12 mayo, 2017. Por

Sueño

Por qué el sueño de Andrés Lima no consigue transportarnos a otro mundo
Sueño

La correlación entre sueños y realidad es algo singular. Y en ella se ha basado Andrés Lima para encarar su último proyecto con el Teatro de la Ciudad: Sueño, un montaje que, al igual que La Ternura de su compañero Alfredo Sanzol, investiga los mecanismos de la comedia shakesperiana para crear algo completamente nuevo pero de aire conocido. En este caso, el punto de partida de Sueño es una tragedia personal, la muerte de su padre: como nos dijo Lima en la entrevista que le hicimos hace unos días, “Tragedia + Tiempo = Comedia”, así que con el paso del tiempo se puede afrontar un hecho como este desde una óptica menos dolorosa.

Así vemos al protagonista, Faustino, a la espera de su último viaje en una residencia de ancianos. Pero él no se resigna y quiere beberse hasta la última gota de su vida, literalmente, como cualquier alcohol que tiene al alcance. Y cuando bebe, su mente se trasporta a un espacio-tiempo en el que pasado e imaginación se dan de la mano y en el cual se ve representada una fábula al más puro estilo del Sueño de una noche de verano, pero con los dos amores de su vida como personajes protagónicos. Una loca encantadora siempre a su vera, el hijo que ejerce a la sazón de narrador (representado por una mujer, como el resto de personajes masculinos de la obra) o las enfermeras de la residencia son otros de los habitantes que navegan entre realidad y ensueño en la mente del protagonista.

Pero sucede una cosa con este Sueño y sus relaciones entre planos: que la imaginación no llega a interesar tanto como su referente, esos cuadros padre-hijo que nos pinta Lima de una manera muy especial. Tal vez Lima ha errado en su propuesta de abordar justo este tema en este proceso de investigación. Y de no haber conjugado esos mecanismos shakespearianos (o tal vez no de esta manera) Sueño seguramente se habría convertido en uno de sus mejores montajes (o el mejor).

Porque se nota que hay algo muy personal en esta historia (como por ejemplo lo hay también en esa La Respiración de Sanzol, que va a volver dentro de poco a la Abadía, por cierto) y consigue transmitirlo, al estilo absurdo y hermosísimo de los mejores. Pero cuando el verso entra en juego, hay algo que no funciona. Parecen dos funciones independientes que acaban por quedar como agua y aceite (aunque hay que reconocer que el final sí que consigue su objetivo de fusión con creces). El caso es que es el mismo Lima quien nos saca de ese particularísimo confesionario en el que nos había conseguido introducir (ya solo la reiteración de elementos en las transiciones al país de Morfeo acaba por agotar un poco).

Hay que reconocer también que uno de los momentos más extraños y fantásticos, por otra parte, se ubica en este terreno onírico: una reinterpretación de la mítica y ya de por sí raruna canción Wuthering Heights bastante tremenda. No vamos a decir que Nathalie Poza sea Kate Bush, pero la verdad es que hay que tener narices para enfrentarse a un tema de estas características. Y salir victoriosa, además.

Los intérpretes además realizan un trabajo espléndido, desdoblándose o triplicándose en diferentes personajes y sexos. Chema Adeva regala una interpretación muy hermosa, guiándonos con mano firme en los viajes de su personaje, pasando de la desidia a la pasión en instantes. La loca de Laura Galán es pura maravilla, una composición bellísima la suya y llena de detalles dignos de atención. Su lectura final conjugada con ese melancólico rebuznar es un momento de extraña y preciosa poesía que pone los pelos como escarpias (y es que Lima regala en este montaje algunos de sus momentos más inspirados de puesta en escena y dramaturgia). Nathalie Poza, además de cantar el temazo, realiza, como siempre, una labor espléndida como ese hijo lleno de sentimientos encontrados (y esa amada, algo loca también, del ensueño). María Vázquez (que ojalá se le viera más por la gran pantalla, por cierto) por su lado demuestra que también se defiende perfectamente sobre las tablas. Y Ainhoa Santamaría (a quien vimos en Feelgood) vuelve a demostrar que tiene una vis cómica fabulosa, especialmente en el personaje de esa prostituta yonki que acompaña al protagonista en uno de los cuadros más delirantes y maravillosos de toda la función.

Una pena que los ensueños de este Sueño no nos lleguen a transportar a otro mundo, porque la realidad y verdad que vemos en su otra vertiente sí que lo consiguen con creces. Aun así, merece muchísimo la pena este acercamiento a la muerte de un ser querido lleno de instantes únicos, un Sueño sugerente y de extraña poesía que se puede vivir en la Abadía.

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