4 abril, 2018. Por

Soleá Morente

Así se construye una diva novopop, una neotonadillera de pasado mañana
Soleá Morente

Ni se lo pensó tanto como su hermano Kiki; ni se ligó tanto su obra a la herencia sonora y conceptual de su padre, como sí le sucedió a Estrella; pero hay algo en las artes kamikazes de Soleá, la pequeña pura raza de la familia Morente, que no acababa de convencer en las primeras obras que firmó en sus primeros seis años de trayectoria, los que rodó primero como vocalista acompañante de Los Evangelistas (el supergrupo homenaje a Enrique Morente que formó el núcleo duro de Los Planetas y Lagartija Nick) ni con su irregular álbum debut, Tendrá que haber un camino.

Sin embargo, el título de aquel debut parece cumplirse, aunque haya sido con carácter retroactivo: ese camino que Soleá Morente confiaba que habría, efectivamente existe. Y así se plasma en Ole Lorelei, un ejercicio que quizá busca esquivar menos que en sus movimientos anteriores su conexión flamenca (no es que la evitara, pero había un esfuerzo por mostrarse en márgenes más cerca del pop, la psicodelia y la música alternativa que por ser una portadora del duende que le corre por la sangre), pero que a la vez encuentra un universo propio.

«Así se construye una diva novopop, una neotonadillera de pasado mañana que sabe rebuscar, identificar y actualizar los tics de las tradiciones de ayer y antes de ayer para construir algo tan impreciso y universal como abierto e impredecible»

Un universo que, sí, demuestra la valía de su apellido; esa que se cristaliza en el riesgo, en la apuesta por las conexiones aparentemente imposibles, en el arte de lo imprevisible e impredecible, y que orbita en todo el disco: tanto en las sonoridades que van del synthpop al cante por alegrías o los fandangos, la rumba indie, la misa flamenca autotuneada o conexiones con Camela, Las Grecas o Jeanette.

Pero, a su vez, esta Soleá utiliza esas aristas abiertas de, como ella misma dice, “la escuela de la percepción de Enrique Morente” para articular un discurso propio, que no solo marca cierta distancia con las marcas más identificables de su riego sanguíneo; sino que se erige como lo que se prometía y, hasta este Ole Lorelei, no habíamos olido: quizá estemos ante una de las mentes más vívidas e impredecibles de la rehabilitación de las tradiciones de la cultura pop española: la flamenca, la coplera, la pop, la indie y la que venga. Así se construye una diva novopop, una neotonadillera de pasado mañana que sabe rebuscar, identificar y actualizar los tics de las tradiciones de ayer y antes de ayer para construir algo tan impreciso y universal como abierto e impredecible.

«El título de su debut (‘Tendrá que haber un camino’) parece cumplirse, aunque haya sido con carácter retroactivo: ese camino que Soleá Morente confiaba que habría, efectivamente existe. Y así se plasma en ‘Ole Lorelei’, su segundo álbum largo»

Consigue llevar la raíz más morisca del flamenco al territorio de la saeta-wave (La Alondra), parece refundar el sonido de los primeros Chambao (Anoche me preguntabas), redefine la relación entre jazz, pop moderno y flamenco (Por qué será) y firma hits dignos del Sonido Caño Roto tanto cuando suena como una Jeanette imaginaria con mucho de la Motown (Ya no sólo te veo a ti) como cuando reimagina el sonido de Las Grecas con guiños a Destroyer o Kurt Vile (Olelorelei) o cuando tira por la facción más hedonista, dance y gasolinera de Camela (Baila conmigo).

Deja ramalazos para la construcción de un nuevo flamenco tanto cuando parece cantar bajito y en secreto una nana caló (Amores), cuando construye una alegría con mucho de seguiriya punk (Grandes Locuras), cuando mira de frente a los fundamentalistas de la ortodoxia flamenca cantando por bulería con auto-tune (La misa que voy yo) o cuando se hace un corte en el brazo y saca la sangre morentiana (Por tu querer como un niño).

Soleá Morente