22 noviembre, 2017. Por

Sólstafir

La luminosa belleza que surgió del metal vikingo
Sólstafir

Cuando le sugieres a alguien que escuche a Sólstafir, el aire se suele enrarecer cuando añades la coletilla “es una banda de metal vikingo procedente de Islandia”. Supongo que son palabras que ahuyentan al gran público. Pero es una sensación del todo injustificada: primero, porque aunque Sólstafir desarrollaran los primeros pasos de su carrera envueltos en un halo metalero verdaderamente oscuro, esto ya no es así. Segundo, porque una tiende a creer que la belleza es capaz de trascender más allá del género en el que se etiquete. Y lo que hacen Sólstafir es, ante todo, bello. Y, tercero, porque sus dos últimos discos, Ótta (2014) y Berdreyminn (2017), son dos de los mejores álbumes de rock que hemos podido disfrutar en lo que llevamos de década.

Sin miedo a cantar en su idioma natal, el islandés, y tratando de marcar la diferencia constantemente, tanto con respecto al mundo del metal como al del shoegaze indie; este cuarteto tiene todos los ingredientes para hipnotizar tanto a los amantes del rock más contundente como a los exploradores de la escena más etérea del post-rock. Este año con Berdreyminn han continuado y ampliado la ya de por sí impresionante estela que dejó Ótta: una especie de poema onírico escrito en un rock desgarrador, inevitablemente evocador de los salvajes paisajes de Islandia pero que se movía al ritmo de las rutinas monásticas medievales.

Las atmósferas cristalizan levemente en Berdreyminn, haciendo uso de una pegada rock de corte más clásico, como Ísafold o Nárós, con beats claros y percusión contundente, así como un buen puñado de referencias al darkwave. El resultado es un álbum todavía más accesible al gran público pero que conserva momentos, como Hula o Hvít sæng, del tremendo lirismo de su predecesor. Y lo hacen, utilizando muchos de los recursos del post-rock (como en el movimiento final de Nárós) que es, generalmente, instrumental, pero sin perder nunca de vista el uso de la, eso sí, muy peculiar y descarnada, voz de Aðalbjörn Tryggvason.

El resultado es casi una hora de adictiva contundencia, de paisajes neblinosos, ritmo homogéneo y una belleza intangible, difícil de describir, pero de la cual también es complicado escapar. Cortes como Hvít sæng pasean por todo el abanico de emociones que Sólstafir parecen manejar a la perfección: toques enigmáticos, una melodía que se construye sin prisa y un desenlace de rock conmovedor e impactante.  Incluso hay cortes en Berdreyminn en los que, “por monentos”, Sólstafir suenan a una banda de rock normal. Es el caso del arranque de Ambátt.

Pero siempre aparecen, o bien unas inesperadas armonías vocales o bien un tremendo diálogo entre la guitarra y el teclado que marcan la diferencia. La persecución de sensaciones verdaderamente orgánicas y el contundente éxito a la hora de evocar paisajes, especialmente los marinos, son las señas de identidad de estos cuatro islandeses. No es casualidad que a uno le baste cerrar los ojos mientras escucha los discos de Sólstafir para que casi sienta el sabor del salitre contra su rostro mientras lo mecen las olas.

Gira:
23.11: Bilbao, Santana 27
24.11: Madrid, Caracol
25.11: Barcelona, Razzmatazz 2

Sólstafir