3 enero, 2018. Por

Shangri-La

El space opera con conciencia de clase a la francesa ya se puede leer en castellano
Shangri-La

La capacidad para convertir cualquier historia en un elaborado alegato político es una de las  señas de identidad del cómic francés. Se trata de un arma de doble filo, determinante a la hora de adorar u odiar el género. Y, para bien o para mal, Shangri-La, de Mathieu Bablet, cumple a la perfección con dicha norma no escrita, convirtiendo su poética odisea espacial post-apocalíptica en un retrato nada sutil de nuestra sociedad materialista y corporativista.

En el futuro la Tierra es inhabitable. Lo que queda de la Humanidad, se hacina en estaciones espaciales que orbitan alrededor del planeta. Dichas estaciones son de propiedad privada, y están regidas por corporaciones opacas y todo en ellas está medido al  milímetro. Incluso se han encargado de crear una especie de perros humanoides que hagan las veces de minoría social sobre la que los atontados humanos descarguen sus iras. La estación que nos ocupa  es propiedad de Tianzhu. Hay algunas voces díscolas dentro de la estación espacial, pero la mayoría que tan solo quiere tener el último modelo de teléfono o tablet TZ y no complicarse más la vida es aplastante.

El poético mundo de color e ingravidez de Bablet reproduce hasta el más mínimo detalle la asfixiante atmósfera de la estación espacial.

Tras una trama aparentemente simple, no se puede negar que Bablet consigue manejar un buen número de capas en su relato. Por un lado, está la obvia lectura sociopolítica, la sociedad borreguil que habita la estación y que se conforma con las migajas que el progreso le deja lamer del suelo. Por otro, el poético mundo de color e ingravidez en el que Bablet la ambienta, que reproduce hasta el más mínimo detalle la asfixiante atmósfera de la estación espacial pero que, también, corta la respiración cuando trata de representar la inmensidad del espacio.

El problema es que Bablet trata de atiborrar su sencilla historia con tantísimo material, que la lectura se vuelve algo densa. Las aspiraciones del pequeño grupo de disidentes suenan manidas, a pesar de ser realistas; y todo el intento de revuelta dentro de la estación orbital carece de interés, pero rellena páginas y páginas de Shangri-La. Y los objetivos de Tianzhu, que son los que remueven la conciencia de Scott, el protagonista, son, cuanto menos, difíciles de digerir. La revolución obrera se mezcla con el afán de la corporación por desarrollar una nueva especie humana, el homo stelaris, que colonice Titán, una de las lunas de Saturno que Tianzhu lleva años terraformando.

Shangri-La es una novela gráfica algo recargada, pero de una belleza indudable.

El desarrollo del homo stelaris lleva a los científicos de Tianzhu a manipular antimateria (no sabría decir bien por qué), con consecuencias catastróficas. Así la cantidad de subtramas que se entrelazan a lo largo de Shangri-La no es para tomarla a la ligera. El resultado es una novela gráfica algo recargada, pero de una belleza indudable. Una historia que gana en los momentos en los que menos texto utiliza y que, aunque contiene más poesía que ciencia-ficción, puede hacer las delicias de muchos amantes de dicho género. Su análisis acerca de las minorías sociales y la fuerza de muchas de las imágenes que presenta bien merecen una pausada lectura.

Shangri-La
Guión y dibujo: Mathieu Bablet
Color: Color
Editorial: Dibbuks
Formato: Cartoné, 24×32 cm
224 páginas

Shangri-La