era muy consciente de su propia fragilidad.

Una crónica del país más allá de la censura

La publicación pasó más tarde a manos de Joaquim Buïgas, alma máter de la revista hasta su muerte que además escribía los guiones, maquetaba, dirigía y aplicaba su característico humor antes de la guerra civil. Un humor que no era tan inofensivo como pretendía parecer; de hecho, había escenas violentas, decapitaciones y hasta La familia Ulises se comía el perro al más puro estilo Braindead. Más adelante, con Franco, la presión de la Iglesia, y el relevo de Carles Bech como guionista, se acentuó la línea inocente y más inocua.

Los tebeos del franquismo eran los únicos lugares donde se podían leer cosas acerca del hambre, el contrabando, los timos, el pluriempleo, las deplorables oficinas, las colas, los embotellamientos del metro, la violencia o las restricciones de energía. Una densa y oscura nube se extendía sobre un país en blanco y negro, donde se imponían la mediocridad y la necesidad de supervivencia. Vázquez Montalbán decía en su Crónica sentimental de España que “el Pulgarcito se había convertido en la crónica más veraz de la vida española”: el hambre de Carpanta, la avaricia de Doña Urraca, el fracaso escolar de Zipi y Zape, o el candor doméstico de Las Hermanas Gilda, constituían un mapa realista de lo que pasaba en nuestro país.

Aunque a casi nadie le sobraba el dinero entonces, la radio, el cine de barrio y los tebeos eran el principal entretenimiento que existía, hasta la majestuosa irrupción de la televisión. Se trasladaron, de hecho, al lenguaje cotidiano muchas expresiones que venían de los tebeos, como decir que alguien pasa más hambre que Carpanta, o cuenta más batallitas que el Abuelo Cebolleta.

El peculiar lenguaje de los tebeos se caracterizaba por las más extrañas maldiciones, en aquella época de censura. La Iglesia cuidaba entonces de las costumbres y moralidad de todos los medios de comunicación sin excepción, pero sus guardianes estaban tan ocupados que no se daban cuenta de esta tremenda crónica de la vida cotidiana. Es en los tebeos donde encontramos los sentimientos, costumbres y modas de la España franquista. Mientras el Cola-cao y los bocatas de mortadela llenaban los estómagos de toda una generación, los niños podían contemplar los anhelos de Doña Benita porque Don Pío ascendiera en su mediocre empleo de oficinista.

A finales de los ‘50 las normas de censura de la prensa infantil se recrudecieron. Algunos personajes, como Doña Urraca, se vieron obligados a limar su venenosa actitud, o directamente a anularse, como la suegra Doña Tula de Escobar. Se sustituyen palabras como guardia por gendarme, peseta por piastra, y las historias ocurren en un lugar o país indeterminado: esa es la explicación de por qué extrañamente aquellas ciudades no tenían nombre. Hasta la muerte de Franco, se llevó a cabo una legislación que obligaba a llevar las revistas a la Dirección General de Prensa para controlar su contenido. Después les entregaban un albarán con un aprobado, y si había algo que retocar, se retocaba y se transformaba en esa curiosa tierra de nadie que todos recordamos con extrañeza.

Del TBO a Superhumor

El humor blanco de Bech salvó al TBO sobre todo de la censura, no sin antes recibir una buena  multa y la orden de confiscación cuando en 1951 el dibujante Manuel Díaz Llamas, antiguo anarquista, ponía, supuestamente por desconocimiento, el nombre del Ministro de Gobernación al personaje de un chiste. Seguramente el humor inocente fue, a partir de los setenta, una de las causas de la pérdida de lectores. Otro factor fue que a comienzos de los años veinte nació la futura Editorial Bruguera, su invencible competencia durante muchos años después de que Joan Bruguera decidiera entrar pisando fuerte en el mundo de la prensa infantil con Pulgarcito. El resto de las causas hay que buscarlas en la llegada de la tele y de los seiscientos como nuevos modos de entretenimiento de fin de semana.

En los ochenta, tras varios intentos de modernización, con series rompedoras de jóvenes autores como Esegé, Paco Mir, Tha y TP Bigart, el entonces director Albert Viña vendió la empresa a Bruguera, que tras intentar reflotar el TBO para público adulto, con Joan Navarro a la cabeza, cerraría cuatro años después, quedando en manos de su principal acreedor, el Banco de Crédito Industrial. Fue a este al que unos años más tarde el Grupo Zeta compró Bruguera y nutrió con su fondo Ediciones B, editorial que desde entonces lo recupera, sobre todo en sus colecciones de clásicos y recopilatorios como el de Los grandes inventos del TBO o el que ahora celebra este aniversario centenario en 100 años de TBO. La revista que dio nombre a los tebeos, que firma Antoni Guiral y que llegará en marzo a tiendas.

Forjando ¿personalidades?

El estudioso del cómic Luis Gasca, señala que ya en la posguerra, mientras que TBO reflejaba “un mundo nacional sencillo, familiar, un concepto patriarcal de la vida, una sumisión de la mujer española al marido”, Pulgarcito, con dibujantes de Bruguera como Cifré, Escobar, Conti o Peñarroya, mostraba la otra España, la del oficinista renegado que odia a su jefe, la de las solteras que hacen equilibrios para subsistir, la del marido macho ibérico amante de la fiesta, la del hambre y las colas del autobús.

Los personajes de los tebeos presentaban, sin embargo, un elemento corrosivo, lejos del moralismo de una educación de valores. Muchos son pícaros que representan el modelo del antihéroe de nuestra literatura del siglo XVII. Ante necesidades tan básicas como la de comer, alguien como Carpanta no duda en robar constantemente. Otros como Don Pío, parecen más prudentes y bonachones, pero esposas como Doña Benita, pueden ser tremendamente ambiciosas, mandonas y violentas.

La figura del oficinista como hombre gris que no aspira más que a un trabajo fijo y estable en una empresa también es muy característica de esta época. Las difíciles relaciones con sus jefes llenan muchas de estas historias. Viven dominados por mujeres pendientes de las apariencias, que, ansiosas de ascender socialmente, presumen de vestidos caros y abrigos de visón –o esa era la visión patriarcal dominante por parte de los dibujantes, que siempre eran hombres. Aunque también existía la figura contraria, la del soltero frustrado por no haber podido llegar a casarse, como es el caso de Rigoberto Picaporte o las Hermanas Gilda; lo que es indiscutible es que todos los personajes que pasaron por el TBO y las publicaciones en las que este ejerció, y probablemente sigue ejerciendo su influencia, se convirtieron en auténticos iconos de la cultura popular.

Durante la posguerra fueron una forma de ocio asequible a la infancia a la vez que permitían una evasión de la triste realidad, y hoy en día sobreviven como una de las tres grandes escuelas de la posguerra. Su pervivencia durante tantos años se debe atribuir a su calidad intrínseca y a su falta de compromiso ideológico, pero también al hecho de que representaba para muchas personas, un fuerte lazo de unión con el pasado.

100 años de TBO