17 octubre, 2017. Por

Smoking Room

Un ‘Juego de tronos’ oficina adentro para ver quién la tiene más grande
Smoking Room

Las pequeñas cosas son las que consiguen darnos pasos grandes. Los triunfos, las victorias, los ascensos, la toma de posesión de espacios vacíos, conseguir posicionar tu mensaje en un espacio en el que se debatían varios, la última palabra. Las conversaciones de besugo que deberían ser o deporte olímpico o género literario. Un juego de tronos, una medida de miembro viril, un nuevo empleo, una subida de sueldo, una sala para fumar.

Aunque en las últimas semanas nuestro país parece haber tomado otras técnicas para conseguir pequeños grandes avances o triunfos, se supone que hablando se entiende la gente. Eso es lo que plantearon hace quince años Julio Wallovits y Roger Gual en uno de los grandes films de culto de principios de siglo: una Smoking Room que se debatía entre el relato filosófico de uso cotidiano, un thriller bañado en una comedia negra tan dramática como surrealista y la conquista del diálogo como medio y fin, como estrategia, como juego de ajedrez plasmado en la gran pantalla, pero con un estilo rompedor: entre el teatro y lo que años más tarde veríamos en el cine de guerrilla.

Algo nació con Smoking Room, y ahora Roger Gual, la mitad de aquella pareja que revolucionó el cine independiente estatal (consiguió el Goya a Dirección novel), coge el mando para adaptarla en una versión para las tablas, un lugar que no le resulta demasiado ajeno: la película tenía mucho de teatro, y así se respira en esta versión, en la que Gual aprovecha para llevar al límite del teatro del absurdo o de la tragicomedia filosa y filosófica un montaje que cambia prácticamente todas sus caras (sólo sobrevive Manuel Morón del reparto de la película, pero en un papel diferente) pero que consigue articular un nuevo subtexto, una nueva dimensión.

Sería injusto llevar a la comparación la película y la obra de teatro. Sería injusto comparar el hacer del reparto del film (con un histórico Eduard Fernández gobernando un reparto repleto de ilustres: Juan Diego, Antonio Dechent, Ulises Dumont, Francesc Garrido, Chete Lera, Miguel Ángel González…) con el hacer del lujoso reparto teatral (con unos enormes Manolo Solo, Miki Esparbé, Edu Soto, Secun de la Rosa, Pepe Ocio o el mentado Manuel Morón).

«Un producto diferente a la película, que incluso la enriquece, utilizando un gancho común, una estrategia de fondo (las micro-luchas de cada uno de los trabajadores por posicionarse de un lado o de otro) y unos diálogos comunes para acabar hablando de algo que vivimos en nuestro día a día: quién la tiene más grande»

 

Sobre todo, porque el film está llevado a un terreno en donde la tensión del thriller estratégico se asemeja más a una batalla de judo, con tanto de película doméstica casi documental como de drama asfixiante, encerrado en las cuatro paredes de una oficina; mientras que la obra de teatro juega más con las cavilaciones de la comedia a través de la reutilización de unos diálogos casi mecánicos, robóticos, como humanos-autómatas al borde de un ataque de nervios, para acabar dibujando una exploitation tan cerca de Juego de Tronos y The Office como de Un dios salvaje o El Método.

Se trata de un producto diferente, que incluso la enriquece, utilizando un gancho común (la lucha de uno de los trabajadores por juntar firmas para tener una sala para fumar), una estrategia de fondo (las micro-luchas de cada uno de los trabajadores por posicionarse de un lado o de otro) y unos diálogos comunes, para acabar hablando de algo que vivimos en nuestro día a día, y últimamente más aún: cuál es la estrategia ganadora, quién la tiene más grande.

Smoking Room