20 julio, 2018. Por

Siberia

El personaje que Keanu Reeves construyó en ‘John Wick’ sigue molando; pero esta película no
Siberia

Hace no demasiado tiempo, la humanidad, o al menos una buena parte de ella, logro ponerse de acuerdo en algo: en su valoración de Keanu Reeves. Por fin nos hemos rendido ante una de las estrellas más singulares y heterodoxas del Hollywood de las últimas décadas: Keanu, definitivamente, mola. Un tipo que ha protagonizado un sinfín de clásicos populares de los noventa y los dosmiles –Le Llaman Bodhi, Drácula de Bran Stoker, Speed, Pactar con el diablo y, sobre todo, Matrix– y que, al mismo, tiempo no ha dudado en participar, en una curiosa carrera paralela, en un montón de cintas independientes, algunas ya de leyenda, de Mi Idaho Privado de Gus Van Sant a The Neon Demon de Winding Refn y The Bad Batch de Ana Lily Amirpour.

Después de unos años consumidos por problemas y tragedias personales, Keanu regresó a lo más alto gracias al éxito de la actual bilogía y futura trilogía de John Wick. Unas películas que, además de reconciliarle con la taquilla, han terminado de asentar su imagen, su presencia como icono del cine actual: un tipo impávido, silencioso, tal vez endurecido, pero con un fondo de nobleza o, al menos, un código de honor propio. Algo que reproduce en su nueva película, Siberia, un thriller criminal, oscuramente romántico. Lamentablemente, si bien Keanu sigue molando, la película no. En absoluto.

“A pesar del indudable carisma que Keanu Reeves aporta a su personaje, se trata de una película que apenas merece la categoría de telefilme y que sólo valdrá la pena para los fans más acérrimos del actor. Para los demás, siempre nos quedará el tercer John Wick

Keanu interpreta a Lucas, un traficante de diamantes estadounidense cuyos negocios le llevan a menudo a la Rusia actual. Sin embargo, cuando llega a San Petersburgo para realizar una transacción, algo inesperado sucede: su socio local, Pyotr, ha desaparecido con un alijo de piedras preciosas; y el comprador que iba a recibirlos, un gángster llamado Boris (Pasha D. Lychnikov) no se lo toma nada bien. Así que Lucas no tiene más remedio que partir a la desolada Siberia, siguiendo las huellas del desaparecido.

En el 90% de las películas, eso sería la excusa para poner en marcha un emocionante cinta de intriga y acción. No en este caso. Como sucedía en la anterior película de su director, Matthew Ross, que hace unos años nos sorprendió con una estimable –sobre todo, en comparación con su nueva obra- película independiente, Frank & Lola, protagonizada por unos excelentes Michael Shannon e Imogen Poots, quienes interpretaban a una pareja de náufragos sin rumbos que se encontraban en una ciudad tan propicia para espíritus solitarios como es Las Vegas, una mínima trama de misterio sirve de excusa para centrarse en la intimidad de sus personajes.

En la Siberia de la película –que tiene más o menos el aspecto de un suburbio estándar de cualquier ciudad industrial norteña- Lucas se encuentra varado, sin nada que hacer –tampoco hace un gran esfuerzo en investigar el paradero de su socio- y dedica su tiempo a hacer melancólicas llamadas por Skype a su esposa norteamericana (Moly Ringwald), que no parece muy interesada en su situación anímica; y a emborracharse en el local de la guapa y solitaria Katya (Ana Ularu). No tarda en nacer una atracción entre ambos, surgida, quizás, más del aburrimiento y del deseo de escapar de la monotonía de su respectivas existencias. Un romance sin esperanzas y con un final, previsiblemente, desastroso.

“Todo discurre con excesiva lentitud; los diálogos son demasiado planos; la relación es tremendamente anodina, rozando lo cutre”

Hace un par de años, en Frank & Lola, el director nos contó con mayor eficiencia una historia similar: la de una pareja que intenta en vano huir de la apatía y de un pasado oscuro. En este caso, no funciona porque la relación no llega a interesarnos: todo discurre con excesiva lentitud; los diálogos son demasiado planos; la relación es tremendamente anodina, rozando lo cutre.

A pesar del indudable carisma que Reeves aporta a su personaje, la verdad es que a lo largo de los noventaytantos minutos de lastimoso metraje, no hace ni sucede nada de verdad interesante. Se trata de una película que apenas merece la categoría de telefilme y que sólo valdrá la pena para los fans más acérrimos de Keanu. Para los demás, siempre nos quedará el tercer John Wick.

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