29 junio, 2018. Por

Sicario: El día del soldado

El cine de acción según Trump
Sicario: El día del soldado

Hace unos años, llegó a nuestra pantalla Sicario (2015), firmada por Denis Villeneuve como director y uno de los guionistas de moda, el especialista en neo-western fronterizos Taylor Sheridan (Comanchería o Wind River). La película se presentaba como una visión crítica de la brutalidad de los cárteles mexicanos que controlan el  tráfico de drogas en la frontera sur de la superpotencia y de la guerra sucia emprendida contra ellos por las agencias de inteligencia; a esa apariencia, contribuía la dirección de Villenueve y la gran fotografía de Roger Deakins (que ya había ofrecido una ominosa panorámica de la región en No es país para viejos de los Hermanos Coen): las pesadillescas escenas del recorrido por Ciudad Juárez quizás no se atenían demasiado a la realidad o, más bien, no se atenían a la realidad en absoluto, pero, sin duda, impresionaban, como un tour turístico por un infierno instalado sobre la faz de la tierra.

No obstante, esa seriedad era eso, pura apariencia: bajo esa superficie, lo que existía era un thriller de venganza sádico y paranoico que nos retrotraía al dos géneros muy populares a finales de los setenta y en los ochenta, el cine de justicieros, de Bronson y compañía, y las películas de acción de inspiración reganiana en el que se especializó la extinta Cannon, con productos como Delta Force, Invasión USA, etc.

“Los responsables prescinden de los elementos más serios de la cinta anterior, para deleitarnos con una película mucho más bestia, más increíble y, en cierto modo, más divertida y, desde luego, notoriamente más fascistas”

Con Trump en la presidencia, invocando un día sí y otro también los temores de los norteamericanos de a pie hacia sus vecinos del sur, la secuela de Sicario parecía inevitable. Y como sucede en estos casos –pensemos en el cambio de tono entre la pretensión realista de Acorralado y la fantasía hiperviolenta de Rambo 2-, los responsables prescinden de los elementos más serios de la cinta anterior, para deleitarnos con una película mucho más bestia, más increíble y, en cierto modo, más divertida y, desde luego, notoriamente más fascistas.

Villeneuve y Deakins abandonan el barco para la secuela, sustituidos por dos profesionales europeos tan o más competentes, el italiano Stefano Sollima, director de una magnífica película sobre el crimen organizado de su país, Suburra, y dos series tan recomendables como Gomorra y Roma Criminal, y el polaco Dariusz Wolski, cuya larga trayectoria va desde El Cuervo y Dark City de Alex Proyas a las últimas películas de Ridley Scott (El consejero, Prometheus, El marciano, Alien Covenant, Todo el dinero del mundo…).

Tampoco contamos con Emily Blunt, cuyo superfluo personaje era lo más flojo de la entrega anterior; pero regresan Benicio del Toro y Josh Brolin, para exterminar a cualquier elemento de tez oscura que amenace el american way of life. Como peregrina excusa, Sheridan es capaz de mezclar –con dos cojones- a los narcos mexicanos con los jihadistas musulmanes, deseosos de  atentar en Estados Unidos, lo cual merecería uno o dos tuit de aprobación, al menos, del presidente Trump.

“‘Sicario: El día del soldado’ da en cualquier caso lo que promete, y más: dos horas de tensión, mal rollo, acción sombría y despiadada, estoicos supersoldados, terroristas suicidas, niños inocentes reclutados por los cárteles y alguno de los planes más absurdos jamás planteados”

Sicario: El día del soldado da en cualquier caso lo que promete, y más: dos horas de tensión, mal rollo, acción sombría y despiadada, estoicos supersoldados, terroristas suicidas, niños inocentes reclutados por los cárteles y alguno de los planes más absurdos jamás planteados para enfrentarse a la reyes de la droga (con un retorcido homenaje a western más oscuro de Ford, Centauros del desierto, incluido). Todo perfectamente rodado, con muchísimo dinamismo y ritmo: a los pocos minutos tenemos la sensación de que casi cualquier secuencia va a terminar con un hallazgo espeluznante o una explosión de violencia. En ese sentido, Sollima demuestra que es uno de los cineastas más capaces del panorama actual y consigue que no echemos de menos a Villenueve.

Si tuviéramos que definir a Sicario 2 con una frase sería como la versión ultrafacha de la notable Traffic, de Steven Soderbergh, con la que además comparte protagonista. Aunque la película de Soderbergh al menos tenía la honradez de reconocer en su desolado final que nos había relatado episodios de una guerra en la que no existía la menor posibilidad de victoria. Recomendable para ver en sesión doble con la brasileña Tropa de élite –con la que tiene en común la excelencia en la acción y la turbiedad ideológica- o, qué demonios, con alguno de los hitos ochenteros del gran Chuck Norris.

Sicario: El día del soldado