17 marzo, 2017. Por

Safari

Practica el deporte favorito de Juan Carlos I sin moverte de la butaca
Safari

Safari es 100% Ulrich Seidl. Ya conocemos su filmografía, sabemos de qué pie cojea. Seidl es uno de los insobornables francotiradores del cine actual, suena a cliché, lo sé, pero es la verdad. Esta vez, al igual que en Paraíso: Amor, volvemos a África, viajamos de Kenya a Namibia. De hecho, esta película guarda unos cuantos parecidos razonables con Paraíso: Amor, película en la que un grupo de mujeres de avanzada edad disfrutan sin perjuicios de los manjares del turismo sexual made in África.

Esta vez, la burguesía europea no busca el orgasmo a través de la carne sino a través de la caza. Un grupo de personas, incluida una familia que bien podrían ser los Brady pero con rifles, disfrutan de unas vacaciones mientras disparan y matan a todo tipo de animales en plena sabana africana. Pero no estamos hablando de súper multimillonarios sino de clases sociales medias y medias altas. De hecho, Seidl evita a los “big five” (león, elefante, búfalo, leopardo y rinoceronte), ya que estos son los más caros, y lo que precisamente pretende el cineasta es mostrar que casi cualquiera de nosotros podría permitirse ir a África a matar antílopes, impalas, cebras y jirafas. Al escribir “jirafa”, un escalofrío ha recorrido todo mi cuerpo, pero obviamente no voy a hacer spoilers.

“…También podríamos preguntarnos por qué hay guerras. Cuando le das poder a una persona y carta blanca para hacer lo que quiera, el ser humano siempre termina matando. Esa es mi conclusión, es así de pesimista.» Con estas contundentes palabras Seidl intenta ofrecer respuestas a la gran pregunta del film: ¿por qué matamos? Pero, como suele ocurrir en su cine, el número de preguntas está por encima del número de respuestas. Los foráneos al universo Seidl no sabrán muy bien si lo que tienen delante es realidad o ficción. Realidad y ficción se funden ante tus ojos en un confuso, perturbador y cómico tête à tête cuyo germen podríamos encontrarlo en una de las habitaciones de En el sótano, su anterior trabajo, en el que pudimos conocer las entrañas de algunos de estos cazadores.

Decir que en 1840 los alemanes llegaron a Namibia, la colonizaron y la bautizaron con el nombre de “África del Sudoeste Alemán.” Los protagonistas de Safari son alemanes y austriacos, así que la tensión está servida. Y mientras tanto, Seidl, esta vez menos estático que en otras ocasiones, sigue con la cámara a sus cazadores y los filma en sus excursiones campestres y en esas estancias Animal Print con presas decapitadas por todas partes que son algo así como el reverso tenebroso de Wes Anderson. Unos personajes cuya credibilidad es tal que incluso llegas, no sé si empatizar, habrá quien sí, pero sí a verlos como personas reales que, pese a que cazan indiscriminadamente y contemplan impasibles los posteriores y brutales despieces de las presas, encuentran una justificación en sus actos, aunque sea desde los más aberrantes y absurdos puntos de vista. Cruel, demoledora, grotesca, nihilista, como decía al principio, 100% Ulrich Seidl.

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