13 diciembre, 2018. Por

Ska-P

La banda vallecana suena tan conservadora como el sistema al que critica
Ska-P

Recuerdo con cariño aquella tierna preadolescencia en la que, aún sin líquido preseminal en mis partes nobles y desde el cono sur del Tercer Mundo, descubría a bandas como Ska-P, que eran una especie de ventana del anarquismo pop al Primer Mundo y que se adherían en mi cerebro de manera inmediata: al margen de la indudable categoría pop de repertorios como los de El vals del obrero, Planeta Eskoria, Eurosis o ¡Que corra la voz! (muchas de esas canciones siguen siendo básicas en karaokes o verbenas populares) servían también como medio divulgativo e introducción a la política anticapitalista para un chaval de entre 10 y 15 años que no acababa de saber bien por qué (aunque creía que sí) tenía un póster del Che Guevara en la pared, pero que estaba convencido que es lo que debía apoyar para ser joven.

La educación sentimental de aquellos repertorios ha sido fundamental para que aquel chaval imberbe (que aún lo sigue siendo) conectara con un movimiento musical generacional irrebatible y necesario para que se deje de añorar la, para mí, por entonces añorada Movida y que me permitiese encontrar otro tipo de productos que formaban parte de la industria, pero en paralelo a la omnipresencia de los productos mainstream; pero, sobre todo, que también se comenzara a hacer preguntas relacionadas con la justicia social, la política, la despenalización de las drogas, los medios de comunicación, la religión, el servicio militar, la violencia machista, la libertad sexual, algunos mecanismos antidemocráticos del engranaje democrático, la censura, las fuerzas y cuerpos de seguridad, la monarquía, los derechos de los trabajadores, la inmigración, el cosmopolitismo y mestizaje, la lucha de los pueblos oprimidos o la importancia de desarrollar lazos de amistad.

«Un grupo puede seguir siendo bueno, pero cuando ha centralizado tantas fuerzas en su discurso es importante que sigan siendo necesarios. Y, hoy por hoy, Ska-P ya no lo son»

Ahora, que no solo tengo líquido preseminal en mis partes nobles, sino también canas en el pubis, ¿tiene sentido el rearme de Ska-P para seguir lanzando las mismas proclamas que hace más de 15 años lo convirtieron en uno de los grupos insignia del ascendente y millonario movimiento del ska-rock-punk urbano-transgresivo español de finales del Siglo XX y principios del XXI? Como le sucedió a Manu Chao y muchos otros de aquella generación, desde parte de la opinión pública se buscó deslegitimar los mensajes combativos, antiimperialistas y anticapitalistas de una banda que no solo formaba parte del engranaje de la industria multinacional (sacaban sus discos con BMG).

Ska-P, a diferencia de otros artistas con un modus operandi similar (desde Extremoduro y Platero y Tú a Rosendo, Reincidentes, Porretas o Los Suaves: en algún momento de aquellos años, todos pasaron por el aro de las multis), centralizaron los ataques: su popularidad, su capacidad de representantes universales de aquella escena y los constantes cuestionamientos a su discurso cáustico y crítico con el sistema, aún formando parte de la facción más millonaria de su engranaje, convirtieron, para muchos, al grupo en una especie de parodia de sí mismos, de músicos que no predicaban con el ejemplo que sus proclamas reclamaban; y los mitos y leyendas en torno a dónde vivían, por dónde salían, y la mutación que las personajes detrás de los personajes habían sufrido con su éxito, pusieron en tela de juicio, como le sucede a figuras públicas como El Gran Wyoming, todo el sistema que tenían montado: si eres millonario, ¿puedes seguir siendo portavoz de los pobres y oprimidos?

«Quizá va siendo hora de que la banda vallecana reinicie sus postulados y sus votos con la militancia artística-musical antes de seguir renovando eternamente y a ciegas los votos con la funcionalidad de un registro que le dio mucho éxito en años anteriores, pero que ahora los presenta como una banda tan conservadora como a los partidos y al sistema al que atacan»

A la vez que se convertían en un proyecto que no dejó de arrasar en América Latina y buena parte del circuito musical europeo (en el Woodstock polaco reunieron a medio millón de espectadores hace un par de años, y lo plasmaron en un disco), en España comenzaron a dejar de estar tan presentes: en los últimos diez años poco han tocado por aquí, y la enfermedad de su líder Pulpul (en 2015 tuvieron que parar porque sufría tinnitus), el infarto de su batería Luismi y la conflictiva marcha del corista Pipi (con batalla de comunicados incluidos) casi acaban con la banda. Sin embargo, ahora regresan con Game Over, un álbum que juega precisamente con esa idea de “grupo fuera de juego”, pero que mantiene las marcas reconocibles del grupo.

Game Over demuestra el estancamiento de Ska-P a todos los niveles. Si bien es evidente e indiscutible que estamos ante un grupo que consiguió desarrollar unas marcas perfectamente reconocibles, también es cierto que ha pasado el suficiente tiempo como para dar un paso adelante. Incluso en Planeta Eskoria se permitieron jugar con texturas electrónicas, y en ¡Que corra la voz! se acercaron a registros más propios del rock melódico, la polka, el ñu metal o el folclore celta. Aquí, el sonido sigue tirando de los ritmos ska-punk marca de la casa; y la sensación que tenemos es que Ska-P han pasado de ser padres de grupos como La Pegatina, Txarango, La Sra. Tomasa o La Raíz a ser, ahora, un grupo que va por detrás de ellos, al menos en lo que a aperturismo sonoro se refiere. ¿Se puede seguir hablando de lucha cuando te has convertido en un grupo que ha dejado de luchar por ser mejor de lo que era?

«El sonido de la banda sigue tirando de los ritmos ska-punk marca de la casa; y la sensación que tenemos es que Ska-P han pasado de ser padres de grupos como La Pegatina, Txarango, La Sra. Tomasa o La Raíz a ser, ahora, un grupo que va por detrás de ellos, al menos en lo que a aperturismo sonoro se refiere. ¿Se puede seguir hablando de lucha cuando te has convertido en un grupo que ha dejado de luchar por ser mejor de lo que era?»

Por encima, en Game Over no solo siguen recurriendo a las mismas proclamas discursivas que utilizaban a mediados de los ’90 (su crítica a la monarquía, el patriotismo, la Unión Europea, el borreguismo, la religión, etc.), desperdiciando uno de los momentos de mayor agitación sociopolítica de la democracia (sí, hay un guiño al movimiento feminista en Brave Girls; pero no priorizan en absoluto el nuevo sistema de partidos, el Bréxit, los últimos casos de corrupción, los Panama Papers, las ‘nuevas guerras’, las nuevas relaciones internacionales, el auge de la extrema derecha, etc.). El carácter atemporal de sus letras convierten sus nuevas canciones en transversales, sí; pero también podrían ser descartes de canciones de 1996 o 1998. Y eso, cuando se es un grupo con intención de agitar las mentes, no es positivo. Mucho tiene que aprender Pulpul de Evaristo Páramos y sus Gatillazo; o incluso de Albert Pla.

Quizá va siendo hora de que la banda vallecana reinicie sus postulados y sus votos con la militancia artística-musical antes de seguir renovando eternamente y a ciegas los votos con la funcionalidad de un registro que le dio mucho éxito en años anteriores, pero que ahora los presenta como una banda tan conservadora como a los partidos y al sistema al que atacan. Un grupo puede seguir siendo bueno, pero cuando ha centralizado tantas fuerzas en su discurso es importante que sigan siendo necesarios. Y, hoy por hoy, Ska-P ya no lo son.

Ska-P