17 mayo, 2017. Por

Salvador Sobral

La rara avis eurovisiva que sembró la semilla del jazz en el templo del dance-pop
Salvador Sobral

Un auténtica lección de humildad ante tantos fuegos artificiales y un patrón que lleva años defendiéndose (con alguna contada excepción) sobre el escenario del devaluado artística pero no económicamente Eurovisión, el certamen de la canción más codiciado de Europa. Una lección que nos dio Salvador Sobral, el estos días omnipresente (con permiso de Manel Navarro y su criadero de gallinas, pollos, flamencos y otras aves) representante de portugués, inesperado y curioso triunfador de la última edición del certamen.

Entre anonadados y entregados a que este curioso suceso (algo así como si el débil Alavés le gana la final de la Copa del Rey al megalómano F.C. Barcelona por goleada clara y merecida), desde Notodo analizamos las claves, vida y obra de un artista joven pero con una proyección que debería superar la simple anécdota.

UN BICHO RARO PARA REINICIAR EUROVISIÓN

No debería ser raro que un músico joven, europeo y con una soltura expresiva que conecta tanto con el jazz como con el fado, la canción folk anglófona o la propia idea de canción de autor peninsular ganase el certamen de Eurovisión. Pero tampoco es, y valga la redundancia, “raro” encontrar titulares refiriéndose a él como una rara avis, una hermosa anomalía en un certamen que lleva explotando desde hace años y hasta la saciedad productos de una cruza mainstream entre el dance, el r&b de corte americano y el pop de radiofórmula para lanzar serpentinas, globos sonda y fuegos artificiales durante las actuaciones.

Ese tembleque sentido, esa canción de dormitorio, esos falsetes que se funden en una suerte de opereta sinfónica de aires tan folclóricos portugueses como casi jazz fusión han sorprendido. ¿Una canción que no es en inglés? ¿Una balada al piano? ¿Una actuación sin coreografías? ¿Una interpretación a la vieja usanza, como un crooner del siglo XXI? ¿El Pablo Alborán portugués le da mil vueltas al nuestro?

Esperemos que el triunfo de Portugal de la mano de Salvador Sobral no se queda en una simple anécdota para conectar con el público más escéptico, sibarita y, desde hace años, despegado del certamen; y comience no solo a premiarse a registros con una tradición folclórica o una relación cercana con la música de su tierra, sino que también a la hora de seleccionar representantes por parte de cada uno de los países no primen los favoritismos comerciales, sino la calidad expresiva e interpretativa de artistas que consiguen comunicar sensaciones a través de sus canciones.

TU SONIDO NO ME SUENA

Nació en Lisboa, cumplirá 28 años a finales de 2017, lleva años conviviendo con una enfermedad cardíaca, conecta con la música de Chet Baker o Caetano Veloso y lleva al menos ocho años haciendo ruido en secreto: quedó séptimo en la versión portuguesa de Pop Idol hace ocho años, más tarde se marcharía de Erasmus a Palma de Mallorca a cantar en bares y mostrar su interés y conexión con las cavilaciones del jazz y el folk, se marcharía a Barcelona a estudiar en el Taller de Músics, en 2014 actuaría en el Sónar como parte del grupo venezolano Noko Woi y sería recién el año pasado cuando firmaría su primer álbum.

Se trata de Excuse Me, un disco de jazz-folk a piano en colaboración al pianista Júlio Resende, en el que se atreve a cantar en portugués, inglés y castellano y demostrando su conexión no solo con los ídolos antes mentados, sino también con artistas de la valía de Fito Páez, Sílvia Pérez Cruz, Javier Limón, Devendra Banhart, Concha Buika, Dulce Pontes, Bebo Valdés, Hozier, Jamie Cullum o Luciano Supervielle, por mentar solo a algunos con los que comparte un abierto e inclasificable margen a la hora de intentar cazar su registro.

Es difícil saber adónde va ni si su ejemplo sentará precedente, pero tras las repetidas palabras que sirvieron para titular todas las noticias posteriores a su triunfo en Eurovisión (“la música no son fuegos artificiales: es sentimiento”) y tras conocerse ciertos aspectos suyos relacionados con el compromiso sociopolítico (portó una camiseta con el lema “SOS Refugees” en la rueda de prensa posterior a la semifinal) y una evidente vocación por la música de altura, sin ataduras, géneros ni respeto a patrones predeterminados de lo que se supone que debe hacer un artista como él en un sitio como ése.

AMAR PELOS DOIS

La canción que lo está convirtiendo en un fenómeno aun fresco por inspeccionar no es suya: es de su hermana Luísa Sobral. Ella, también letrista, música y compositora, es la culpable de dar a luz que se alzó en el Festival RTP Da Cançao de Portugal para, más tarde, volver a clasificar a Portugal para una fase final de Eurovisión, certamen en el que el año pasado ni siquiera se habían presentado y en el que llevaban casi siete años sin clasificar.

Su interpretación respeta una economía de medios encomiable: la proyección de un sonido prácticamente inédito en el certamen, ávido de espectacularidades en pos del aprovechamiento de unas instalaciones, pantallas e infraestructuras que den “show” y “espectáculo” en esos estadios repletos hasta la bandera. La propuesta de los Sobral, sobria, sentida, intimista y casi silenciosa, se deslizó levitando hacia una inesperada conquista que consiguió poner de acuerdo tanto al jurado profesional como a los televidentes, que a través del televoto apoyaron su triunfo.

No sabemos si este será el principio de una gran amistad entre el público y otro registro musical, si se trata del reclamo de una apertura de los circuitos mediáticos comerciales convencionales a músicas marginadas como el jazz o los ritmos fusión o si se quedará en una simple anécdota. Esperemos que la pretenciosidad no vuelva a imponerse al sentimiento y, sobre todo, que no lo conviertan en un one hit wonder eternamente dependiente de esta icónica canción.

Salvador Sobral