20 noviembre, 2018. Por

Stanley Kubrick

El universo del cineasta más determinista y singular de todos los tiempos, llega en forma de exposición
Stanley Kubrick

La Academia siempre ha tenido la mala costumbre de no reconocer a los directores que a la larga se convierten en leyendas y Stanley Kubrick no fue una excepción. Solo se llevó el Óscar por los efectos especiales de 2001, una odisea en el espacio, pero quizá precisamente por eso sabemos que fue un auténtico genio. Todo lo que puede ser escrito o pensado, puede ser filmado, decía el director. Y lo demostró con su talento para adaptar hasta los textos más difíciles.

La naranja mecánica supuso un alarde de innovación técnica y estilística y abordó con una tremenda crudeza el tema de la violencia individual y del estado, una de sus grandes obsesiones. En Barry Lyndon, adaptación de una novela victoriana, sorprendió con una soberbia ambientación basada en la pintura inglesa del siglo XVIII en la que llegó a usar velas para iluminar alguna escena. Su narrativa simétrica muestra cómo la fotografía, más allá de un momento decisivo, bien podría ser un encuadre muy premeditado. Desde los 13 años el cineasta comenzó a entrenar su mirada para la fotografía, gracias a una cámara que le regaló su padre. A los diecisiete logró vender una de sus imágenes a la revista Look. Esto le proporcionó un gran dominio sobre la iluminación, además de un excelente criterio para la selección de elementos dentro del encuadre.

«Su determinismo, ya sea en forma de acciones que no pueden solucionarse o un establishment en forma de sociedad, fue un leitmotiv proporcionado por un profundo pesimismo social que le permitió crear nuevas soluciones expresivas en el manejo de la causalidad narrativa y en la construcción del espacio y tiempo fílmicos»

De todas estas cosas se hace eco una exposición en el CCCB -con el crítico de cine y escritor Jordi Costa como responsable de su adaptación en Barcelona- que le rinde homenaje hasta el 31 de marzo, repasando la trayectoria creativa del realizador neoyorquino desde sus primeros pasos como fotógrafo para la célebre revista Look, pasando por cada uno de sus doce largometrajes en orden cronológico. La muestra contiene piezas icónicas, utilería y vestuario original para auténticos fetichistas, como los vestidos de las hermanas gemelas y el hacha de Jack Torrance de El resplandor; el storyboard de Barry Lyndon, el casco con el lema «Born to kill», de La chaqueta metálica o las máscaras de Eyes Wide Shut, pero también podrán verse todos los documentales del Kubrick iniciático y sus primeras incursiones en el cine negro, con algunas rarezas como el guión de Along came o algún proyecto fallido, como su Napoleón, que Kubrick definió como “la mejor película jamás realizada”.

En cierto modo, el determinismo, es decir, el hecho de que el destino se imponga constantemente a sus personajes, ya sea en forma de acciones que no pueden solucionarse o un establishment en forma de sociedad, fue un leitmotiv proporcionado por un profundo pesimismo social que le permitió crear nuevas soluciones expresivas en el manejo de la causalidad narrativa y en la construcción del espacio y tiempo fílmicos.

Otro punto a favor de la expo son las muestras de la correspondencia privada que Kubrick mantenía con otros artistas. En una carta, Kirk Douglas expresa lo mucho que lo extraña, en otra, Vladimir Nabakov le suplica que no recorte tanto su obra. Completa la muestra un montaje audiovisual de Manuel Huerga en el que, a través de múltiples y pequeñas pantallas, se nos muestra a Kubrick en la cotidianidad de su trabajo rompiendo así el mito de Kubrick como un ser huraño y obsesivo – a pesar de que llegó a reunir una base de datos con más de 30.000 ilustraciones para sus películas-. Pero es que, a veces, hay que tener buenas dosis de meticulosidad y perfeccionismo para conseguir hacer doce películas perfectas.

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