12 diciembre, 2017. Por

Sierra

El heredero que faltaba de Jaime Urrutia, Carlos Berlanga y Eduardo Benavente, en 2017
Sierra

“¿Por qué eres tan grande? ¿Cómo lo has hecho? Seguro serás inmortal”, se pregunta Hugo Sierra para acabar A ninguna parte, su debut largo para Sonido Muchacho. Podría decirse que Prisma en Llamas, contigo empezó todo” al hablar de la evolución de Sierra en el proyecto que lleva años caminando firmando con su primer apellido. Tiene sentido hablar de Sierra como una evolución absolutamente pop, que perfila los matices del surf-pop y las diferentes atmósferas melódicas que ha permitido la “nueva ola” a lo largo de los años ’80 (de la new wave al post-punk, los guiños góticos y hasta el tecno-pop); pero quizás deberíamos intentar colarnos en el imaginario colectivo que lleva años habitando la habitación del músico.

“Sierra suena como el paso adelante que treinta años atrás alguien debería haber dado para relevar a Jaime Urrutia, Fernando Márquez ‘El Zurdo’, Eduardo Benavente, Carlos Vaso o el mismísimo Carlos Berlanga”

Sin haber tenido acceso a esa llave, lo que uno se imagina al escuchar el preciosista y, sin embargo, oscuro y negativista repertorio de A ninguna parte, dilatado sucesor de aquel 10’’ titulado Tiene mucha fuerza y debut en largo del que fuera líder de Margarita y Prisma en Llamas: los ecos a la década de los ’80 son inevitables, y prácticamente sin tregua se posiciona como el heredero más superlativo y superdotado de esa innata capacidad para componer melodías bonitas apesadumbradas por mensajes de revitalizante bajonería: de algún modo, Sierra suena como el paso adelante que treinta años atrás alguien debería haber dado para relevar a Jaime Urrutia, Fernando Márquez ‘El Zurdo’, Eduardo Benavente, Carlos Vaso o el mismísimo Carlos Berlanga.

En A ninguna parte no sólo Hugo Sierra no va “a cualquier otra parte” como Dorian, sino que es de esos que ya no cree en la gente, y así lo plasma en letras que se debaten entre el alevoso elogio de lo noctámbulo y el brillante encanto de la melodía embriagadora, del estribillo repetitivo, de los riffs circulares entre el surf y el indie de las primeras referencias de Slumberland o el llamado C86. Por allí resuenan reflujos surf-pop que recuerdan a los primeros The Drums o, si se quiere mirar hacia el underground madrileño, a los extintos Juanita y los Feos (No eres increíble, Me destrozaré o A ninguna parte: tres auténticos himnos que suenan a generacional con carácter retroactivodado su poso retro), hacen ojitos al sonido ochentero y ochentoso de The Cure (Amiga extraña) y The Smiths (Hacerlo fuerte), pero también se juegan otras cartas.

Desde ciertas cavilaciones airadas del post-punk de autor, ese para tocar con guitarra acústica alrededor de una hoguera en un campamento de verano o en un karaoke gótico (Todo el tiempo), hasta internamientos al fondo del pop maquinero como si Carlos Berlanga hubiera compuesto algún hit para Azul y Negro o Trúpita (Perfectamente), vestimentas post-punk de autor, en un registro que recuerda al de los Gabinete Caligari de Camino Soria (Aléjate o No quiero ser un hombre), ennegrecidos ritmos sixties que oposita como himno para una neo-Movida (La noche criminal) y hasta el ensayo para una despedida con una tecno-nana que rebosa síntesis (Lala).

Quizá no sea Camino Soria, pero, justo en el trigésimo aniversario de la publicación de aquel álbum fundamental para el devenir del pop español, este Camino Malasaña es de lo mejor que escucharéis en territorio estatal de todo 2017.

Sierra