6 junio, 2018. Por

Ryan Sambol

De ‘strange boy’ a juglar antifolk y post-garage millennial de los suburbios del underground
Ryan Sambol

Parece que está borracho, parece que está sobado, parece que le duele algo cuanto canta. Es lo más parecido que hay al quejío flamenco (aunque parece que se desperece) del cantautorismo rockero del siglo XXI.

Sin embargo, resulta curioso que, habiendo coincidido en el tiempo tanto con la escena indie anglófona de los primeros años de siglo, y con la de garage urgente y destartalado, e incluso formando parte de los dos circuitos durante los más de diez años que capitaneó a The Strange Boys, el tejano Ryan Sambol se haya convertido en una especie de cantautor folky millennial de culto que, mira por dónde, se dará un paseo por España los próximos días (este viernes 8 de junio en el Lucy in the Sky madrileño, y el sábado 9 en el Heliogàbal barcelonés).

“Si el “cuanto peor, mejor para todos” de Rajoy significa que cuanto más marginal se hace la carrera de Ryan Sambol, más sangrante y honesta será su música, vamos a darle la razón a Mariano. Solo esta vez”

Decimos que es curioso porque, mientras desde la prensa especializada (nos incluimos), alabamos sin medida a neo-dandis como el británico Alex Turner, en una deriva más cerca de la canción de crooner experimental que la de icono rockero, Ryan Sambol, a sus escasos 31 años, y con más de media vida sobre los escenarios, le haya tocado lidiar con los vaivenes del underground, sin prácticamente haber catado las mieles del éxito.

Apenas en aquella época en la que los Strange Boys publicaron Be Brave, un álbum que supuso una especie de explosión en un circuito de garage atrapado por los estereotipos, y que a través de la voz de Sambol parecíamos oír (o querer oír) un sonido que nos trasladaba desde la dejadez coreografiada de Julian Casablancas a los aires de big band (pero destartalada) de Elvis Costello y, sobre todo, esa sonoridad a lo Rolling Stones del Exile On Main Street, a la vez que se merendaban a varios de los hypes de aquel circuito, como los Black Lips, los Jacuzzi Boys o Harlem.

“Sigue pareciendo que canta con la boca cerrada; que, mientras está tumbado en la cama sin lavarse la piñata, estira el brazo hacia la guitarra acústica y luego hacia la grabadora de la mesita de noche e improvisa canciones de una tristeza y una honestidad inolvidables”

Pero no pasó de ahí: aunque los tres discos (And Girls Club, Be Brave y Live Music) de la banda norteamericana son tres joyas que bien podrían haber supuesto una especie de fenómeno indie-garagero con aires de crooner maldito, la banda estalló. Desde 2012, Ryan Sambol se convirtió en una figura entre maldita, de culto y marginal; a buen seguro por un paco mutuo: decisión propia y omisión por parte de la industria de su existencia.

Ni tan mal: tras una especie de proyecto puente con aspecto d eproyecto-fantasma llamado Living Grateful, en solitario, si bien perdió cierta frescura, desenfado y esa naturalidad amateur que daba empaque y sonoridad a los Strange Boys, ha ganado en otros matices. Hay una suerte de relato de intimidad cuando canta, de búsqueda de la intimidad extrema cada vez que publica un nuevo trabajo. Al menos en la evolución de estos últimos tres años, la que fue del EP largo o LP corto que publicó en 2015, Now Ritual, y sus dos siguientes EPs, City Slides y Put Upon (el más íntimo de todos).

“Ha conseguido conectar con algunos juglares de baja fidelidad de su generación, pero también ha conseguido ubicarse en un punto ciego de esa pena que transmite entre el Bob Dylan de ‘The Freewheelin’’, el Nick Drake de ‘Pink Moon’, el Alex Turner de ‘Submarine’, un Willie Nelson con perfil de Instagram, un crooner de carretera e incluso aires al Lou Reed de ‘Coney Island Baby’”

Sigue pareciendo que canta con la boca cerrada; que, mientras está tumbado en la cama sin lavarse la piñata, estira el brazo hacia la guitarra acústica y luego hacia la grabadora de la mesita de noche e improvisa canciones de una tristeza y una honestidad inolvidables. Ha conseguido conectar con algunos juglares de baja fidelidad de su generación (de Juan Wauters a Tracy Bryant o Sonny Smith), pero también ha conseguido ubicarse en un punto ciego de esa pena que transmite entre el Bob Dylan de The Freewheelin’, el Nick Drake de Pink Moon, el Alex Turner de Submarine, el Adam Green de Friends of Mine, un Willie Nelson con perfil de Instagram, un crooner de carretera e incluso aires al Lou Reed de Coney Island Baby.

Si el “cuanto peor, mejor para todos” de Rajoy significa que cuanto más marginal se hace la carrera de Ryan Sambol, más sangrante y honesta será su música, vamos a darle la razón a Mariano. Solo esta vez.

Ryan Sambol