6 julio, 2018. Por

Cómo artificializar el flamenco

Rosalía presentó el show de lo que será ‘El Mal Querer’, un atajo ciborg e inanimado para el duende flamenco
Cómo artificializar el flamenco

Hay un arquetipo, una forma, un calificativo aparentemente positivo que ha perseguido al flamenco en todas sus épocas, formas y tendencias: el de ser un género “de verdad”, que nace de la parte más pasional y racial del ser humano, que se tiene o no se tiene, pero que no se puede inventar.

Tras un año llenando teatros con un formato con el que buscaba proyectar la facción más íntima y “de verdad” de su cante, apenas con guitarra y voz y un repertorio sin mayores artificios que lo que veías en el escenario, Rosalía ha decidido artificializar el flamenco, secuenciarlo, primando la parte inanimada por delante de lo que nacía sobre el escenario; alejándose no solo del flamenco de peñas y tablaos, sino también dándole un empaque de falso artefacto cool para que los no-flamencófilos crean que lo son durante una hora, y celebren cada uno de los poquísimos arranques de cantaora que la catalana ofrece en su show, y con la sensación de que estábamos asistiendo a una mutación ciborg, fría, distante, completamente dependiente de la secuencia programada que suena en el reproductor y que a duras penas Rosalía escuchaba por sus retornos, de algo que hasta ahora creíamos que nacía de la pulsión, de lo salvaje, de lo irracional, de la racialidad.

“La crítica no va por reivindicar la supuesta “pureza” del flamenco, ni por pretender que Rosalía se pase el resto de su vida sentada en una silla en teatros acompañada por un guitarrista rindiendo culto a La Niña de los Peines, sino de que su propuesta no suene ni se reciba como se recibió ayer: como un mero plastificado”

La crítica no va por reivindicar la supuesta “pureza” del flamenco (qué antiguo, qué lejos de la realidad y de la necesidad real por celebrar la aparición de voces nuevas como la suya, que están ayudando a resignificar los códigos del flamenco desde una perspectiva contemporánea), ni por pretender que Rosalía se pase el resto de su vida sentada en una silla en teatros acompañada por un guitarrista rindiendo culto a La Niña de los Peines; de lo que se trata es de que El Mal Querer sea un álbum revolucionario, como posiblemente será, pero también de que su propuesta no suene ni se reciba como se recibió ayer, más allá de aquellos que fueron al show a celebrarla pasase lo que pasase: como un mero plastificado, repleto de buenos intenciones, pero con la sensación de estar viendo algo frío, demasiado programado y con muchas reservas a la hora de valorar la ejecución. Deberíamos exigirle a Rosalía la excelencia que creo que sí puede llegar a dar. Para ser la “Lola Flores 2.0” no basta con tener muchos likes, seguidores y reproducciones: hay que ganárselo.

Al menos eso es lo que vivimos ayer en la segunda (la primera fue en el Sónar hace unas semanas) puesta de largo de El Mal Querer, el que será su segundo disco: un valiente ejercicio en el que la joven cantaora catalana pretende, con la producción de El Guincho, resignificar los códigos del flamenco, acercándolo tanto a la performance coreografiada de los shows de divas como Beyoncé, pero también conectando las cadencias y ritmos del flamenco de base con géneros como el r&b, el reggaetón, el pop urbano o incluso con la vanguardia oriental.

Tiene pinta de que el disco será tan revolucionario como universal: un escapulario que, visto el apoyo que tiene Rosalía por parte del establishment de la cultura pop actual (desde los números 1 de la música mundial hasta top models o sellos multinacionales, que se la rifan: en un año pasó de Universal Music a Sony Music) y de la sensación de que es la gran esperanza para internacionalizar y universalizar el flamenco, este disco servirá para que, del mismo modo que Pharrell Williams y J Balvin se acercan a ella para llevar el flamenco al pop de masas (¿o apropiárselo?), también servirá para que muchos que, desde Salou y Albacete hasta Taipéi y Guayaquil, Rosalía puede llegar a ejercer de médium para que el veneno del duende flamenco se esparza por el mundo.

“La propuesta de show (el disco puede que sea otra cosa) no solo no se sustenta por la artificialidad con la que trata el flamenco; sino porque tampoco supone un espectáculo rupturista para los cánones del pop: mucho baile, mucha secuencia programada, poco ensayo y la sensación de que lo que teníamos delante era una suerte de show de flamenco ciborg”

Sin embargo, la propuesta de show (el disco puede que sea otra cosa) que presentó anoche Rosalía en el Festival Cultura Inquieta no solo no se sustenta por la artificialidad con la que trata el flamenco; sino porque tampoco supone un espectáculo rupturista para los cánones del pop: mucho baile, mucha secuencia programada, poco ensayo y la sensación de que lo que teníamos delante era una suerte de show de flamenco ciborg, ante un público celebrando cada movimiento de Rosalía como si se tratase de una intocable.

La realidad es que estábamos ante una suerte de intento por cruzar la escaleta bailona de los shows de Beyoncé pasados por el filtro de una la flamenca del WhatsApp; un sonido que se debatía entre el wonky de los primeros años de M.I.A., el carácter oriental de Omar Souleyman y lo que La Mala Rodríguez ya llevó a cabo hace casi veinte años en Lujo Ibérico; y una propuesta de flamenco post-millennial que sobresalía especialmente cuando la artista encontraba momentos para desarrollar su cante, dándonos y dándose un respiro entre tanta arquitectura de secuencias urban.

De lo que se puede intuir que será el disco, sabemos que Malamente es la canción-logotipo en torno a la que se articula el discurso de El Mal Querer; pero también sabemos que hay una canción que parece un plagio (o una versión libre) del Cry Me a River de Justin Timberlake; una A ningún hombre en la que se mezclan armonías vocales autotuneadas con la parte más racial de su cante (posiblemente el mejor momento de la noche); al menos tres canciones que se acercan a un registro tan oriental como pop y post-flamenco (vamos a llamarlas “Bájale”, “Yali” y la que hizo junto a Pharrell, “De madrugá”); y una frase que define muy bien su deriva urban-flamenco y sus intenciones de rapera-cantaora: “Sonando en las peñas y en los Hamptons, en el Palentino, en el Palace y en el chino”.

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